martes 9 de junio de 2009

El pasado, otra vez

Hace algunas semanas acometí una tarea postergada ya durante algunos años: ordenar y tirar los papeles viejos y revistas que conservaba en la casa y, especialmente, mi cuarto.

Tenía en la biblioteca, por ejemplo, casi todos los dominicales de El País desde 2001 hasta hoy; en mi cuarto había Playboys viejas, decenas de Chamucos, revistas de cine, etc., etc. Guardé también en el cuarto, en la parte más alta del librero, todas las copias fotostáticas de la carrera (una carrera cuya bibliografía fue enorme), apiladas en montones, y en el piso había una pila de artículos utilizados para mi tesis. Conservé algunos papeles que metí en una caja junto con un par de revistas (entre ellas el primer número de El Chahuistle, con portada de Rius acerca Zabludowsky, una joyita) y tiré todo el resto.

Encontré también, aunque ésos no los había perdido de vista, estaban simplemente en una especie de olvido benévolo, libretas y cuadernos viejos, repletas de poemas, entradas de diarios, notas para una novela, etc., casi todos ellos pertenecientes a los años de 2000 y 2001 cuando viví en París. No sé cómo pasó tanto tiempo.

Me recuerdo perfectamente, recuerdo esa época quiero decir, pero por primera vez experimenté una sensación extraña de desdoblamiento. Es difícil imaginar un tiempo antes del Colegio de México y los cursos de Venier y Escalante, un tiempo antes de Cécile y un tiempo antes de Yuna. No era sino un adolescente tardío más o menos dramático con ansias de enamorarse y vagos sueños de escribir. Gozaba y padecía la libertad radical que un año sabático ofrece. Veo ahora los olvidados horarios semanales de la tienda Swatch en donde trabajaba, también encontrados entre los papeles; indican el nombre del empleado y su horario para la semana, de suerte tal que podía uno enterarse con quién coincidiría uno cada día y descubro por ahí el nombre de Laura Cozanet (no recordaba el apellido) de quien estaba entonces inútilmente enamorado. Había otras colegas inolvidables, Leila o Emma o Claire… es sorprendente lo guapas que eran todas o lo solo que me sentía entonces. En esos días escribí más que nunca. Tenía una letra grande y firme que llenaba con unas cuantas palabras las pequeñas hojas de las libretas, muy distinta de mi letra actual, pequeña y nerviosa, cada vez más torpe a causa de la victoria definitiva de la computadora. Lo escrito varía; oscila entre lo patético y algunas observaciones que revelan alguna sensibilidad. La redacción flaquea y las presencias tutelares de Cortázar y Bukowski, García Lorca y Apollinaire se reconocen sin el menor problema. Hablo de un viejo clochard que vi en el metro a punto de morir, o eso me pareció a mí, que el tipo agonizaba, o de un pato que vi en medio de la noche flotando en el Sena y que me pareció la estampa más triste y delicada que he visto nunca; también hay descripciones de la lluvia, puestas de sol u hojas cayendo en verano, descripciones que hoy puedo redactar con cierta facilidad y que me gustan, alguna cosa por el estilo he escrito aquí. Buscaba entonces un estilo, y aunque todo es muy repetitivo no me atrevo a descartarlo completamente, en realidad me cuesta trabajo juzgar todo aquello: no sé si será pésimo o malo u honesto o si se adivina algún talento o sensibilidad. Tampoco siento demasiada simpatía hacia el autor (demasiado viciado su pensamiento), pero sí cierta empatía. Pienso, e imagino idealizar al pasado es lo natural, que me faltan los huevos de entonces y pienso también –mucho– en las personas que he conocido después. Me pregunto si a los 19 años ya estaban configurados mi carácter y mi personalidad o si el paso por la universidad o mi primer amor fueron definitorios. En esa época había decidido seguir la estrategia de Bukowski al escribir su primera novela: comprar dos six packs y una botella de whisky para cada noche, con la obligación de escribir 20 cuartillas. A mí me bastaban seis chelas para escribir unas 4 ó 5 cuartillas que fueron descomponiéndose hasta que fue imposible seguir. El apartamento en Montparnasse era perfecto para mí, en una calle donde transcurre parte de la acción de L’age de la raison de Sartre, y fue el primer espacio que sentí completamente mío. Aquí hay algo de lo que escribí entonces, habla del apartamento en la calle Delambre y fue lo que más me gustó de lo que vi:

Te espero sentado en mi silla. Acabo de encontrar un nuevo lugar para sentarme, frente a la ventana abierta (la tercera contando desde la derecha). Desde aquí puedo sentarme y observar a la gente al mismo tiempo. Está lloviendo, una lluvia muy linda y yo miro a la gente. Pasa un viejo con una barba de las que me dan envidia, viene otro señor con un ridículo suéter en muchos colores, un entusiasta que quiere parecer mucho más joven de lo que nunca podrá.

