sábado, 13 de agosto de 2011

Creo que no había aterrizado en el D.F. hasta que me tomé un café en La Selva, a una semana de mi llegada, en el centro de Tlalpan. Este café agradaría a Claudio Magris, quien en Microcosmos hizo un elogio de los cafés heterogéneos, en donde se ve reflejada la diversidad del mundo. Estudiantes de preparatoria, solitarios, parejas, pensionistas, empleados con pinta de burócratas de la delegación, viejas chismosas y viejos que encuentran en el futbol la única gramática que aún les permite conversar se dan cita en este lugar en donde tanto tiempo delicioso he disfrutado. Aquí venía casi todas las noches a platicar con mi amigo Carlos cuando estábamos en la universidad y aquí escribí buena parte de mi tesis de licenciatura, buscando inspiración entre la gente. Reconozco a pocos meseros y comensales, pero quedan algunos viejos conocidos que no parecen sorprendidos por mi presencia aquí después de un año. ‘Nos alegra verte, parecen decirme, pero la vida sigue y tu presencia en este lugar no es tan importante, no eres sino uno más entre muchos que aquí vienen.’ Y aunque la ciudad cambia incesantemente (como en ‘El cisne’ de Baudelaire: ‘palais neufs, échafaudages, blocs,vieux faubourgs, tout pour moi devient allégorie…’) esta esquina para mí tan entrañable no lo hace. Es un alivio.