jueves, 10 de junio de 2010

Mi once ideal

Tomando el Mundial como pretexto, y siguiendo el ejercicio realizado hace unos años por Javier Marías (y por Juan Villoro más recientemente), propongo mi equipo ideal de escritores. Me he limitado al siglo XX y he dejado fuera a Borges, a quien, como detestaba el futbol, imagino no le habría hecho demasiada gracia encontrarse en la lista que sigue.

Portero: Nabokov, porque en esa posición jugó y por su individualismo y vida en el exilio, circunstancias que combinan bien con la soledad del portero; además, le tenía aversión a la exuberancia de, digamos, René Higuita o García Márquez. Finalmente, le apasionaban las mariposas y existen fotos suyas en el campo cazándolas; en esas fotografías Nabokov aparece en bermudas y atuendo más o menos deportivo, red en la mano y atento a una mariposa que no podemos ver, parece un portero calculando un balón recién lanzado desde el tiro de esquina. En la defensa central colocaría a J. M. Coetzee y a Tolstoi. El primero es frío y lejano de frivolidades y bromas, defecto que en un central se convierte en virtud. A Tolstoi resulta difícil imaginarlo joven (en sus fotos más conocidas aparece en el campo y con barba blanca) y es bien sabido que los defensas centrales mejoran con los años, como el gran Maldini. Los laterales serían Philip Roth –incisivo, de largo recorrido, cabrón a ratos– y a Bukowski, solidario en el esfuerzo y perro cuando el partido lo requiere; el menos talentoso del los 11, imagino a un Bukowski curtido e impasable, el tipo de jugador que tumbaría a Messi a patadas, una especie de Heinze o, mejor aún, Puyol, feos y de gran corazón los dos. El medio centro sería Thomas Mann, quien me recuerda un poco a Xabi Alonso; aliento largo, sabiduría y sensatez son las virtudes que esta posición requiere, además de buen timing, de todo lo cual está llena La montaña mágica. Acompañando a Mann en la media cancha pondría a Paul Valéry, cuya inteligencia deslumbrante, imaginación y criterio mucha falta harían en la media cancha. El 10 sería Marcel Proust quien, al igual que Zinedine Zidane, cuenta con imaginación oceánica y la capacidad de encontrar avenidas, vacíos y conexiones en donde nadie más haría; además, ambos son franceses y llevaron su arte al mayor grado de belleza y plasticidad posible. Extremos: Céline y Bernhard, dos incendiarios geniales, antipáticos y marginales, el primero más exuberante y el segundo metal helado. Los dos garantizarían un equipo efectivo y poco populista. El centro delantero es Saul Bellow, un jugador completo que combina precisión y técnica en el espacio corto con una inteligencia más amplia que entiende de qué se trata el juego, algo así como Ronaldo I, el gordo, máximo goleador en los copas del mundo.

Creo que a mi equipo no le falta nada; destrozaría fácilmente a cualquiera de las selecciones que jugarán el Mundial, empezando, por supuesto, con la mexicana.

jueves, 3 de junio de 2010

Henri Cartier-Bresson

Este fin de semana estuve en el MOMA, en donde visité la enorme y muy completa retrospectiva dedicada a Henri Cartier-Bresson. Buena parte del siglo XX fue capturado por la lente de Cartier-Bresson: obreros chinos llevando piedras sobre los hombros, dando a paso de hormiga el gran salto hacia adelante, prostitutas en la ciudad de México de los años treinta o cuarenta, asomadas por la puerta del burdel, jóvenes parejas besándose en alguna calle angosta y retorcida del sur italiano mientras las viejas del pueblo las miran furtivas y llenas de envidia. También mi vida está asociada a las fotografías que miré, no por primera vez la mayoría de ellas. En la biblioteca de la casa teníamos algunos libros de Cartier-Bresson que pertenecían a mi abuelo, fotógrafo amateur, y que mi padre nos mostraba a mi hermana y a mí, explicándonos los lugares y las personas que las fotografías mostraban, ya fuesen personajes anónimos o los monstruos, en su mayoría franceses, también fotografiados por Cartier-Bresson: Camus, Matisse, Raymond Aron, toute cette pléiade merveilleuse…

Todos los hombres del siglo XX fueron contemporáneos, habitantes del mismo tiempo, parte de una trama que incluye los lugares más insospechados y que cuenta con grandes conceptos que malamente la nombran y explican: Gran Guerra, colonialismo, Guerra Fría, etc. Algunas de las fotografías más “tradicionales” de la retrospectiva –imágenes pintorescas de pequeños poblados en la India o China– están acompañadas por páneles que informan al visitante del ocasional gusto del fotógrafo por los lugares aislados, ajenos al paso del tiempo. Pero el efecto del conjunto de la exposición sobre sus partes vuelve imposible no mirar estas fotografías como partes de una historia más amplia, una que involucra a todos los hombres del mundo, como Cartier Bresson u Octavio Paz se percataban bien. Mauricio Tenorio ha escrito acerca de los viajeros norteamericanos o europeos que vinieron a México en busca de sombreros, nopales y tehuanas, autenticidad y revolución. A diferencia de ellos, Cartier-Bresson entendió y fotografió a la ciudad como lo que realmente era: una urbe moderna, pobre y cosmopolita. En las fotografías que miro no hay rastro de exotismo. No son tan distintos los teporochos de la ciudad de México de los clochards parisinos. El polvo y la mugre son los mismos sobre cualquier banqueta. Los días de campo en Aguascalientes o en los suburbios de París o aquí en Chicago, a la orilla del lago Michigan, son los mismos; observo en ambas series de fotos los mismos gestos, el mismo pasto y el mismo sol, el mismo lánguido y placentero domingo por la tarde.

Tony Judt explicaba recientemente cómo el 68 los sorprendió a él y a sus amigos en el lugar equivocado. Mientras la intelligentsia europea jugaba a hacer la revolución en lo bulevares de Saint-Michel y Saint-Germain, en Praga la verdadera revolución era aplastada por los tanques soviéticos, aquella revolución que no podía nombrarse así, revolución, prque no contaba con la sanción de Sartre o Marcuse. No es fácil ser un observador como lo fue Henri Cartier-Bresson. Son necesarios talento, sensibilidad y vocación viajera, para curarse contra el nacionalismo y la búsqueda de lo exótico. Y se necesita tiempo también, años para cultivar una cierta mirada, aprender, leer… para distinguir lo superfluo de lo trascendente. Creo que la disciplina en que ahora me meto me atrae porque no es necesario ser un genio para ser un historiador. Basta con tener cierta sensibilidad y después el tiempo juega a nuestro favor; con su ayuda el alcance de nuestra mirada y entendimiento se amplían, las comparaciones y conexiones entre años, ciudades y personas se multiplican.

No sé si tendré la vocación viajera de Cartier-Bresson, pero me consuelo pensando que también es posible mirar al mundo desde una biblioteca, o desde una ciudad relativamente insular como Chicago. NY me ha ofrecido en unos pocos días ideas, fantasías y toda clase de estímulos –no sé si haya mujeres más guapas en algún otro lugar– pero estoy contento de volver a Chicago. Me gusta la sensación que ofrecen las ciudades desconocidas, los rostros nuevos. Pero también me gusta –y la prefiero ahora– la sensación extraña de echar de menos un lugar, y de que en él alguien me eche de menos, y me espere también.