jueves, 3 de junio de 2010

Henri Cartier-Bresson

Este fin de semana estuve en el MOMA, en donde visité la enorme y muy completa retrospectiva dedicada a Henri Cartier-Bresson. Buena parte del siglo XX fue capturado por la lente de Cartier-Bresson: obreros chinos llevando piedras sobre los hombros, dando a paso de hormiga el gran salto hacia adelante, prostitutas en la ciudad de México de los años treinta o cuarenta, asomadas por la puerta del burdel, jóvenes parejas besándose en alguna calle angosta y retorcida del sur italiano mientras las viejas del pueblo las miran furtivas y llenas de envidia. También mi vida está asociada a las fotografías que miré, no por primera vez la mayoría de ellas. En la biblioteca de la casa teníamos algunos libros de Cartier-Bresson que pertenecían a mi abuelo, fotógrafo amateur, y que mi padre nos mostraba a mi hermana y a mí, explicándonos los lugares y las personas que las fotografías mostraban, ya fuesen personajes anónimos o los monstruos, en su mayoría franceses, también fotografiados por Cartier-Bresson: Camus, Matisse, Raymond Aron, toute cette pléiade merveilleuse…

Todos los hombres del siglo XX fueron contemporáneos, habitantes del mismo tiempo, parte de una trama que incluye los lugares más insospechados y que cuenta con grandes conceptos que malamente la nombran y explican: Gran Guerra, colonialismo, Guerra Fría, etc. Algunas de las fotografías más “tradicionales” de la retrospectiva –imágenes pintorescas de pequeños poblados en la India o China– están acompañadas por páneles que informan al visitante del ocasional gusto del fotógrafo por los lugares aislados, ajenos al paso del tiempo. Pero el efecto del conjunto de la exposición sobre sus partes vuelve imposible no mirar estas fotografías como partes de una historia más amplia, una que involucra a todos los hombres del mundo, como Cartier Bresson u Octavio Paz se percataban bien. Mauricio Tenorio ha escrito acerca de los viajeros norteamericanos o europeos que vinieron a México en busca de sombreros, nopales y tehuanas, autenticidad y revolución. A diferencia de ellos, Cartier-Bresson entendió y fotografió a la ciudad como lo que realmente era: una urbe moderna, pobre y cosmopolita. En las fotografías que miro no hay rastro de exotismo. No son tan distintos los teporochos de la ciudad de México de los clochards parisinos. El polvo y la mugre son los mismos sobre cualquier banqueta. Los días de campo en Aguascalientes o en los suburbios de París o aquí en Chicago, a la orilla del lago Michigan, son los mismos; observo en ambas series de fotos los mismos gestos, el mismo pasto y el mismo sol, el mismo lánguido y placentero domingo por la tarde.

Tony Judt explicaba recientemente cómo el 68 los sorprendió a él y a sus amigos en el lugar equivocado. Mientras la intelligentsia europea jugaba a hacer la revolución en lo bulevares de Saint-Michel y Saint-Germain, en Praga la verdadera revolución era aplastada por los tanques soviéticos, aquella revolución que no podía nombrarse así, revolución, prque no contaba con la sanción de Sartre o Marcuse. No es fácil ser un observador como lo fue Henri Cartier-Bresson. Son necesarios talento, sensibilidad y vocación viajera, para curarse contra el nacionalismo y la búsqueda de lo exótico. Y se necesita tiempo también, años para cultivar una cierta mirada, aprender, leer… para distinguir lo superfluo de lo trascendente. Creo que la disciplina en que ahora me meto me atrae porque no es necesario ser un genio para ser un historiador. Basta con tener cierta sensibilidad y después el tiempo juega a nuestro favor; con su ayuda el alcance de nuestra mirada y entendimiento se amplían, las comparaciones y conexiones entre años, ciudades y personas se multiplican.

No sé si tendré la vocación viajera de Cartier-Bresson, pero me consuelo pensando que también es posible mirar al mundo desde una biblioteca, o desde una ciudad relativamente insular como Chicago. NY me ha ofrecido en unos pocos días ideas, fantasías y toda clase de estímulos –no sé si haya mujeres más guapas en algún otro lugar– pero estoy contento de volver a Chicago. Me gusta la sensación que ofrecen las ciudades desconocidas, los rostros nuevos. Pero también me gusta –y la prefiero ahora– la sensación extraña de echar de menos un lugar, y de que en él alguien me eche de menos, y me espere también.

5 comentarios:

Jo dijo...

la vocación viajera siempre es precisa y se tiene no está demás decir que cada ciudad nos arropa de algun modo y descubrimos en ella descubrimientos ancladosdentro de nosotros mismos. Yo descubrí NY hasta hace muy poco y no solo puedo referire a ella por clichés o cosas obvias

no creo que haya mujeres hermosas ahi nada más. y creo que he venido tres veces ya a leerte y sigo pensando que también esa convicción de añorar un sitio esta bien pero mucho mas el logro de saber que hay alguien que te espera y que te extraña

Lear dijo...

Quizá yo no arriesgaría el más guapas, pero sí el más elegantes, con más estilo, garbo, soltura, despejo. En fin, sí, qué nostalgia de ciudad hasta cuando uno está en ella. Hubiera dicho algo, Emilio, que en una de esas me descolgaba y paseábamos un rato.

Yo sí creo que hace falta ser un genio para ser historiador, porque sólo a los genios se les puede ocurrir semejante y delicioso inverosímil: el de sentarle frente a un estante o un archivo y tener el mundo a sus pies. Qué envidia, amigo. Abrazo!

Patty dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Emma Zunz dijo...

Yo también vi la exposición. Me encantó. Un par de días más tarde y habríamos coincidido...

Muy anojable tu vida en Chicago.

Saludos!

Enrique G de la G dijo...

Se acaba de morir Tony Judt, te entereaste?

Ah, Cartier-Bresson es uno de los más grandes.

Saludos, disfruta Chicago...