martes, 28 de octubre de 2008

AMLO

Hace un par de meses un taxista compartió conmigo algunas interesantes teorías que había desarrollado desde su rodante y privilegiado mirador; a una de ellas, que encontré entonces superficial y desmesurada, quiero referirme hoy, cuando me convence algo más. El sujeto de la conjetura era López Obrador, personaje que le parecía al taxista un auténtico demente. “El problema con AMLO, y su cualidad mayor, decía, es que todo le vale madres, que no tiene freno. ¿Quién chingados hubiera pensado en bloquear Reforma durante más de un mes? Solamente un loco que antes tomaba pozos petroleros y que ahora está dispuesto a todo.” El tono no era de alarma o miedo, el señor compartía sus opiniones más bien divertido.

La semana pasada, después de un patético y estridente circo, el Senado aprobó una reforma energética consensuada. El acuerdo sorprende no sólo porque había divergencias mayúsculas entre las tres principales fuerzas políticas sino porque éstas llevan ya algunos años lanzándose golpes bajos y tirándose mierda… haciendo, en suma, política, y de la más ruin posible, aullando de una manera lamentable. Los ataques a tres bandas tuvieron la previsible reacción de que la ciudadanía se hartó de ellos y parece incapaz de depositarles la menor confianza. La situación se agudizó cuando los problemas de inseguridad –narcotráfico, secuestros, etc.– se agravaron y tornaron mucho más visibles, amenazando la estabilidad del orden institucional y el Estado mismo (aderezado el caldo por una estrategia “proto-fascista” por parte de las televisoras, a decir de mi amigo JR).

Es entonces, cuando la situación adquiere cierta gravedad, cuando los políticos le bajan al teatro y a sus desagradables chillidos. El escándalo resulta benéfico cuando salpica al otro, pero llega un punto en que todos acaban tiñéndose, cuando todos los rostros pierden relieve y se confunden. Decía Fernando Escalante que los políticos son, a final de cuentas, todos, un corporativo esencialmente razonable y conservador: lo primero que la violencia en serio, la violencia revolucionaria, provocaría sería su destitución inmediata y total: la absoluta desaparición de su poder y prebendas. No sólo de Calderón y Beltrones; también de Peña Nieto y Pablo Gómez, Ebrard y Labastida.

No estoy seguro si lo mismo sucedería con AMLO. López Obrador es la única figura política no conservadora por la sencilla razón de que no tiene nada que perder. ¿Qué pasaría si, por alguna razón, Peña Nieto o Creel fueran destituidos de sus cargos a causa de algún Watergate? Harían declaraciones y berrinche, serían entrevistados por Sarmiento y Aristegui, comentados en el Reforma por Reyes Heroles y Herzog Márquez y olvidados inexorablemente a las pocas semanas. El desmadre de nuestra clase política, su continuo escándalo, suele serle redituable políticamente, pero llega un punto –cuando el descrédito de los partidos es demasiado grande, cuando la amenaza de violencia es real– en que se vuelve peligroso; es entonces cuando todos se lanzan elogios y celebraciones: cuando es necesario reforzar el andamiaje frágil del Estado que a todos cubre por igual.

AMLO es el único que no le entra a la farsa. Es el único que, a río revuelto, podría obtener beneficios, y no son pocos. No necesita ni del PRD (cuya crisis le beneficia), ni de una curul o gubernatura o silla presidencial (cuya depreciación, a él que no ostenta un cargo similar, conviene); lleva ya un par de años por la libre y, contra todo pronóstico, no ha perdido visibilidad: provoca odio, sí, pero su grey le sigue y su potencial movilización, aunque disminuido, es real, mayor que el de cualquier otro personaje. No tiene nada que perder, así que apuesta fuerte.

domingo, 26 de octubre de 2008

Pesimismo

En mi trabajo hay una persona –el segundo de a bordo, para mayor precisión– que me hace la misma broma cada vez que nos encontramos: “¿Emilio Zola? ¡Ah no!… ¿ése es otro verdad?” Tal vez envejecer sea eso: contar el mismo mal chiste, exactamente a la misma persona, una y otra vez hasta la muerte.

