sábado 13 de febrero de 2010
Second City
En Chicago llevan con encomiable actitud su condición de segunda ciudad americana, siempre después de Nueva York. La relación entre la ciudad y sus habitantes es sana por lo que veo, de afecto leve e ironía y desprovista de orgullo como debe ser, nada que ver con la presunción infinita de que hacen gala chilangos, parisinos o neoyorkinos. Y es que la ciudad no tiene una historia demasiado digna de orgullo. A principios del XIX no era sino un campamento en donde se intercambiaban pieles y algunos otros productos de frontera; la enormidad que adquiriría en unas pocas décadas es producto de “boosters” (algo así como promotores) que se las arreglaron para que las vías de tren que iban del Atlántico al oeste pasaran por ella. Así, Chicago se convirtió en el punto neurálgico de una red cada vez más amplia de vías férreas y canales. La necesidad de matar puercos a gran escala, empaquetarlos lo más rápidamente posible y conservarlos fríos para que llegaran en buen estado a Boston o Nueva York determinó el crecimiento de la ciudad (“Porkopolis” fue su sobrenombre por algún tiempo, imagínense): humeantes fábricas, obreros paupérrimos alemanes o checos que vivían en los alrededores de las fábricas, y millonarios que se querían alejar de los obreros y el humo y que construían entonces casas estilo Las Lomas frente al lago. Pero el dinero y la energía de la ciudad derivaron en cosas interesantes: movimientos anarquistas, la mejor arquitectura en los EEUU –y quizás en el mundo– entre 1880 y 1920, blues, jazz, oleadas de alemanes, checos, polacos, italianos, negros, mexicanos y sigue la mata dando. Y la mala conciencia de los millonarios los llevó a construir el Art Institute o la Universidad de Chicago, cuya escuela de sociología durante los veinte y treinta utilizaría el desmadre que era la ciudad como laboratorio para desarrollar algunas teorías urbanísticas imaginativas y novedosas (algunos años después el departamento de economía se encargaría de educar a pro-hombres priístas que arruinaría a buena parte de las economía latinoamericanas, pero esa es otra historia). Aquí vivió el que es hoy mi escritor favorito: Saul Bellow. Mucho de Chicago está descrito en The Adventures of Augie March, la que es hoy mi novela favorita; en ella están descritos sin complacencias, con ritmo y realismo, los barrios de la ciudad y sus habitantes, mismos que me son inescrutables. No es fácil entender la ciudad cuando uno la observa desde Hyde Park y la Universidad de Chicago; a veces siento que ella y yo nos movemos a ritmos distintos. No sé a dónde va esto: a ser nuevo y extranjero en una ciudad y a aprender a quererla poco a poco, darle poco a poco el golpe. A diario se alargan los días y en algún momento saldrán de la nieve flores y faldas. Este lugar está lleno de promesas.
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2 comentarios:
Sí, es un lugar muy agradable. Como un pueblo grande, en el mejor sentido de la palabra. A mí me da envidia no estar descubriendo un lugar así en este momento. Se te olvidó la pizza "deep dish", por cierto. Saludos!
Me afectó: "la presunción infinita de que hacen gala chilangos, parisinos o neoyorkinos.".
No sé, me he preguntado mucho últimamente si sigue siendo válido ese tipo de orgullos o nacionalismos. Aún no encuentro la respuesta. Sin embargo para mí el De éfe sigue siendo una ciudad llena de promesas también.
Me gustó mucho cómo hablas de Chicago, hasta ganas dan de ir, pero... niégome a rogárle a un consúl la visa. No es algo que me place.
¡Pronto veré a Nuria!.
Abrazos, Emilio.
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