domingo, 21 de febrero de 2010

2010, 2011, 2012...

El año nuevo suele subrayar la distancia que existe entre mi vida y el absurdo calendario. Mi tiempo es distinto a ese otro tiempo que obedece a la costumbre y al imperio de la mayoría, y el desfase entre ambos llega a tal grado que a veces no entiendo cómo es posible andar y funcionar en el mundo cuando mi mundo obedece a mis muy íntimos sueños y desencantos y a la única perspectiva que tengo, aquella que me dan mis ojos y obsesiones y mis miedos también. Me fue difícil, por ejemplo, hacer propósitos de año nuevo hace un par de meses en mitad del negro invierno de Chicago, cuando esperaba noticias de las universidades a las que solicité entrada y me sentía en una insoportable sala de espera, temeroso de abandonar este lugar que apenas empiezo a entender, y ahora, en cambio, a mitad del excéntrico mes de febrero mi vida parece aclararse o incluso resolverse de pronto.

Se hace largo el preámbulo y ya quiero dar las buenas noticias: me aceptaron en el doctorado en Historia aquí en la Universidad de Chicago. Empieza entonces un ciclo y dejo por algún tiempo la indulgente deriva que me ha caracterizado desde que abrí este blog. Espero todavía un par de resultados de otras universidades, pero muy probablemente me quede aquí algún tiempo pues creo que no hay mejor lugar para mí que éste. Ocho años es el promedio que toma recibirse; parece una eternidad, pero es un tiempo para leer y escribir y pensar y enamorarse otra vez y, quién sabe, casarse y tener hijos, todo eso que hacen hombres y mujeres y que no puede parecerme ajeno ya porque mi única hermana se va a casar. He dejado la incertidumbre de las últimas semanas y ahora mis proyectos encajan en un horizonte más largo: mis proyectos intelectuales y personales, pero también los planes mundanos que nos permiten apropiarnos del mundo y hacerlo nuestro: comprar una bicicleta, buscar un departamento más grande, encontrar mi sitio favorito para nadar en lago, convertirme en miembro del Art Institute, correr este año el maratón de Chicago… A veces me da miedo la distancia con México y el D.F., pero creo que es aquí en donde mi talento mejor podrá florecer. Me gusta el D.F., pero también me gusta Chicago y también París me gustó antes, siempre quiero ver más. Se es feliz junto a las personas que hace sentir la indudable presencia del mundo, escribió Magris, y para mí esas personas están, sí, en el DF, pero también en los Cabos y en Querétaro y en Barcelona y París y ahora también aquí en Chicago.

Este lugar, como escribí hace unos días, está lleno de promesas. Hace un par de días caminaba por la madrugada con mi amor platónico que estos días deja de ser platónico y se convierte en un horizonte posible, frágil pero posible. Y aunque muy posiblemente esta cosa quebradiza e incierta que ahora tengo no se convierta en nada más –aunque, conociéndome, probablemente sea yo el que pise el freno– es importante reconocer todas las posibilidades que existían mientras caminábamos de la mano por Hyde Park esa noche. Hacía algún tiempo que no sentía la indudable presencia del mundo que sólo puede ofrecernos otra persona. Ese mundo tantas veces inhóspito o incomprensible fue más habitable durante un par de horas gracias a esos enormes ojos que me miraban y gracias a toda la nieve que cayó esa noche, cubriendo la ciudad y su pelo, su bolsa y mi abrigo.

domingo, 14 de febrero de 2010

that good rare feeling comes at the oddest times: once, after sleeping
on a park bench in some strange town I awakened, my clothing
damp from a light mist and I rose and started walking east right into
the face of the rising sun and inside me was a gentle joy that was
simply there

[...]

Bukowski -poem for lost dogs

sábado, 13 de febrero de 2010

Second City

En Chicago llevan con encomiable actitud su condición de segunda ciudad americana, siempre después de Nueva York. La relación entre la ciudad y sus habitantes es sana por lo que veo, de afecto leve e ironía y desprovista de orgullo como debe ser, nada que ver con la presunción infinita de que hacen gala chilangos, parisinos o neoyorkinos. Y es que la ciudad no tiene una historia demasiado digna de orgullo. A principios del XIX no era sino un campamento en donde se intercambiaban pieles y algunos otros productos de frontera; la enormidad que adquiriría en unas pocas décadas es producto de “boosters” (algo así como promotores) que se las arreglaron para que las vías de tren que iban del Atlántico al oeste pasaran por ella. Así, Chicago se convirtió en el punto neurálgico de una red cada vez más amplia de vías férreas y canales. La necesidad de matar puercos a gran escala, empaquetarlos lo más rápidamente posible y conservarlos fríos para que llegaran en buen estado a Boston o Nueva York determinó el crecimiento de la ciudad (“Porkopolis” fue su sobrenombre por algún tiempo, imagínense): humeantes fábricas, obreros paupérrimos alemanes o checos que vivían en los alrededores de las fábricas, y millonarios que se querían alejar de los obreros y el humo y que construían entonces casas estilo Las Lomas frente al lago. Pero el dinero y la energía de la ciudad derivaron en cosas interesantes: movimientos anarquistas, la mejor arquitectura en los EEUU –y quizás en el mundo– entre 1880 y 1920, blues, jazz, oleadas de alemanes, checos, polacos, italianos, negros, mexicanos y sigue la mata dando. Y la mala conciencia de los millonarios los llevó a construir el Art Institute o la Universidad de Chicago, cuya escuela de sociología durante los veinte y treinta utilizaría el desmadre que era la ciudad como laboratorio para desarrollar algunas teorías urbanísticas imaginativas y novedosas (algunos años después el departamento de economía se encargaría de educar a pro-hombres priístas que arruinaría a buena parte de las economía latinoamericanas, pero esa es otra historia). Aquí vivió el que es hoy mi escritor favorito: Saul Bellow. Mucho de Chicago está descrito en The Adventures of Augie March, la que es hoy mi novela favorita; en ella están descritos sin complacencias, con ritmo y realismo, los barrios de la ciudad y sus habitantes, mismos que me son inescrutables. No es fácil entender la ciudad cuando uno la observa desde Hyde Park y la Universidad de Chicago; a veces siento que ella y yo nos movemos a ritmos distintos. No sé a dónde va esto: a ser nuevo y extranjero en una ciudad y a aprender a quererla poco a poco, darle poco a poco el golpe. A diario se alargan los días y en algún momento saldrán de la nieve flores y faldas. Este lugar está lleno de promesas.

lunes, 8 de febrero de 2010

Somos como satélites, dibujando figuras que nadie puede ver en la noche larga. Caminamos por calles y ciudades como troncos a la deriva, perdidos en el mar silencioso. Inexpugnables para nosotros mismos, erramos con la esperanza de que alguien dote de sentido a este paso por el mar y la noche.