lunes, 30 de junio de 2008

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El dibujo de la presentación es de mi amigo José Reyes, http://oneway-df.blogspot.com/

domingo, 29 de junio de 2008

Murakami

Estoy leyendo, finalmente, a Murakami, la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, recomendación y préstamo de mi amigo Sebastián. Aunque me cansa su carácter new-age, su sabiduría mística que imagino resulta igualmente atractiva a yuppies de Tokio, NY o el DF, el libro fluye; lentamente uno es capturado por una atmósfera delineada mediante recursos narrativos en apariencia simples. El lacónico narrador, al igual que el escritor, termina por caer bien. Pero no me extiendo en el libro porque me haya impresionado especialmente sino porque su lectura me ha contagiado una sensibilidad à la Murakami, atenta al oculto engranaje del mundo.

El viernes por la noche, por ejemplo, viajaba en el metro. Por primera vez en mi vida salí tarde de mi oficina, razón por la cual me sentía cansado y satisfecho (pensaba en otros viajes nocturnos efectuados hace unos años, de París a los suburbios, también tras el trabajo). El metro iba lleno, pero no al grado de provocar incomodidad o molestia. Un pasajero me pidió ver el libro que leía, la Crónica... precisamente; me dijo que se lo habían recomendado (¿al autor?, pregunté yo; no, ese libro en particular, me dijo) y me contó la historia de esta recomendación, una historia muy al estilo de Murakami, acerca de un amigo que había sido muy cercano a él (pensé por un momento que el joven pudiera ser homosexual) y que después se había difuminado de su vida.

Después caminé del metro Miguel Ángel de Quevedo a la estación de metrobus de la Bombilla, frente a la avenida La Paz. Caía una lluvia que, sin ser un chubasco, había obligado a la mayoría de las personas a refugiarse bajo los portales. El parque que rodea al monumento a Obregón estaba extrañamente vacío. Llovía y yo caminaba con mi pequeño paraguas verde, atento a no mojarme. La superficie de la plaza, iluminada por las luces amarillas de las farolas, estaba atravesada por extensos charcos, minúsculas lagunas, estrechos y caminos que tuve que brincar o recorrer para no mojarme los pies, como si cruzara un laberinto. En el agua se veía el reflejo de la noche; la superficie parecía la representación luminiscente de un mundo conformado por infinitos mares, continentes y pantanos.

lunes, 23 de junio de 2008

Noche en el desierto

Ayer por la noche recordé un largo viaje en tren. Casi 40 horas: salí de París una mañana y llegué a Marrakech a las 11 ó 12 de la noche siguiente (crucé el mar en un ferry la mañana del segundo día). Viajé solo. Al principio me sentía libre y eufórico; observaba el cambio del campo francés al bosque en el País Vasco y después al desierto y la relativa pobreza marroquí. Pero poco a poco me envolvió un extraño desánimo. Llevaba muchas horas sin hablar con nadie y no me esperaban en Marrakech, no conocía a nadie ahí.

La noche es oceánica y en ella resulta fácil sentirse solo: pensaba entonces que el mundo es un lugar vasto y oscuro, a menudo peligroso. El tren recorría en silencio desiertos y ciudades perdidas de edificios desgastados y luces amarillas insomnes y de pesadilla. A medida que nos internábamos en el continente nacía en mí un miedo irracional asociado a la noche y que venía de la infancia: miedo a la oscuridad, al mar, al bosque. Me faltaban unas manos para tocarme y unas palabras de consuelo. Era imposible imaginar que el mundo es un lugar familiar, poblado por amigos, y que es posible despertar acompañados por quien nos ama, en una recámara conocida que hemos aprendido a querer con gratitud y humildad. La desazón, la soledad y el desierto lo inundaron todo.

Son vastos el universo y la noche, como son vastas la soledad o la tristeza. A veces me parece que transitamos por el mundo como leños a la deriva, errantes en un mar iluminado por las estrellas muy altas; que nuestra vida se asemeja al viaje solitario por una tierra desconocida y amenazante, en un tren que se dirige a la nada insondable.

jueves, 19 de junio de 2008

Italianos y suecos

La calidad de este blog ha disminuido, o aumentado su mediocridad, y ahora, para colmo de males, tiende a hacer del futbol su tema predominante. Tal vez atraviesa por un bache similar al del Pardo hace unos meses, cuando el tema de Hugo engulló a todos los otros.

En fin, a riesgo de parecer reiterativos… Dice la sabiduría popular que las selecciones nacionales reflejan el temperamento de un país; que el éxito, el fracaso o el estilo en una cancha de 11 jugadores marcan inexorablemente a millones, de suerte tal que los fracasos y traumas mexicanos se nutren, y alimentan a su vez, a los fracasos y traumas del Tri en Mundiales, Copas América, etc. La selección alemana tiene mentalidad ganadora, es cuadrada, trabajadora y disciplinada, como el país. Suiza, como su selección, es de güeva. Los argentinos son mamones y los rusos melancólicos; los brasileños son divertidos e irreverentes (probablemente debido a que desconocen los apellidos: un país cuyo presidente se hace llamar Lula está forzado a ser irreverente si no quiere caer en el ridículo); los españoles acomplejados, siempre mirándose inseguros en el espejo de Europa.

