sábado, 12 de septiembre de 2009

El ángel bueno

En unos días viajaré a los Estados Unidos –a Chicago para más señas–, en donde permaneceré por lo menos un año. Los sentimientos dominantes de hace algunas semanas –excitación, ilusión, curiosidad– se han convertido en estos últimos días en miedo y angustia. Algo de irracional tiene el cambio. Lo sé. Pero el miedo que siento a ratos es irracional también: se trata de un miedo a viajar en un avión por la noche, rodeado de extraños cuyos rostros nada me dirán, o el miedo de llegar a una ciudad algo salvaje en la que no conozco a prácticamente nadie. Hace unos meses describía aquí mismo un miedo parecido, cuando relataba un viaje nocturno en tren en Marruecos. El mundo parece vasto por la noche, extraño e insondable como el bosque o el mar. Es fácil sentirse solo cuando te iluminan las luces insomnes de aeropuertos o trenes. La tierra, tan familiar casi siempre, cuando caminamos por las calles de sus ciudades que conocemos bien y que se han vuelto nuestro hogar, parece misteriosa y hostil mirada desde el cielo, casi como otro planeta. Pensaba en todo esto y me acordé de la película de “Las alas del deseo”. De Bruno Ganz con cola de caballo y rostro plácido siguiendo a personajes abatidos por un Berlín devastado, sucesión de arrabales, vías de tren oxidándose y calles solitarias. De su presencia tutelar e invisible reconfortando a los habitantes de la ciudad. En este viaje no me acompañan amigos ni familia ni novia, pero me gustaría tener a Bruno Ganz como ángel de la guardia, o a Irène Jacob (aunque a ella querría tenerla de cualquier cosa) o a Claudio Magris o a Cécile mi amiga. Pensaba en el infantil y católico tema de los ángeles y me acordé también de un poema, que quizás Wenders y Peter Handke tuvieran en mente cuando realizaran película y guión. Este poema lo leía mucho cuando viví por primera vez solo y fuera de México, en París en 2000, así que me siento contento de haberlo recordado ahora. Busqué en mi librero y ahí estaba, el librito azul de poesía de Alberti. Se trata de “El ángel bueno”:

Vino el que yo quería,
el que yo llamaba
No aquel que barre cielos sin defensas,
luceros sin cabañas,
lunas sin patria,
nieves.
Nieves de esas caídas de una mano,
un nombre,
un sueño,
una frente.
No aquel que a sus cabellos
ató la muerte.
El que yo quería.
Sin arañar los aires,
sin herir hojas ni mover cristales.
Aquel que a sus cabellos
ató el silencio.
Para, sin lastimarme,
cavar una ribera de luz dulce en mi pecho,
y hacerme el alma navegable.

viernes, 4 de septiembre de 2009

El Eje Central en un día nublado

Hace unos meses vi la bellísima película Luz silenciosa: la pequeña casa de madera como una isla en medio del cielo interminable y el azul brutal. Pocas estampas más tristes que los menonitas vendiendo sus productos en un Eje Central azotado por el esmog y los claxons. Pocos lugares en el mundo más horribles que el D.F. (D.F., Eje Central: hasta los nombres son feos). Y lo peor de todo es que fuimos todos –no solamente Bejaranos, Espinosas, Salinas y Jolopos– los que abandonamos a la ciudad en su lento descenso a los infiernos y la mierda.