domingo, 30 de agosto de 2009

El pianista

Esta noche pesqué en la televisión El pianista, la extraordinaria película de Polanski; más específicamente la escena en que el capitán nazi descubre a Szpilman y le exige tocar el piano. Szpilman se sienta al piano en la habitación helada y devastada de la casa que le sirve de escondite y toca algo de Chopin, no estoy seguro de que pieza se trate. El capitán se sienta en una silla y escucha. En los siguientes días le llevará comida y abrigo al judío, salvándole probablemente la vida.

La escena me recordó aquella otra de una de mis películas favoritas, La vida de los otros. Después del suicidio de su amigo, asediado por el régimen comunista, el dramaturgo Dreyman toca algo al piano y se pregunta si alguien que ha escuchado y amado esa música –realmente amado y escuchado– puede ser malo.

Parecería que la historia ha respondida a la pregunta de Dreyman. Sé puede amar a Mozart, realmente haberlo escuchado y amado, y ser un malvado, es bien sabido que muchos oficiales nazis eran melómanos consumados. No obstante, a pesar de lo que tiene de ingenua –de anhelante por algo cercano a la humanidad–, la pregunta permanece para mí. Aunque conozco su respuesta sombría no me resigno del todo, alguna esperanza debe existir en un mundo en donde existe Mozart.

miércoles, 26 de agosto de 2009

La cosa y la visa

Este lunes fui a la embajada americana a tramitar una visa de estudiante. Sólo una vez viajé a los Estados Unidos, y provisto de un pasaporte europeo, razón por la que nunca tuve que enfrentarme al temido trámite. La cosa no salió mal, y los cónsules y demás funcionarios de la embajada resultaron más simpáticos de lo que esperaba. No obstante, la sensación de indefensión y sometimiento que acompañan a la experiencia son indudables. No creo que los gringos sean muy diferentes a los mexicanos, o que las culturas de ambos países sean distintas (a veces ni siquiera creo ambas culturas y países existan de manera independiente), se trata, simple y llanamente, de una realidad imperial o asimétrica: ellos son ricos y nosotros relativamente pobres, ellos son la potencia mundial y nosotros los colados a G-20’s y demás reuniones, etc., etc. La cosa cala pues.

En fin. Salí de la embajada aliviado y con ganas de ir al baño. Pocas cosas más quintaesencialmente chilangas que cagar en algún Sanborns; sin embargo, como recién había recibido la sanción definitiva del imperio, decidí pasar a un Starbucks, cuyo baño estaba impecable. La cosa me pareció un buen augurio de mi próxima estancia en gringolandia. Si mi primera visita a un Starbucks me hizo temer que me estaba convirtiendo en un guey de derecha, esta segunda –precedida por el paso por la embajada– me convenció de que Julio Hernández me considerará un cerdo y un traidor. No me importa: para mí será una felicidad enorme no leer su columna ni el pasquín que la aloja durante más de un año, por lo menos.