jueves, 3 de febrero de 2011

Notas sueltas

Estas últimas semanas comencé varias entradas que dejé incompletas. Fueron escritas durante diciembre y enero y las subo ahora esperando que los fragmentos tengan algún sentido, para mí al menos. Han cambiado tantas cosas, pero todavía es invierno.

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Ayer por la madrugada salí de una fiesta y me encontré con la ciudad entera nevada; nevaba en la madrugada mientras caminaba a mi departamento y nevaba esta mañana. Las ramas de los árboles frente a mi ventana están cubiertas de nieve.

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Quizás este sentimiento obedece a una pequeña decepción que acabo de sufrir. Quizás es la melancolía del invierno que me envuelve irremediablemente, o el diario e irrefutable absurdo del café y el supermercado y la piscina y la barra del bar. O quizás estoy algo triste, leyendo todavía a Baudelaire, incapaz de resistir el indulgente orientalismo de su “Invitación al viaje.” Probablemente sean todas estas causas y otras que me resisto a confesar aquí, pero, por primera vez desde que llegué a Chicago hace más de un año, me dan ganas de abandonar esta nocturna y helada ciudad y viajar, lanzarme al mundo. Esta mañana pienso en Tánger, en Brasil, en la luz y el mar, en la huida hacia adelante siempre…

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No he salido de mi departamento en todo la mañana y toda la mañana han sonado las sonatas para piano de Mozart interpretadas por Frederich Gulda que me regaló mi cuñado. La ciudad despertó gris y su condición no ha cambiado. La intermitente lluvia ha ensuciado la inmaculada nieve de hace unos días, que ahora no es sino un desastre de lodo y granizo. Decidí abandonar durante un par de días mis deprimentes lecturas escolares y ahora me pierdo en los envolventes camino de Austerlitz, la envolvente lectura de W. G. Sebald. Lentamente los encuentros entre Sebald y Austerlitz me alejan del presente en Chicago y son París, Praga y Bruselas las ciudades que me atrapan (y, como, siempre, vuelve la nostalgia por París). Y de improviso, en medio de estos lugares de larga historia, aparece nombrada Omaha, Nebraska, la ciudad perdida en el Medio Oeste americano de donde es originaria mi ex-novia. Es extraño que entre todas las conexiones de este singular universo fuese Omaha la que me estremeciera ahora y me hiciera subrayar las palabras, Omaha, Nebraska, con una sonrisa y algo de nostalgia todavía.

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Ya me quiero ir, pero ya quiero volver. Esta enfermedad que padezco no tiene nombre, es la enfermedad de la impaciencia, la sed de sol y la sed de nieve, la sed de ver a mi familia y de ver a Nicole…

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Padezco la enfermedad de la indeterminación, de la metamorfosis y del viaje, de Chicago y de París y del D.F., de no saber quién soy, del estado fluctuante entre el desierto y la nieve, el libro y la televisión, el sueño y el mar, el silencio y el sol, el sosiego y el café y el alcohol y el temblor y las mujeres. Ni siquiera sé quién soy…

5 comentarios:

sus(ana) dijo...

saludos,
no tengo muy claro si es el invierno o no, o la condición de la indeterminación o no, pero tu enfermedad es un mal de varios, creo que me puedo contra entre ellos; no sé si de algo sirva saber que somos varios...

dèbora hadaza dijo...

ya quería leerte y como te tengo ligado a mi blog es algo complicado hacerlo.

Yo tampoco sé aun quien soy, pero por lo pronto tengo menos ciudades para averiguarlo. Vete a Tanger, escribe desde ahí, es bueno, para mi, ver las ciudades a través de tu melancolía.

dèbora hadaza dijo...

Fe de erratas: y como NO te tengo ligado a mi blog...

Adriana Degetau dijo...

Ahhh.... la famosa Ciclotimia.
http://infogratiss.wordpress.com/2010/11/09/ciclotimia/

Anónimo dijo...

Realmente me siento mal de no encontrar mas historias fantasticas, hace tiempo que no escribes. Creo que sera un gesto de generosidad para aquellos que te admiramos poder disfrutar de tus historias, siempre tan llenas de realidad pero dichas en un tono tan poético.