martes, 26 de mayo de 2009

De cómo me rompió el húmero un pinche taquero mutante

Tenemos en México maneras curiosas e idiotas de probar la hombría. Hace algunas semanas, a las 5 ó 6 de la mañana, después de desaforada borrachera, decidí jugarme la cuenta con un taquero que ya había humillado a todos mis amigos. Un sujeto temible: oaxaqueño de 1.50 m., 45 ó 50 kg peso, músculos forjados en largas madrugadas lavando platos, cargando trompos o picando piñas.

El taquero ya me había ganado unas fuercitas, pero antes de irnos decidí pedirle la revancha. Rápidamente tomó la delantera por unos pocos centímetros y ganó la posición de la muñeca, pero de cualquier forma alcanzamos un impasse. De su lado estaban la fuerza, la maña y la técnica; del mío la fuerza y extravagante valentía que el alcohol brindan. Después de largos segundos vino a mi mente en un fogonazo la película “Halcón” de Sylvester Stallone: para vencer a su contrincante Halcón soltaba un poco el brazo, acumulaba fuerzas y enseguida lo dominaba de un madrazo. Solté un poco el brazo...

Lo que sigue es confuso. Mi amigo Saavedra escuchó un crack como de alita de pollo que se rompe. Yo me sentí levemente mareado y vi mi antebrazo dócil sobre la mesa. Intenté levantarlo y vi que colgaba de manera antinatural. El taquero ofreció “arreglarlo en caliente”. Yo esperaba irme a dormir y despertarme con un leve dolor en el codo. Siguen las luces del hospital, Saavedra cargándome y subiéndome a una silla de ruedas y a un montón de batas blancas mirándome. Después recuerdo a los doctores y a mis amigos mirando la radiografía y exclamando un montón de: “ay guey”, “verga guey”, “no mames cabrón”, “uuhhh”, “vamos a tener que operar”.

Existen numerosos lugares que uno conoce gracias a las series de televisión y películas gringas: hospitales, cárceles y juzgados son parte de nuestra topografía imaginaria gracias a Tom Cruise, Greys Annatomy, House, etc., etc. Unos minutos después de que el taquero hiciera su faena estaba yo en emergencias frente a doctor e internos. Como en Greys Annatomy, el doctor se interroga en voz alta mientras los internos ensayan respuestas, asienten y se sorprenden. Existen doctoras feas y doctoras guapas, pero todas parecen irresistibles cuando uno está recostado en la cama en ropa de hospital, hecho mierda, y ellas dan sus rondas, reparten analgésicos y preguntan cómo se siente uno. No había ninguna tan guapa como la Dra. Cameron de House o Stevens de Greys, pero sí una de orígenes bosnios que les podía hacer sombra. Desgraciadamente era autoritaria, fría y antipática, acostumbrada seguramente a los pacientes don juanes, además de que mis antecedentes alcohólicos no me ayudaban.

Mi relación con el alcohol es ambivalente. Es culpa del alcohol que haya entablado unas fuercitas con un taquero que consagra su tiempo a cargar trompos de pastor mientras yo leo o bloggeo, pero gracias al alcohol no sentí dolor alguno cuando el mentado taquero me rompió el húmero. El ayuno que la consiguiente operación obligaba me impuso la cruda más cruel de mi vida, ésta sí una irrefutable prueba de hombría: el sábado entero se me prohibió comer algo o tomar agua. No obstante, esas horas anteriores a la operación fueron más llevaderas gracias a que la borrachera no se me bajaba todavía. Y así con todo…

El accidente me robó el mes de abril. Estuve algunas semanas en casa de mi abuela: me dejé la barba, engordé, me idiotice viendo tele y comprobé una vez más la oceánica generosidad de mi abuela. Volví a mi casa. Todo sigue igual que antes, pero tengo en el brazo una placa y muchos clavos, así que creo sonaré en los aeropuertos. Todavía pienso en el pinche taquero y en la doctora bosnia; al primero espero no volver a verlo, a ella sí.

jueves, 7 de mayo de 2009

Después de la tormenta

Mucho tiempo sin escribir en este blog: semanas de poca movilidad debido a que un taquero me quebró el húmero en muchos pedacitos, semanas de una gripa perra que me atacó durante mi cumpleaños y la semana santa y me tumbó en cama 2 semanas, y semanas –claro– de influenza. Me queda, pese a todo, la impresión contundente, renovada, de la maravillosa y extraordinaria ciudad que es el D.F. Una ciudad que no puede ser fulminada porque carece de un punto neurálgico, que ha sobrevivido ya en varias ocasiones al anuncio del final de los tiempos y que sobrevivirá a sus políticos y a este pinche virus. Hoy en día no se puede fumar en bares que, además, cierran a las 2 de la mañana y en los cuales la mujer más cercana está a 5 metros… y lleva un tapabocas (prefiero morir de influenza, cáncer o atropellado por un borracho que vivir así), pero no importa. Nos adaptaremos y daremos vuelta a estas reglas. Y al igual que la prohibición de fumar en bares permitió apropiarnos de la banqueta como espacio público (como RM señalaba hace unas semanas), quizás el uso del tapabocas favorezca…, qué se yo, que los escotes se vuelvan más grandes. There is a light that never goes out.