Estoy algo enfermo, entonces no quiero salir, además de que aquí se está como si se estuviera afuera. Mirando la gente y los balcones. Sintiendo la lluvia; cada gota es un sonido único que no alcanzo a escuchar, como los pasos en el metro por las mañanas. Todos juntos forman una espectacular sinfonía, creo que nunca te conté eso, una sinfonía algo repetitiva donde todos los pasos llegaban al final a un mismo ritmo, así me entretenía en el metro por las mañanas cuando iba con prisa. La sinfonía de la lluvia es más bonita, tranquila y envolvente. Para mí es la mejor música, le quita un poco el absurdo a la ciudad, a veces todas las gotas forman constelaciones inmensas.

En cada gota imagino tu cara entre mil espejos de agua, cada persona es un momento; veo una gota y creo que soy yo; cada silencio son todos los errores cometidos, los tumbos y los golpes.

No sé nada pero intento aprender a vivir aquí, es un mundo complicado a diferencia de la lluvia, preferiría ser una gota que una persona, puesta como nosotros en un lugar extraño y un momento extraño; pero ellas no eligen y su vida es muy corta. Siempre igual. De las nubes al suelo y luego todas se juntan en riachuelos crecientes.

No estaría mal esa vida, en caída libre. Ganan velocidad. Se cruzan con aviones y palomas, se acercan a la muerte y entienden la vida.

La última imagen es la más impresionante y hermosa; a un metro del asfalto entienden todo, ahí termina el viaje. Pero esa imagen es tan única, al abrigo de todas las cosas, no la recordaríamos ni estaría en ninguna parte. No como tu cara que se olvida y se me va a seguir desapareciendo hasta que me muera.

Sí que envidio a esas gotas de agua; su vida no es como la nuestra: sinfín de sueños y anhelos, memorias y pesadillas, explicaciones y olvidos. Siempre con firmeza matemática, como si cada pensamiento fuera un palillo y como si todos ellos construyeran nuestra mente. En esas gotas no hay torres, castillos y pirámides, solamente vértigos y abismos’ (‘nada importa pero el no vivir es horrible’ –yo no dije eso, Víctor Hugo lo escribió y es una mentira pero eso tampoco importa).

Ha pasado mucho tiempo, 9 años. Hoy todo está mejor que entonces. He tenido novias más guapas que la inolvidable Laura Cozanet, tengo más y mejores amigos y, especialmente, más seguridad: tengo un nicho en la economía globalizada y en la sociedad chilanga. Pero la vida parece menos intensa o palpita menos, y mis sueños de escribir se fueron difuminando aunque últimamente regresan, quizás por eso el hallazgo me conmoviera tanto. Todo parece más posible e inminente, al alcance de la mano, pero el mundo está menos encantado, hace tiempo que no encuentro patos perdidos en medio de la oceánica noche. Parece a veces que la línea de vida estuviera quebrada en varias partes, o que carece de sentido, y que estoy a la deriva.

17 comentarios:

dèbora hadaza dijo...

"Todo parece más posible e inminente, al alcance de la mano, pero el mundo está menos encantado, hace tiempo que no encuentro patos perdidos en medio de la oceánica noche. Parece a veces que la línea de vida estuviera quebrada en varias partes, o que carece de sentido, y que estoy a la deriva."


no sé que decir, excepto que esto me gustó por lo honesto.

Invierno Funk dijo...

me gusta mucho venir a leer...
gracias por compartir ésto.

es muy bueno

El Rufián Melancólico dijo...

odiaría ponerme categórico-mamón y decir, por ejemplo, que este es el mejor post que te he leído, donde has combinado mejor el rollo lírico con la reflexión y tu eterna duda de todo resuelta en letras apretadas. Entonces no lo diré y nomás paso lista: presente. Ya mero llega el Liar con necesidades urgentes de redondear su alcoholismo. A ver si organizamos alguna. Saludos.

Rafael Merino Isunza dijo...

París bien vale una misa...

Ana dijo...

Éste es mi post favorito.
Te quiero y te mando un abrazo.

Invierno Funk dijo...

