martes, 27 de octubre de 2009

Bloom, Ramsés y la Universidad de Chicago

La Universidad de Chicago no es muy distinta al Colmex. La diferencia es que acá hay una mejor biblioteca y mejores viejas también. Mi amigo Ramsés tenía razón: las gringas (como las fresas) están muy correctas, sólo hay que evitar que los prejuicios nos nublen la vista. Hay muchas cosas que sobre este lugar me gustaría decir, muchas de ellas ya las escribió Allan Bloom, así que va una larga cita, de The Closing of the American Mind.

When I was fifteen years old I saw the University of Chicago for the first time and somehow sensed that I had discovered my life. I had never before seen, or at least had not noticed, buildings that were evidently dedicated to a higher purpose, not to necessity or utility, not merely to shelter or manufacture or trade, but to something that might be an end in itself. The Middle West was not known for the splendor of its houses of worship or its monuments to political glory. There was little visible reminiscence of the spiritual heights with which to solicit the imagination or the admiration of young people. The longing for I knew not what suddenly found a response in the world outside.

[…]

The years have taught me that much of this existed only in my youthful and enthusiastic imagination, but not so much as one might suppose. The institutions were much more ambiguous than I could have suspected, and they have proved much frailer when caught in contrary winds than it seemed they would be. But I did see real thinkers who opened up new worlds for me. The substance of my being has been informed by the books I learned to care for. They accompany me every minute of every day of my life, making me see much more and be much more than I could have seen or been if fortune had not put me into a great university at one of its greatest moments. I have had teachers and students such as dreams are made on. And most of all I have friends with whom I can share thinking about what friendship is, with whom there is a touching of souls and in whom works that common good of which I have just spoken. All of this is, of course, mixed with the weakness and ugliness that life necessarily contains. None of it cancels low in man. But it informs even that low. None of my disappointments with the university –which is after all only a vehicle for contents in principle separable from it– has ever made me doubt that the life it gave me was anything other than the best one available for me. Never did I think that the university was properly ministerial to the society around it. Rather I thought and think that society is ministerial to the university, and I bless a society that tolerates and supports an eternal childhood for some, a childhood whose playfulness can in turn be a blessing to society […]

sábado, 10 de octubre de 2009

Life in Hyde Park

Escribo estas líneas en la mañana del sábado, agitado todavía tras correr a la orilla del lago Michigan. Ésta es mi primera entrada en el blog desde mi llegada a Chicago, ciudad me ha sorprendido gratamente; pensaba que sería una metrópolis frenética y algo salvaje, pero lo más destacable hasta ahora es su extrema limpieza y lo verde que es. Me gusta el papel dominante que los elementos han adquirido en mi vida aquí: el sol, el viento, la lluvia, las estaciones cambiantes, conforman una trama que dota de realidad a mis días. Hyde Park, el barrio que aloja a la Universidad de Chicago y en donde vivo, es un bosque rodeado por el lago y por algunos barrios más o menos peligrosos. A veces pasa una semana sin que me suba a un coche, al metro o al camión.

El contraste con el D.F. es radical. A veces pensaba que mi vida aquí estaría llena de aventuras hipsters, pero paso casi todo el tiempo en la biblioteca (sábados y domingos incluidos), leyendo libros de historia de México, Latinoamérica, París y Chicago, novelas de Bellow (quien vivía en Hyde Park) y no queda tiempo para demasiado más. Me gusta estar alejado del D.F. y su delirio, sobrio y no crudo, concentrado, mirando al mundo con cierto desapego o desde la barrera. Me gusta la mañana fría y soleada en mi pequeño departamento en Hyde Park, escuchando a Cecilia Bartoli. Estoy ansioso por observar cómo las hojas del árbol que mi ventana mira se tornarán rojas y cómo caerán después; ansioso por tomar clases en mañanas resplandecientes del invierno helado. Ayer terminé mi primer “paper”, ingeniándomelas para citar a Morrissey y a Borges en el epígrafe. Escribir en un idioma distinto al propio obliga a pensar con claridad. Me gusta el proceso lento de requiere escribir en inglés: ordenar mis ideas, escribir casi artesanalmente cada enunciado, revisar el diccionario para aprender el significado preciso de una palabra. Demasiada felicidad es lo que siento aquí a veces. Me gustaría pasar muchos años más así, leyendo en medio del bosque.