domingo, 18 de julio de 2010

El invierno

Estamos en julio ya, y el olor y las voces que el DF me ofrece –sensaciones como fogonazos– constituyen la prueba irrefutable de que estoy vivo y no soñando. Puedo asegurar entonces que sobreviví a mi primer invierno en Chicago, el más frío de mi vida aunque resultara clemente para los estándares de esta ciudad; tan solo sufrí de tres o cuatro días helados, oscilando entre -15 y -25 grados Celsius a los que debe sumarse el factor viento. La nieve llegó tarde a Chicago –una mañana de diciembre la ciudad entera amaneció cubierta por ella, como por arte de magia– y no nos abandonó sino hasta marzo. Todos los días a las 8 ó 9 de la mañana caminaba a la biblioteca en donde pasaba la mañana y buena parte de la tarde leyendo y escribiendo frente a uno de sus ventanales orientados hacia el sur. Después de dos o tres horas trabajando salía a tomar un café, sentir el aire helado en el rostro y mirar los cielos resplandecientes invernales. Uno aprende a interpretar al invierno. Extrañamente, los días más fríos son también los más luminosos. El sol no calienta en ellos, es apenas una esfera amarilla que a la una o dos de la tarde amenaza ya con difuminarse. Ninguna nube atravesaba el cielo brutal aquellos días, aunque lo surcaban parvadas de patos o gansos volando hacia el sur tan alto como aviones, recordándome que existen lugares más fríos que Chicago. Había días en que el silencio absoluto del invierno era interrumpido por estas aves migratorias y la ciudad adquiría un carácter extraño, como si la metrópolis, vencida por el invierno, se hubiese visto obligada a aceptar su condición de territorio salvaje y extremo. Pero lo contrario también ocurría: la ciudad inhóspita invernal se volvía más entrañable cuando estas aves volaban sus cielos. Una tarde de primavera caminaba junto al profesor Glaeser cuando encontramos a un pato caminando torpemente en los jardines de la universidad. Glaeser –un hombre enorme, de unos dos metros– se acercó al pato y le dijo algo así como: “How are you my friend? What are you doing here?” Me sorprendió que ese genio distraído y elegante a un tiempo, esa torre alemana y huesuda que unos instantes antes me hablaba acerca de Tomás Moro o el emperador Constantino, se acercara delicadamente al desorientado animal. Me despedí de Glaeser unos segundos después y observé que su andar torpe y decidido recordaba al de un pato o algún ave varada en tierra; después se colocó un casco, montó su bicicleta, y se alejó pedaleando por la calle 57. Los días en primavera se alargaban vertiginosamente y en el verano, cuando a las 7:20 terminaba la clase de Glaeser, había luz aún: un fulgor amarillo y tenue que combinaba bien con las flores que los árboles arrojaban: flores blancas y rosas y azules. Los lunes por la tarde, tras la clase de Glaeser, caminaba hacia mi casa o hacia la casa de Erika envuelto por la luz crepuscular amarilla y por los sonidos del bosque. Caminaba febril, incapaz de pensar con calma después de la cátedra prodigiosa de Glaeser, con Los discursos de Tito Livio o el Leviatán en la cabeza. Durante el invierno la nieve podía caer sin interrupción durante semanas, y era fácil entonces trabajar en la biblioteca, tranquilizado por su efecto hipnótico mientras flotaba por la noche. En una ocasión salí de una conferencia acompañado por mi profesor y amigo L. F. Granados, levemente borrachos tras el brindis que siguió a aquélla, y caminamos por el campus de noche, rodeados por la nieve que llevaba horas flotando apacible. Esos mismos caminos que recorrimos aquella noche estarían unos meses después cubiertos de pasto y de mujeres en vestidos minúsculos y minifaldas, revelando cuerpos que se mantuvieron durante el verano cubiertos por abrigos, guantes y gorros. Granados y yo nos encontrábamos ahora sentados en las bancas de los jardines de la universidad, protegidos por la sombra de los árboles, y discutíamos las lecturas de la semana: textos sobre el orden colonial en la Ciudad de México o la agitación política durante los años veinte del siglo XIX. En el invierno no conocía a Erika, a quien ahora miraba de reojo caminando con sus amigas, y pensaba al verla que la presencia del verano era tan irrefutable como su risa alegre y estrepitosa, audible desde la banca en donde me encontraba.

3 comentarios:

Mujer Maravilla a la Mexicana GG dijo...

Que alegría Emilio, prender la computadora, revisar mi correo y comenzar mi actividad religiosa de leer mis blogs afortunadamente encontrados y elegidos para ver un poco de la mente de gente que a pesar de no conocerla sus pensamientos me crean duda, me alegran o en este caso me reconfortan.
Tus textos siempre me reconfortan y me dejan con una cierta melancolía, no sé porque.

Espero hayas visto la película V de Venganza, sino mi siguiente comentario no tendrá razón de ser.
La escena es la siguiente: Natalie Portman está recluida y la están torturando. Se encuentra un pedazo de papel con la historia de una actriz. Ese relato la acompaña en esa jornada y de alguna forma le da valor, fuerza, paz, perspectiva.
Bueno pues a mí me gustaría que en ese papel estuvieran pensamientos tuyos. Me gusta esta paz melancólica que me dejan tus escritos.

Y hasta ahí mi comentario de groupie, sino voy a hacer un post dentro del comentario.

Un abrazo fuerte y que Chicago te siga cambiando y reafirmando.

one way dijo...

Sí muy chido este pedacito de tu vida en Chicago, vientos Emilio, definitivamente tiene razón la Mujer Maravilla a la Mexicana JeJe, das pequeños regalitos en tus textos como para llevarse guardados en la mente... Sale bye

Anónimo dijo...

Querido Emilio, me encantó leerte tan expresivo. Disfruto mucho de lo que escribes y disfruto más descubrir que tú no necesitas echar mano de los signos de admiración para transmitir emociones. Atte. La niña del libro de los mil soles