viernes, 31 de julio de 2009

Tras algunos aciagos meses –meses mórbidos de influenza y fracturas– regresé al mar. Hoy nadé lentamente, percibiendo bajo el agua el lento avance que han experimentado el hueso, los tendones y los músculos. Sentí el efecto sobre el cuerpo del agua y la sal, el sol y el viento. Corrí en la playa. En el avión leía los Souvenirs de guerre de Alain; a pesar de la estupidez y el horror de la guerra, Alain disfrutaba las dichas simples que la vida castrense ofrece, “darle al sudor lo suyo y darle al sueño/y al breve paraíso y al infierno/y al cuerpo y al minuto lo que piden”, como escribió Paz. Me obligo a releer a mi vuelta L’inmoraliste, de Gide. Después de una larga enfermedad y convalecencia, el narrador experimenta –por vez primera, tras una vida ascética consagrada al pensamiento– el placer que el cuerpo ofrece. Se tira durante horas al sol tunecino; emprende largas cabalgatas por su rancho francés; se deja arrastrar por una espiral voluptuosa, hedonista y narcisista. No se dirige a ninguna parte esto, o se dirige a puro lugar común: a lo bueno que es estar sano y ser joven. Y a lo bueno que es estar vivo y estar en el mundo, y sentirlo a éste, y estar consciente de él.

viernes, 24 de julio de 2009

Me gusta el Periférico

Cuando me vaya de aquí extrañaré el Periférico y todos los cielos que me ofreció a lo largo de estos años, todas las visiones de los volcanes y los cerros que rodean a la ciudad por el poniente: el Ajusco, San Jerónimo, etcétera. Es como si en ciertos días límpidos fuera posible observar el Valle de México como lo hicieron los antiguos conquistadores o como lo mirarían el Dr. Atl o Velasco. No me gusta manejar, pero –como escribí aquí alguna vez– he experimentado numerosas epifanías y auténticos fogonazos de belleza al conducir por esta vía. Hace unos pocos domingos el aire estaba cargado de agua y electricidad y el cielo –no, más que el cielo, el mismo aire– tenía un color amarillo que no había experimentado nunca y que dotaba a la ciudad de un carácter onírico y fantasmal, como si estuviera sumergida en la bruma. Muchas veces manejé por el Periférico cansado y feliz después de verte, en mañanas o madrugadas frías, con la ventana abajo, aspirando el olor de la ciudad dominical. Muchas veces venías tú en el coche, sacabas mi verga del pantalón y jugabas con ella o la lamías y entonces el coche zigzagueaba febril, como si fuera él quien estuviera a punto de desfallecer; o a veces era yo el que jugaba contigo: una mano firme sobre el volante rígido del viejo Renault y otra adentro de ti, una mano firme mientras los dedos sutiles de la otra te acariciaban y los ojos miraban desde el segundo piso el bosque del Desierto de los Leones y los techos y tendedores de las casas, concentrado al mismo tiempo para no perder el control del coche y de ti y salir volando del segundo piso para aterrizar sobre algún tejado, haciendo además las delicias de la nota roja. O he viajado en el asiento de copiloto y observado con ojos alcoholizados las luces del D.F., los distribuidores viales atravesando altísimos el cielo, iluminados por los flashes provenientes de los radares: una pesadilla de la modernidad que para mí no lo era porque estaba borracho, somnoliento y en manos de Beavis, quien conducía cuidadosamente mientras yo perdía el sentido. He recorrido el Periférico en innumerables noches con las ventanas abiertas, los Libertines en el radio y una cerveza en la mano; con la certeza de que el punto de salida importaba menos que el de llegada; con la esperanza de que el concreto no terminara nunca y amaneciéramos juntos –las cervezas aún frías y el Blonde on Blonde todavía sonando– frente al Pacífico, dispuestos a dormir 77 horas seguidas, observados por las iguanas.