sábado, 20 de marzo de 2010

Myrtil Grodvolle

Estos últimos meses me he divertido leyendo las cartas y diarios escritos por los oficiales franceses durante su paso por México, cuando la intervención francesa. Los textos revelan, antes que nada, un chauvinismo exacerbado, un esprit de corps militar rebosante y los tópicos de la época: México como una mezcla entre la España de las corridas y el Egipto fantástico, situado en algún lugar entre oriente, occidente y el subdesarrollo.

A pesar del tiempo transcurrido hay algo cercano en muchas de estas cartas. Unas me gustaron más que otras y algunas me conmovieron tanto que las cito aquí. Un tal Myrtil Grodvolle, por ejemplo, se despide de sus amigos diciendo que los deja contento y sano. “Y espero Dios tenga la gracia de conservarme así –continúa– para poder tener la dicha de abrazarlos nuevamente.” Grodvolle critica con mala leche el desmadre y la inmoralidad mexicana, pero emite menos sermones que la mayoría de los oficiales y se divierte frívolamente en conciertos, recepciones y bailes. Le interesan más las mujeres y la aventura y la fiesta que la política o la guerra. A veces sus cartas recuerdan a un blog. Tiene días malos y se lamenta exageradamente, pero la impresión que se desprende del conjunto es la de alguien que disfruta del viaje por la vida. En algún momento se disculpa con sus amigos por las quejas vertidas en cartas anteriores. “Mis dolencias, si existieron, no fueron graves –escribe. Evidentemente mis cartas reflejan los sentimientos que albergo al momento de escribir. Pero nunca hubo en mí una tristeza que durara más de un día. No puedo ser insensible a lo que ocurre en torno mío, pero esto tiene el efecto de un huracán, y la calma reaparece de inmediato.”

Grodvolle sufrió alguna enfermedad en Francia que amenazaba siempre con volver. Veladamente informa a sus amigos acerca de su estado salud. Por momentos parece que decidió viajar a México para restablecer su salud, aunque la decisión extraña: el país estaba azotado por la fiebre amarilla que diezmó a las tropas francesas y que atacaría mortalmente Grodvolle. La contrajo en Veracruz, en donde embarcó hacia Francia, y falleció finalmente en La Habana, en donde su barco se detuvo por unos días. El miedo a un retorno de la enfermedad aparece siempre en sus cartas mexicanas, incluso en las más optimistas. A veces recae y es descorazonador observar cómo el cuerpo traiciona al espíritu generoso y joven. Pero en sus buenas semanas sus cartas no ofrecen sino ligereza y sed de vida. En Mazatlán, por ejemplo, habla de sus zambullidas diarias en el mar cuando las olas se lo permiten (quand les vagues me le permettent). “Me despierto diariamente a las seis, escribe, doy algunos pasos, y me encuentro frente a este océano Pacífico que no todos tienen la suerte de ver.” Hay optimismo y sorpresa en las palabras, y no es para menos. El Pacífico estaba muy lejos, al otro lado del mundo y, en efecto, muy pocos tenían entonces la suerte de mirarlo.