jueves, 25 de septiembre de 2008

Me despierto a las 4 ó 5 de la mañana febril, rebozante de ideas y proyectos que atraviesan la cabeza. En efervescencia pura. Consigo dormir un par de horas que son en realidad un segundo. Despierto aletargado y el día se aparece como una cuesta pronunciada y absurda. Me siento tentado a quedarme en la cama; dormir todo el día o toda la semana. Desaparecer.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Pequeño homenaje a Gide

Resulta tan difícil ser justos con la felicidad: tendemos a idealizarla siempre. El tiempo pasado es embellecido por lecturas o estampas cinematográficas y literarias que le son ajenas; su significado cambia todo el tiempo puesto que nos sirve para imaginar a ése que hoy somos, ese culpable o esa víctima, ese ser derrotado o triunfante, nostálgico o suicida o lanzado en una fuga hacia adelante interminable, más insólita en cada ocasión: hacia la escritura o el alcohol, hacia Europa primero y África después y después quién sabe, quizás siga el viaje hacia adentro, hacia la locura y el mar. Desaparecen las noches de insomnio junto al cuerpo amado y deseado y queda solamente la idea de ese cuerpo; queda el poema de Apollinaire en donde cada parte del cuerpo de su mujer es descrita lasciva y amorosamente, “mi querida y pequeña estrella palpitante”: manos, boca, cuello, nalgas... pero pasan los días y estos recuerdos comprueban su carácter triste y estéril de idealizaciones y abstracciones. No recordamos ya la materia que inspiró al poema.

Para ser absoluta, la dicha debe bastarse a sí misma. La dicha de antes ensombrece a la actual, al igual que los proyectos y las esperanzas de dichas futuras nublan este momento. Creemos en el poder de la fotografía para recordarnos el pasado, pero éstas no ofrecen sino su triste rastro, traicionándolo. No quiero fotografías mías y tampoco palabras; quiero desvanecerme y que no reste recuerdo alguno. Que cada segundo se consuma, que la risa y el placer sean vastos, como el deseo, y que la noche sea larga, ausente el fantasma de la aurora.

lunes, 15 de septiembre de 2008

The Elephant Man

Ayer por la noche me encontré en la televisión con los últimos 40 ó 50 minutos de El hombre elefante, de David Lynch. La película contiene algunas de las escenas más terribles y bellas que haya visto en el cine.

Una de ellas, la más pesadillesca, es cuando el cirquero encierra al ya moribundo hombre elefante, en medio de la noche, en una carreta/jaula para bestias feroces. La jaula tiene dos compartimentos; en uno se encuentra Merrick y en el otro hay un mandril que se lanza furioso contra él, estrellándose contra el enrejado que los separa. Pero el animal no cesa en su intento; una y otra vez, chillando enloquecido, se abalanza contra el desfalleciente y aterrorizado hombre elefante (éste carece de rictus, el terror y el cansancio se adivinan a través de sus ojos), como si ni siquiera él soportara su visión.

La siguiente escena es opuesta a ésta: una de las más conmovedoras que recuerde. Los fenómenos del circo ambulante acuden al rescate de su compañero. El gigante del circo abre la jaula y carga cuidadosamente al hombre elefante; los enanos le procuran una manta que lo esconde del mundo y su mirada de horror y le anuncian que lo llevarán de vuelta a Londres, al hospital del doctor Treves, único lugar en donde ha conocido afecto y reposo. Unos segundos después observamos una escena onírica. Caminando entre la espesa y fantasmal niebla, siguiendo la linde del río, caminan en fila india los fenómenos del circo, como leprosos condenados a vivir de noche, al margen de los hombres. En medio de ellos va el hombre elefante, silueta sin forma humana, tambaleante a causa de su deformidad y la manta que le cubre, protegido por sus amigos, fragilísimo.

Todavía sufrirá el hombre elefante algunas vicisitudes más antes de arribar a buen puerto. Le queda poco tiempo de vida, pero tiempo al fin. Suficiente para asistir a un concierto en la Opera, vestido de gala, en donde será aplaudido por el auditorio entero y la Reina misma, y morirá en sosiego, en una cama cuyas almohadas habrá acomodado con infinita ternura –delicadísima escena–, quizás previendo que los sueños de esa noche serán los últimos, y también los más hermosos.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Regalos II

Resulta tentador sentir que el mundo está en deuda con nosotros, o que merecemos mejor suerte, o simplemente más.

Yo no puedo quejarme.

Conocí a una persona más generosa que yo, de temperamento más franco que el mío y presencia simplemente luminosa. Hay cosas que uno no merece y que, sin embargo, suceden; milagrosamente. Alguien ve en nosotros algo que nadie más, ni siquiera nosotros, pudo ver antes; nos mira de forma distinta, como si el resto del mundo fuera un simple telón de fondo, y no podemos sino desear que no sea ésa la última vez.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Líneas de Keats

What can I do to drive away
Remembrance from my eyes? for they have seen,
Aye, [but] an hour ago, my brilliant Queen!
Touch has a memory. O say, love, say,
What can I do to kill it and be free
In my old liberty?

[...]