Gracias por pasar a mi blog... es todo un honor en verdad!

un abrazo

Paulina Jasso dijo...

Me gusta mucho este post soy una fan recurrente del autor..jiji incluso más que de su presencia...

Diran que soy recurrente pero el pasar del tiempo, incluso ahora que es presente (y como dice sabina) Incluso en estos tiempos
veloces como un Cadillac sin frenos,
todos los días tienen un minuto
en que cierro los ojos y disfruto
echándote de menos.

echarnos de menos y sumergirnos de vez en vez para encontrar el camino..

Saludos
Emilio!

Lisa dijo...

Me encantan tus palabras, Emilio. Jamas deja la pluma.

Xavier dijo...

Excelente. Yo sé que soy un poco rústico al expresarme, pero me agrada leer a los que lo hacen bien. Algún día podré escribir un párrafo bien formado que me agrade, espero. El facebook es buena puntada, a ver si luego pescamos el Novo's abierto...

Saludos!

enlasantipodaspodadas dijo...

Creo que en general la vida palpita menos porque todo está como aletargado, no sólo México, como que todo el mundo está igual.

Será porque pasan muchas cosas muy rápido y el tiempo es poco para asimilarlas, no sé.

Gran post.

Emma Zunz dijo...

Te han caído bien esos 9 años, porque hoy leerte cautiva. No paso mucho por acá, pero siempre que vengo es delicioso. Me parece que con el tiempo has aprendido a usar las palabras precisas, sin tanto drama, pero cargadas de un sentimiento justo. El pasaje de la lluvia me recordó a Historias de Cronopios y de Famas... un cuentito que termina "adiós gotas, adiós" sin duda uno de mis favoritos. Pero esto se sintió más como una borrador copiado. No sé, no me gustó -en verdad- pero me dió tantas esperanzas. (Es un halago más que una ofenza, espero que lo interpretes como eso.)

Saludos,

Invierno Funk dijo...

¿cómo describirías la foto de la portada del together trough life?

podrías describirmela,

Cynthia Ramírez dijo...

"El problema de nuestros tiempos es que el futuro ya no es lo que era"

Aquiles Digo, antes Jordy dijo...

Enorme escrito, no por largo, sino por la profundidad que tiene. Sin duda es una sensación extraña voltear y ver que -de repente- se han ido varios años ya, que relaciones han ido y otras han llegado, y que, en el fondo, hay una especie de zozobra por lo que ya no somos más. Un abrazo Emilio.

patty guzmán dijo...

El paso del tiempo, creo que es una de las cosas más aterrantes para mí. No sé si se deba al miedo de que una nueva arruga aparezca con su paso, a la nostalgia de ir dejando a ciertas personas en el camino o al miedo de que ya no se pueda ser feliz sólo soñando y sea inevitable el acercarme al pragmatismo y a la realidad. Creo que le tengo tanto miedo justo por aquello que dices: que “la vida parece menos intensa o palpita menos”. No me gusta escuchar que el corazón se va alentando, sentir que las lágrimas caen con menos frecuencia y que las sonrisas pierden su constancia y espontaneidad de antes. Creo que por eso tengo tanto miedo, porque amo la magia y soy idealista…como algún día dijo Lenin “alguien de 20 años que no es idealista es porque no tiene corazón, pero alguien de 40 que no es realista es porque no tiene cerebro”…yo no quiero llegar a ese punto y por eso temo envejecer, porque quiero ser idealista y al mismo tiempo ser inteligente. Amo soñar, amo llorar y amo enamorarme , no me gusta ver como los años hacen menos intenso ese amor. Hace poco jugaba con mis sobrinitos de 10 meses y deseaba tanto ser feliz con una gelatina roja o con las florecitas amarillas sobre el piso del jardín, como lo eran ellos. Con los años dejamos de amar esas cosas simples hasta el punto que la felicidad se vuelve algo tan complicado. Ojalá que el tiempo muestre no ser tan aterrante y que pueda seguir viendo un mundo “encantado, con patos perdidos en medio de la oceánica noche” o la vida será sumamente aburrida.

El Movimiento Intravisceralista dijo...

EL MOVIMIENTO INTRAVISCERALISTA

[ Raúl de Alejandría ] dijo...

La única ventaja de tanto pasado inútil es que nueve años después escribes mejor y que, según tú, has tenido novias menos arañas, aunque eso no podemos comprobarlo.

¿Y la novela? Mal émulo, malo. A tu cuarto sin whiskey, que de todos modos no te hizo disciplinarte.