domingo, 26 de septiembre de 2010

Mi verano en el D.F. fue jodido y mi vuelta a Chicago peor. Mi novia me mandó a volar con crueldad, los idiotas de Aeroméxico perdieron mi maleta y los (...) de CONACYT se hicieron bolas con las tarjetas de débito y los bancos así que no han depositado mi beca (omito el adjetivo para no sufrir después represalias por mi insolencia). Para colmo de males, no puedo sufrir en paz (con mi café, mi Bernhard y mi Bach) porque aún no tengo un departamento. Vivo a expensas de mis caritativos amigos, de sofá en sofá.

Pero no importa porque, pese a todo, esta ciudad me gusta, y también me gusta conocer su lado ingrato. El D.F. es cruel, feo y ruidoso, pero su mayor defecto -para mí- es que está atado al pasado. Es el pasado: su gente, calles, mujeres, bares, escuelas y edificios representan inexorablemente reminiscencias infantiles, adolescentes y adultas. Chicago, en cambio, es un territorio que, aunque familiar, es pródigo en iluminaciones y sorpresas; más importante aún, representa para mí el presente, el tiempo en el que quiero vivir.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Nacionalismo, multitudes, cohetes, malas bandas y banderas: tantas cosas que aborrezco juntas, en un mismo día.

Querría estar contigo ahora, en nuestro departamento luminoso y en silencio, inmune al calendario y el reloj.