domingo, 24 de julio de 2011

los días interminables del verano

Al atardecer llegamos al lago, que exhalaba una bruma fantasmal, omnipresente a su orilla, pero que tan solo se adentraba una o dos calles al interior de la ciudad. El sol estaba empañado, atenuado su fulgor por la bruma y la humedad, que también difuminaban las siluetas de los edificios frente al lago. Nadamos hasta la primera boya. Desde ella, la playa perdía sus contornos y los árboles no eran sino formas grumosas como nubes. Al llegar a la segunda boya casi todo el paisaje se extinguía: la ciudad transformada en una serie de formas apenas distinguibles, incapaces de ser nombradas. Tan solo unos metros más lejos y estaríamos perdidos en la niebla, en cuyo interior no existen coordenadas. Las luces de la ciudad y las estrellas estaban apagadas, y los sonidos de Chicago –los coches que circulan a toda velocidad por Lake Shore Drive– no eran sino un vago rumor. Chris es un mejor nadador que yo así que la distancia entre los dos creció. Aquella tarde fue muy distinta de otras tardes y de las mañanas en que hemos realizado el mismo recorrido. En éstas la luz del sol suele atravesar la superficie del agua, creando juegos de espejos y un velo luminoso bajo el agua turbia del lago. La luz del sol ilumina la reconocible silueta de la ciudad –los edificios masivos del South Side en primer plano y, a lo lejos, el skyline de Chicago como una postal: ese reconocible paisaje que es posible asir para no perderse en el lago. Ahora, en cambio, al llegar a la segunda boya estamos perdidos. Emprendemos entonces el largo camino de vuelta. Lentamente la orilla del lago recupera su contorno. A ratos nado mirando el cielo que promete abrirse: al azul empieza a vislumbrarse. Mientras nos acercamos a la playa aparecen cabezas que sobresalen del agua: niños y viejos que disfrutan de la niebla.

Unos días antes realicé el mismo recorrido, por la mañana, con mi amigo José Juan. Al llegar a la segunda boya nos quedamos flotando y hablamos: acerca de R., el verano y nuestra amistad. Pero no hablamos mucho. Emprendimos el camino de vuelta.

Al llegar a la segunda boya nos quedamos flotando, a la deriva en el agua fría, dos cabezas moviéndose al compás de la marea, y conversamos así, a flote y a la deriva, escuchando a lo lejos los murmullos de Chicago. Le hablé de R. y su intento por encontrarse conmigo. ‘Tienes tres opciones,’ me dijo. ‘Primero, no verla en un café como ella te pide sino a las diez de la noche, en tu casa, ofrecerle una copa de vino, y después darle el mejor sexo oral de su vida. Esa es la opción Don de Lillo o Philip Roth. La segunda posibilidad está dictada por el sentido común: No verla. Esta es la opción de Thomas Paine: common sense, my friend. Solamente existen estas dos opciones aunque tú contemplas una tercera que, en realidad no existe, que es tomarte un café con ella como te lo pide. Esta opción, que no es realmente una opción, es la opción Madre Teresa de Calcuta.’ Las tres posibilidades me hacen morir de risa y tragar agua, y mis quebrantos me parecen banales y trillados formulados en el agua que refracta y expande los rayos de sol que la atraviesan. Emprendemos el camino de vuelta a la orilla, en donde los polacos, croatas y yugoeslavos toman el sol y leen el periódico. Reconocemos a nuestros viejos conocidos: el viejo que nos recuerda al escritor Sebald y su compañero, quien parece estar trabajando siempre con pedazos de madera o de hierro que encuentra en su camino. Sebald nos pregunta si el agua está fría y le respondemos que no, que está perfecta, que la temperatura no podría ser mejor. ‘Llevo viviendo aquí cuarenta años’ nos responde Sebald, y en seguida nos dicta una cátedra acerca de las corrientes del lago y las corrientes del aire, la humedad y las tormentas eléctricas, temas que Sebald domina tras décadas en Chicago. Después caminamos a Z&H y tomamos lo mismo de siempre, un expreso y un croissant, efímeros placeres parisinos que vuelven la reclusión en el salvaje Midwest más amable. Todo Hyde Park pasa frente a la barra de Z&H, y nadie está a salvo de nuestra burla o de nuestra admiración, de nuestra agudeza o nuestro ingenio o nuestra tontería. Pasamos a Powell’s después, nuestra librería de viejo preferida y en donde nos perdemos por dos o tres horas en las secciones de poesía y crítica literaria e historia y arquitectura y diseño. Por la ventana de la librería pasa Sebald, en su bicicleta, tras su visita diaria al lago. No compramos nada pues solamente estamos de paseo, buscando inspiración en las solapas de los libros (en los rostros tan parecidos de Samuel Beckett y John Berger, y en la fealdad de Philip Larkin) y en los rostros –nuevos y familiares– que nos ofrece, pródigo, el verano: especímenes maravillosos del homo sapiens, bronceados por el verano y resplandecientes a causa del sudor, miradas profundas y perturbadoras, y piernas y cuellos, tantas promesas en los interminables días del verano.

martes, 12 de julio de 2011

Primer verano en Chicago. Los chapuzones en el lago y las largas carreras al atardecer. Las mañanas estáticas y pegajosas. El sopor. El café por la mañana y las cervezas por las tardes interminables. Las miradas en el El train, llenas de lascivia y juego. Las tormentas eléctricas, precedidas por una humedad más tangible que los árboles y sus hojas. Las lecturas del verano: The Adventures of Augie March, Pierre Bourdieu, John Berger, Juan Goytisolo, de Lillo y Proust. También leo el diario de Gide, cuya entrada del 24 de agosto de 1905 refleja mis pensamientos de los últimos meses:

"Nothing is consistent, nothing is fixed or certain, in my life. By turns I resemble and differ; there is no living creature so foreign to me that I cannot be sure of approaching. I do not yet know, at the age of thirty-six, whether I am miserly or prodigal, temperate or greedy... or rather, being suddenly carried away from one to the other extreme, in this very balancing I feel that my fate is being carried out. Why should I attempt to form, by artificially imitating myself, the artificial unity of my life? Only in movement can I find my equilibrium (mis cursivas).”

R. se fue hace algunas semanas. Ya no añoro su andar lánguido, sus ojos lánguidos, su cuerpo tan breve y su largo cabello. ¡Cuán rápido se convirtió el rencor en perplejidad! Pienso que nunca me lastimó hasta que lo hizo, y si no lo hubiese hecho yo la habría lastimado, tarde o temprano. Augie March tiene el mismo efecto estimulante de siempre; me permite mirar mi vida en clave cómica y me recuerda mis ansias de exploración: personas, geografías, mujeres, paisajes, habitus bourdianos, ciudades. La novela de Bellow y el sopor del verano me ponen pensar en la virtud que hay en la ausencia de certezas, en la ligereza, la inconsistencia y la contradicción.