jueves, 23 de octubre de 2008

Ayer escribí un post más bien negro que borré un par de horas después. Tuve un mal día (que quizás sea augurio de un mal mes o hasta un mal año) por culpa de una circunstancia absurda, inmerecida e injusta, pero de nada sirve lamentarme y no todo está perdido además, simplemente deberé ponerme a trabajar, convertir en precepto las líneas de un poema de Lord Tennyson,

Their's not to reason why,
Their's but to do or die

Ayer por la noche me emborraché mientras leía a Céline, le di a la pared un par de madrazos y aunque mal, logré dormir un poco. Hoy me desperté, di una vuelta, escuché a los Beatles (Across the Universe, Let it Be, cosas así) y las cosas pintan mejor.

En fin, un par de amigos alcanzaron a leer el post -razón por la cual escribo- y me mandaron una señal, preocupados. Gracias; pocas veces me sentí tan sonoro. Y aunque tradicionalmente pensé que el optimismo resulta de mal gusto, últimamente me siento optimista. Vienen más días de sol, y risas y besos en mañanas de primavera, la cama destendida el día entero.

domingo, 19 de octubre de 2008

2 de octubre no se olvida (algunos apuntes sueltos...) (I.)

El tema es complejo –confieso que bien no lo entiendo– y es posible entrarle desde varios ángulos –y no me decido– así aquí van algunas impresiones extemporáneas sin ánimo de totalidad o coherencia.

Me di una vuelta por Tlatelolco el 2 de octubre; acompañé a la marcha casi hasta el Zócalo, deteniéndome frente a la Alameda. Tlatelolco posee un charme bucólico para mí irresistible; por sus jardines y pasillos suelen caminar viejitos que pasean a sus perros, algunos punks, un par de niños persiguiendo un balón etc. … (ahí también, como en la Condesa, siempre es domingo). El 2 de octubre la Plaza de las Tres Culturas, aunque mucho más concurrida, conservaba su lánguida atmósfera: había en ella ambulantes –vendedores de helados, souvenirs rebeldes–, contingentes de estudiantes de prepa entablando batallas de porras, los viejitos de siempre, algunos turistas revolucionarios y algunos disfrazados de anarquistas, con pañuelos cubriéndoles la cara (imagino que algunos de ellos cometerían los actos vandálicos que después se verían, pero tengo la impresión de que muchos iban simplemente disfrazados de anarquistas).

Aunque la marcha salía de la esquina de Flores Magón con Eje Central, es decir, la Plaza no era punto de partida, ésta carecía de efervescencia, de efervescencia política quiero decir. La marcha era una conmemoración: su carga evocativa rebasaba a la política. Me parece –y esta es una conjetura solamente– que después del PRI –después del 2 de julio de 2000– el 68 perdió buena parte de su potencial movilizador. Del movimiento pueden hacerse distintas interpretaciones: podía atribuírsele una naturaleza libertaria, festiva e iconoclasta que la izquierda podía abrazar; pero tenía también un significado democrático y anti-autoritario que podían suscribir la izquierda, las clases medias y también el PAN. Todos estos sectores convergían en su anti-estatismo y, principalmente, en su anti-priismo. El 2 de octubre era una conmemoración, una celebración y un acto esencialmente antipriista. Desaparecido el PRI-partido-de-Estado a la fecha le falta fuerza, se ha vaciado de significado.

Desde el puente peatonal de Eje Central frente al antiguo edificio de la SRE observaba a los contingentes alistarse para el desfile. Junto a mí, un sesentaiochero –pelo cano, chaleco beige con muchas bolsas, me hacía pensar en un burócrata perredista de la delegación Tlalpan, de los tiempos de Imaz, o en un cincuentón de safari en África– pontificaba: “Estos pendejos no tienen idea de nada. No saben hacer una marcha. Tienen que salir ya de aquí: la gente se está juntado, los ánimos de caldean y los pendejos no inician la marcha; que están esperando para empezar a caminar. El ambiente está muy caldeado y aquí se forma un cuello de botella. Esto pinta muy feo.” No se había percatado de que la marcha ya había iniciado, por la ruta Flores-Magón-Reforma y no por Eje Central, que estaba vacío.

