miércoles, 11 de febrero de 2009

Voy a ser coqueto

El fin de semana estuve de viaje por los Altos de Jalisco, en donde –dice el certísimo lugar común– las mujeres son, por decir lo menos, irresistibles. Aquí cabría en seguida un lamento machista acerca de la mala suerte que sufrimos en el D.F., pero la verdad es que los chilangos tampoco somos especialmente agraciados, así que las mujeres tendrán sus propios motivos de queja. Pero me interesa menos hablar de la belleza o fealdad de las ciudades y regiones mexicanas que notar otro rasgo, uno que a menudo pasa desapercibido: su coquetería. No me refiero a la cachondería que imagino lugares como Río poseen, ni a lo francamente sexuales que pueden ser ciudades como Ámsterdam en donde, leía hace poco, puede uno coger en los parques (derecho que imagino afectará gravemente al negocio motelero).

Me refiero a algo más sutil, y que bien puede coexistir con la mochez y conservadurismo que también noté en este lugar: en cada paseo por él uno enfrenta un vendaval de miradas, guiños, sonrisas y risas nada furtivas ni veladas… coquetas es la palabra que mejor las describe. Uno no puede comprar un café o el periódico, preguntar alguna dirección o siquiera caminar frente a una mujer sin que sobrevengan estas miraditas, sonrisitas y risitas. Cada intercambio de este tipo –visual o verbal– es un breve juego que, aunque efímero, divierte y halaga.

Sé que buena parte de mis percepciones obedecen a mi condición de turista, pero eso no importa. Tampoco importa tanto que en el D.F. seamos más feos que en los Altos. Me parece que en buena medida así nos vemos porque en esta ciudad hemos renunciado –como decía el Rufián hace unos meses– a cualquier asomo de juego, coquetería y cachondería. Las razones son varias y no me interesa enumerarlas aquí –la ciudad es peligrosa, sus mujeres se han liberado, hace más frío, las calles son más hostiles y las surcan locos al volante, traemos más prisa, estrés, etc.–, simplemente quiero anunciar que a partir de ya voy a ser coqueto. Ninguna se ofenda entonces si tiro piropos, o miradas nada veladas, o guiños, o si cedo el paso o si sonrío coquetamente; prefiero esto a caminar como autómata sin mirar a nadie, demasiado preocupado por que no me roben la cartera. Y ojalá la bola de nieve crezca y acabemos todos más halagados, de mejor humor y con menos estrés, o que de una vez terminen con los vagones y las secciones de metrobus para hombres y mujeres porque yo ya estoy hasta la madre de ir rodeado en el metro de puro cabrón.