martes, 17 de marzo de 2009

Goodbye to All That

Ayer fui a ver a Radiohead. Muy chingón, etc., etc.: no vale la pena extenderse pues todo mundo está en eso. El concierto, aunque excelente, no me pegó por completo. Hace unos meses fui a ver a Coldplay y salí del Auditorio Nacional exultante, tanto que le hablé por teléfono a mi ex novia llegando a casa. No hice nada por el estilo ayer. ¿Habré, finalmente, superado a mi ex novia? ¿Habré superado a Radiohead? Quizás esto sea bueno: una prueba de madurez. Pero antes tenía esas dos pasiones y ahora no tengo nada que las sustituya. Estoy más tranquilo que antes, más contento, menos febril. Pero la sensación, al menos hoy, es de indudable perdida.

jueves, 12 de marzo de 2009

La República de La Jornada

“En todo el país la gente del pueblo es buena y trabajadora.” Así comenzaba una serie de artículos que AMLO publica esta semana en La Jornada (“El país desde abajo”, se llamaron). “Los norteños son muy emprendedores”, escribía después. Y: en el norte se come mucha carne, en el sur la dieta es más vegetariana, o algo así. En otro fragmento –mi favorito– escribía: “Los habitantes del sureste son festivos y están llenos de pasión. Alguien dijo que un tabasqueño vive en un día las pasiones, los amores, las desdichas y las alegrías, que le llevarían un año experimentar a otros seres humanos.”

La Jornada ha jugado un papel intermitente en mi vida. Hace unos años la compraba con el propósito de informarme, hasta hace poco la leía para derramar bilis y ahora simplemente lo hago para reírme. Podría decirse que el itinerario es el de la génesis de un cínico.

La lectura de este diario es siempre una experiencia vivificante, que permite imaginar un país distinto, una república cuyo perfil las columnas, artículos y editoriales de La Jornada dibujan: “la República de La Jornada”. “La República de La Jornada” está poblada, como dice, AMLO, por gente buena y trabajadora. La asedian diariamente el Yunque, los sinarquistas, los gringos, lobbies sionistas, banqueros, etc., etc., etc., y la defienden una serie de héroes y heroínas a quienes a continuación me referiré. "La República de La Jornada" se distingue, entre otras cosas, por su sentimentalismo ramplón y porque las fracturas políticas traducen fracturas morales (es decir, hay malosos y hay buenos); en ella los medios dan golpes contra el gobierno de Chávez y existen municipios panistas que prohíben los besos en público y municipios perredistas que organizan torneos recitales de poesía, exposiciones de grafiti y rompen records Guiness en el Zócalo. Se sitúa a medio camino entre el folklor del interior y la cultura de la capital.

Julio Hernández es el referente moral de esta República, una especie de procurador general virtuoso, Marat chacotero muy dado a los juegos verbales estilo Cortázar pues, ya lo decíamos, nuestra república es culta: le gusta leer, ir a festivales de cine, jugar ajedrez, etc., etc. Ana Colchero es su actriz consentida y Argos su casa telenovelera. Su Secretaría de Cultura filma documentales acerca de…, digamos, el subcomandante Marcos; dirigidos por Oliver Stone o Luis Mandoki, Gael o Banderas como el subcomandante y Ana Colchero, María Rojo (interpretándose a ellas mismas, o la una a la otra) y (insertar aquí a nuestra francesa preferida) interpretando a Danielle Miterrand, los numerosos intereses románticos del guerrillero. El realismo socialista de la República corre a cargo de Cristina Pacheco y Poniatowska es su Tolstoi o su Hugo, su otro referente moral, pero éste más gentil que el inquisidor Julio Hernández, una especie de abuelita bondadosa. Los niños de la idílica República juegan con papalotes y trompos (continuará…)

domingo, 8 de marzo de 2009

El juego arriesgado y hermoso de la vida

Me dio una gripa cabrona este fin de semana. Pasé el fin de semana en casa de mi abuela; durmiendo, leyendo a ratos Augie March de Bellow, comiendo demasiado, mirando en la tele House y futbol inglés. La enfermedad me golpeó después de un par de golpes profesionales… por llamarlos de algún modo. Resulta que no soy el más inteligente, ni el más guapo, ni –tal vez lo más importante– el de mejor suerte (aunque no podría lamentarme de mi suerte).

Mi abuela me contó algunas historias de su juventud. Historias con mi abuelo a quien conocí poco a pesar de que en sus fotografías me reconozco a veces. Historias de adaptación en varias ciudades, San Luis Potosí, Chicago, Washington, el D.F., y minúsculos apartamentos, hoteles de mala muerte y casas grandes con jardín y un amplio y luminoso vestíbulo. No sé como hizo para ocuparse de un marido y 6 hijos. No sé cuan feliz ha sido (y sí sé que mi madre y sus hermanas le han dado no pocos disgustos), pero, sin ser una feminista avant la lettre, ha vivido una vida rica: en gracias, donaires y tristezas: encarándolas todas con temple, inteligencia, generosidad. No me siento preparado para la aventura de la vida como ella lo ha estado (“para la tierra, el agua, el aire, el fuego”, como escribió Borges). A veces siento que no estamos fabricados del mismo material, que me faltan carácter y valor. Y si uno carece de estos atributos tiene muy poco en realidad.

Saul Bellow

Resuming his self-examination, he admitted that he had been a bad husband -twice. Daisy, his first wife, he had treated miserably. Madelaine, his second, had tried to do him in. To his son and his daughter he was a loving but bad father. To his own parents he had been an ungrateful child. To his country, an indifferent citizen. To his brothers and his sister, affectionate but remote. With his friends, an egotist. With love, lazy. With brightness, dull. With power, passive. With his own soul, evasive.

Herzog