En la marcha coincidían una serie de que organizaciones que, para simplificar, podríamos denominar de izquierda, y que encontraban en el evento un umbral para hacer sus demandas. Yo acompañaba a la Liga Campesina, que enarbolaba pancartas con las imágenes de Marx, Engels, Lenin y Stalin; algunos repartían folletos que explicaban la revolución china, prueba de que el triunfo de una revolución campesina es posible, “demostró que obreros y campesinos pueden crear y gobernar una nueva sociedad”.

“¡Señor Calderón, por-qué-nouso-con-dón!”, gritábamos mientras caminábamos a la altura de la Guerrero. “No has muerto camarada, tu-lu-cha-se-rá-ven-ga-da”, continuábamos. “Ellos son, ellos son, los-que-chin-gan-la-na-ción”, le gritábamos a los polis apostados en Reforma. “Estudiante que saca cero, se-gu-roes-gra-na-dero”, insistíamos con los polis.

Tenía su lado desmadroso la marcha. Tomar la calle siempre otorga una sensación vaga de poder, pero –insisto– carecía de un perfil político definido. Algunas pancartas repetían argumentos de Sergio Aguayo o Lorenzo Meyer: la conmemoración tiene vigencia porque las demandas de entonces siguen vigentes, aún hay presos políticos y no se ha esclarecido lo ocurrido… No sé: no es lo mismo asesinar que encubrir que no investigar, como no es lo mismo rendir loas al presidente en la prensa que dedicarle caricaturas, no es lo mismo tampoco la Dirección Federal de Seguridad en manos del presidente que las 1600 corporaciones policíacas que nadie sabe cómo controlar, que nadie conoce siquiera. El país está jodido pero por diferentes causas que antes. Hay más libertad de expresión hoy que antes: no creo que Andrés el Rojo le hubiera gritado espurio a Echeverría o a Díaz Ordaz… La posición de los policías también es distinta. Pobres polis; ridiculizados este 2 de octubre por fachosos que graffiteaban sus escudos. Denostados también por Loret de Mola y esa otra marcha más bonita, de hace unos meses, en contra de la delincuencia. La sociedad civil se construye frente al policía panzón, naco, corrupto y secuestrador. Frente al espejo del policía el ciudadano se mira culto, civilizado, virtuoso, honesto y víctima. Los polis apostados en Reforma se reían de las bromas de los estudiantes y los miraban con curiosidad y algo de güeva; la puesta en escena perdía mucho a causa de su desidia: hubiera sido más divertido y heroico que alguno de ellos soltara un par de madrazos. Hubiera leído La Jornada al día siguiente con algo más de seguridad y rabia, convencido de que todo sigue igual que antes.

jueves, 9 de octubre de 2008

Siempre es domingo en la Condesa

Estas últimas dos o tres semanas me vi obligado a pasar varias tardes y mañanas en la Condesa. No cabe duda, el barrio es bonito, particularmente cuando sale el sol: árboles, parques, faldas, cafés, bares, viejas casonas, etc., etc., etc.

Mi estancia en la calle de Veracruz y el Café 111 en ella situado me permitió obervar los usos y costumbres de la zona y preguntarme: ¿En qué trabajan los condechis? La mayoría parece dedicar el día a caminar, comprar cigarros a las 12:30 p.m. en las tiendas de la planta baja de sus apartamentos, tomar expresos o comer tofu a las horas más insospechadas y pasear a sus perros. ¿Qué hace toda esta gente para ganarse la vida? Podrían ser filósofos o escritores, pero su pobre léxico e ideas trilladas los delatan, además de que estos empleos, pésimamente pagados, difícilmente permiten costear las rentas de la zona, las cervezas de 35 pesos y el tofu.

¿Qué hacen? ¿Cómo se las arreglaron para, a sus treintaitantos, andar a diario en tenis, tomando expresos y paseando al perro? Alguien explíquemelo por favor, porque me muero de la envidia. Quiero ser condechi, y que todos los días sean domingo.