miércoles, 31 de diciembre de 2008

Zweig sobre Rilke

Y era conmovedor ver la humildad con que se sometía a un poeta como Paul Valéry, cómo le servía través de la traducción y cómo a sus cincuenta años hablaba de quien tenía cincuenta y cinco como de un maestro inalcanzable. Su felicidad era admirar y le era necesaria en los últimos años de su vida dado –y ahórrenme su descripción– lo que este hombre sufrió durante la guerra y en el tiempo posterior, cuando el mundo fue sanguinario, feo brutal y bárbaro, cuando ya no era posible la serenidad que él quería crear a su alrededor. Y nunca olvidaré la destrucción de su persona cuando lo vi de uniforme. Tuvo que superar años y años de paralización interna antes de volver a escribir un verso. Pero después llegó la perfección acabada de las Elegías de Duino.

Que la felicidad yazga en admirar es una idea egoísta y generosa al mismo tiempo, una idea que me gusta aunque no suscriba completamente. Grande Zweig y grande Rilke.

domingo, 28 de diciembre de 2008

La vida en el desierto

La vida en el desierto no se parece a la vida en la ciudad. Las nubes en el lienzo interminable del cielo adoptan las figuras más sugestivas, insólitas y exuberantes: sapos haciendo el amor o camellos o dragones en huida furiosa de tanques nazis en concierto. Los zopilotes vuelan muy bajo, tanto que a veces parecen confundir nuestra humanidad durmiente o en reposo con la muerte o la ausencia de toda humanidad, con la simpe presencia de carne muerte y presta a ser ingerida antes de que el desierto cause sus estragos. Mucho más alto vuelan aves marinas, albatros o gaviotas que dibujan en el cielo trayectorias límpidas que recorren lentamente. El desierto crea curiosas ilusiones ópticas: apariencia y realidad se confunden todo el tiempo. Parece a veces que estas aves venidas del mar vuelan a decenas de kilómetros de altura, como jets supersónicos o satélites del FBI y la CIA, pero en otras ocasiones se asemejan a hormigas que atraviesan con lentitud y constancia el diáfano cielo azul, un techo apenas unos metros sobre mi cuerpo que parece, sin embargo, cambiar de posición: a veces lejanísimo e inalcanzable y a veces tan cercano que provoca claustrofobia, como una infinita carpa que se cerrase sobre nosotros y amenazara dejarnos sin aire. Los cactus y los matorrales se extienden por kilómetros y kilómetros. En ocasiones se escuchan motocicletas o pick-ups atravesando el desierto con prisa, un infierno de motores que asusta a los correcaminos y levanta polvaredas que permanecen estáticas durante largos segundos en el delgado aire. Los jardines de las casas en el desierto son poblados por minúsculas variantes de cactus; algunos tienen flores en sus crestas, otros son gorditos, chaparros y sus cientos de espinas crecen en simetría perfecta, en otros los troncos se multiplican al grado de que un tronco original puede dar origen a decenas de tallos, circunstancia tanto más sorprendente si consideramos la fuerza del viento en el desierto, capaz de originar tornados que llegan a atrapar pequeños reptiles arrojándolos después a decenas de kilómetros. A veces las nubes se arremolinan, la electricidad se percibe en la piel, el fin del mundo parece inminente, pero al final la tormenta no azota y uno apenas recibe minúsculas gotas de agua, como si un astronauta utilizara una pistola de agua o más bien un artefacto como el que los peluqueros utilizan para humedecer el pelo de las señoras. Estos jardines desérticos parecen minúsculas ciudades zaristas meridionales: los cactus se asemejan a las iglesias bizantinas moscovitas y yo imagino minúsculos hombres de unos cinco milímetros de altura andando por allí, rezando en el desierto al dios Ra, caminando en la arena caliente, cortándose el pelo en el desierto, cogiendo en el desierto, comiendo en el desierto, escribiendo en el desierto, construyendo palacios enormes en el desierto como termitas y muriendo en el desierto también, a merced los zopilotes y las moscas acechantes siempre en el delgado aire desértico.

domingo, 21 de diciembre de 2008

No me gusta trabajar

Mi jefa es una persona considerada, sensata y muy inteligente que lleva su demandante trabajo con garbo y gracia. La admiro y me gusta conversar con ella. A pesar de todo esto, el otro día me encargó algo –una tontería, algo mínimo– y pensé: “Por qué carajos debo yo cumplir con lo que ella pide.”

Imagino que la cosa sería más complicada si mi jefa fuera una pendeja, pero me he percatado (súbitamente, por medio de un fogonazo) de algo: no me gusta recibir órdenes. No me gusta que mi acción obedezca al designio de alguien más. No me gusta estar leyendo a Bernhard absorto y verme obligado a dejar el libro para acometer alguna absurda investigación o redactar un oficio. Me gusta despertarme tarde, ir a correr, regresar a la casa, salir al sol, poner la Flauta Mágica en el ipod, leer lo que me dé la gana, intentar escribir algo, mirar la Champions League, tomarme una chela, echar una siesta, ir por un café, etc., etc. Lo malo es que difícilmente le pagan a uno por realizar estas tareas.

En fin, no sé que voy a hacer; ni siquiera sé por qué escribo esto. De repente el futuro parece muy incierto.