domingo, 27 de diciembre de 2009

Diario de un mal año

Me dijeron muchas cosas este año: mal amigo (no contesto los correos electrónicos), mal ciudadano (no voté, por crudo), mal mexicano (me fui del país, y ni ganas de volver), mal novio (olvido cumpleaños, aniversarios, etc.), mal futbolista (no la paso, y aparte soy malo), mal empleado (soy un güevon. punto.) y, finalmente, mal amante (no comment). Todo lo anterior se reduce a que soy un egoísta (lo cual también me dijeron). En lo que destaqué este año fue en el squash, y eso hasta que el taquero me quebró el húmero por borracho, desde ese día no cojo una raqueta ni un balón. Lo único bueno (y no es poco, ya verán) que me pasó es que mi ex novia y sus amigas hicieron un concurso y resultó que yo era el novio más guapo que cualquiera de ellas había tenido.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

De ciudades y aeropuertos

Escribo esta entrada desde el aeropuerto de Chicago –probablemente la publique hoy por la tarde, ya en los Cabos. Acabó de ver el amanecer desde esta sala de espera: era aún de noche y repentinamente un resplandor rojizo se reflejó en las ventanillas del avión frente a mí. Tras cortos minutos, el cielo adquirió esa luz pálida característica del invierno de Chicago. El vagón de metro en el que llegué al aeropuerto estaba ocupado a los 5 de la mañana por mexicanos y negros dormitando, escondidos bajo sus gruesas chamarras y gorras; se trataba probablemente de los trabajadores que hacen señales con banderas amarillas y naranjas a los aviones o que conducen los carritos que transportan el equipaje. En la Universidad de Chicago –esa isla en el bronco South Side, ajena a toda realidad– se cuidan bien de que estas presencias no interrumpan el estudio de los futuros profesores, economistas y abogados; no he visto a un solo trabajador de intendencia en la biblioteca impecable. Dejo por un par de semanas esta ciudad de enormes volúmenes que cada vez me gusta más y de la que tan poco he hablado aquí. Su escala masiva me recuerda a Berlín, otra ciudad extendida e interrumpida por vías férreas o enormes lotes vacíos en donde crece la hierba. Ambas metrópolis crecieron vertiginosamente por los mismos años, Berlín tras la unificación alemana y Chicago tras la Guerra Civil, cuando se convirtió en el modelo de la ciudad moderna. Todavía no entiendo su topografía; la fisionomía de sus calles y barrios se me escapa; su historia –corta y densa– de anarquismo y diseño estilizado es ininteligible para mis ojos, incapaces de aprehenderla y observarla así, históricamente. Un azul tenue se apodera del cielo y el aeropuerto empieza a despertar. Percibo el creciente rumor de pasos recorriendo los pasillos y periódicos que se abren, el olor del café. Hay un gorrión en la sala de espera. Quién sabe cómo habrá franqueado las paranoicas medidas de seguridad de los aeropuertos de hoy. Y quién sabe cómo hace los animales para sobrevivir al invierno y a la ciudad. Es como cuando Holden en The Catcher in the Rye se pregunta a dónde demonios se van los patos cuando el lago del parque se congela. Cosas similares me pregunto todos los días, a medida que el silencio invernal envuelve la otrora bulliciosa ciudad. Desde el avión podré observar el sistema de ríos y canales que llega hasta el Mississippi y que le dio a Chicago su lugar preponderante en el medio oeste. Ojalá la mañana clara me permita ver los ríos con bloques de hielo inmensos y después la orografía arrugada de la península de Baja California. Chicago cambia incesantemente, pero su perfil es ya el de los años 1890’s y 1900’s. Diferentes épocas han dotado de un sentido distinto a estas calles anchas y a estos edificios rojizos; por las prósperas y estilizadas avenidas que he recorrido pasaron antes obreros alemanes y bohemios reclamando la jornada de 8 horas. Cada grupo o nacionalidad le ha imprimido a su parte de la cuadrícula enorme que es Chicago su propio sello. En los aeropuertos uno se siente seguro y extraño al mismo tiempo: casi todos ellos se parecen y siempre es reconfortante tomar un café mientras se miran los aviones, pero los rasgos de las ciudades que queremos se tornan más nítidos cuando los contrastamos con estas salas de espera genéricas. No me quiero ir ya, pero tampoco podría esperar un segundo más. Me esperan el mar de Cortés y esa otra ciudad tan densa en historia y recuerdos y amigos que es el D.F. y me espera, finalmente, Chicago otra vez, sepultada bajo la nieve de enero.

martes, 1 de diciembre de 2009

La vida de los otros

Escuché ayer entre los pasillos de la biblioteca a alguien hablando por teléfono en italiano. Entendí a medias una conversación doméstica. Él, empezando sus treintas probablemente –no lo vi, pero era jovial la voz, interrumpida por risas, levemente teatral aunque con los italianos nunca se sabe–, le hablaba a ella acerca de la cena, la hora en que llegaría a la casa… cosas así. “Ciao bella”, decía de pronto. Y después repetía la pregunta que ella probablemente le había hecho: “¿Que qué estoy leyendo?” “Il co-mu-nis-mo en los anni cin-quan-ta…”, leía histriónico, y después se reía y decía ciao, nos vemos más tarde, algo así.

A veces escucho a mis vecinos haciendo el amor. No parece ser muy perverso u original lo que sucede en el apartamento junto al mío: ni sesiones maratónicas ni gritos ni juguetes. Todo parece muy plácido. Cuando terminan los dos hablan y se ríen y la risa estrepitosa resuena por largo rato. A veces escuchan la radio con el volumen bajo, a las dos o tres de la mañana y a veces sus carcajadas me despiertan. No los conozco, pero sé que son estudiantes de posgrado en la universidad (los departamentos en donde vivo sólo se alquilan a estudiantes de posgrado); presumo entonces que son inteligentes y educados. Imagino estudiaran la mayor parte del día, como yo mismo, pero también hacen el amor, se ríen estrepitosamente y sin ningún pudor, y miran juntos la tele o escuchan la radio.

Esta gente existe entonces. Parejas que se ríen y hacen al amor y preparan pasta en las noches frías de otoño en Chicago. No sé cómo lo hacen, pero están razonablemente felices. Los he escuchado. Ellos están allá y yo estoy aquí.