Italia y Suecia, sin embargo, parecen romper la regla. Los italianos viven en el país más bello del mundo: sol, Renacimiento, neorrealismo, pizzas, aceite de oliva, el Mediterráneo, Monica Bellucci. Son sibaritas, vanidosos, ruidosos y cachondos: tienen suerte los cabrones. Su selección nacional, empero, es el reflejo distorsionado de toda su experiencia vital: aburrida, defensiva, plúmbea. Los italianos solamente conciben el futbol como sufrimiento, quizás porque su vida es un continuo y voluptuoso festín. Nunca golean a sus rivales, por más incapaces que éstos sean; son capaces de empatar heroicamente con países como México (1994, 2002) y de desterrar a jugadores como Totti o Baggio mientras encumbran a Gattussos o Materazzis. Me dolió enormemente la derrota francesa en 2006 y 2008, y sobra decir que el domingo voy con España.

No conozco Suecia, pero me dicen que allá hace un frío de la chingada. Las suecas son muy guapas, pero el país tiene una de las tasas de suicidios más altas del mundo. Los políticos suecos, honestos y socialistas (aunque sean de derecha), son aburridos, grises, con rostros de contadores, lejos de payasos mediterráneos al estilo Sarkozy o Berlusconi; desconozco su comida, pero no creo que en ella abunden al curry, la mostaza o el chile… Pese a estos adversos factores, la selección sueca ofrece siempre un futbol exuberante y generoso; suele llegar lejos (ésta vez no tanto), caer bien, y perder con dignidad y ligereza, ajena al dramatismo de italianos o argentinos. La selección sueca está conformada por tipos guapos (Ljungberg) o con cara de mafiosos y andar de bailarines de ballet (Ibrahimovic, a decir de un diario inglés); el defensa central tiene una rubia barba anacrónica, el extremo derecho parece un adolescente atrabancado. La mayoría de los jugadores parecen bronceados, como si llevaran años viviendo en alguna playa en Oaxaca, no dudo que entre ellos haya un par de pachecos. Dan ganas, en fin, de irse a chupar con ellos.

A mí estas contradicciones me resultan inspiradoras. Convendría extraer de cada país, en cada ramo, lo mejor. Y si nuestra selección (o nuestro cine o nuestra literatura) no nos gustan, cambiémonos, qué más da, siempre habrá alguna otra que se ajuste mejor a nuestro temperamento, y que nos brinde más alegrías o risas o sufrimiento, dependiendo de lo que busquemos.

martes, 17 de junio de 2008

The Smiths

Más vale tarde que nunca, pero es una lástima no haber conocido a los Smiths durante mi adolescencia. Todo hubiera sido mucho más fácil...

domingo, 15 de junio de 2008

Envejecer

Lo que sigue puede sonar desmesurado, puesto que cumplí 27 años hace un par de meses: soy, entonces, relativamente joven. No obstante, los juegos de la Eurocopa que he observado estos días, y una película que vi esta tarde, Control, acerca de el frontman de Joy Division, Ian Curtis, me han hecho sentir algo viejo.

Creo que el momento decisivo en la relación entre un hombre y el futbol es cuando se da cuenta de que quienes patean el balón en la televisión o el estadio son más jóvenes que él. Hay una diferencia fundamental entre jugar y mirar el futbol anhelando, algún día, estar ahí –ser uno el que es mirado y ovacionado–, y hacerlo sabiendo que ese tren se nos ha ido, inexorablemente. No importa que de niños hayamos sido unas papas jugando, o que no hayamos crecido en países de mayor raigambre futbolera, y más honrosa historia, como Argentina o Brasil; siempre podíamos creer que con esfuerzo y algo de suerte podríamos ser futbolistas profesionales, sin importar la improbabilidad de tal posibilidad. La gran estrella de la Euro es Cristiano Ronaldo, de 23 años. Xavi, uno de los más brillantes y experimentados españoles tiene mi edad, y está acompañado por una constelación de jugadores asombrosos de 21, 22, ó 23 años como Cesc, Iniesta o Sergio Ramos. Qué duda cabe: ya es muy tarde para jugar profesionalmente.

Con el rock –esa otra gran fantasía adolescente– me ha sucedido algo similar. Nunca fui parte de una banda. Mi oído es lamentable; no puedo tocar una guitarra ni una batería y tampoco soy entonado; carezco, para colmo de males, de actitud rockstar. Pero el sueño –tanto más poderoso cuanto más inverosímil– estaba ahí: compraba discos o iba a conciertos y, contra toda razón, anhelaba estar del otro lado; pensaba que alguna posibilidad había. Dylan compuso varios discos indispensables –Blonde on Blonde, Highway 61 Revisited– antes de los treinta. Después vino la tragedia: bandas como los Arctic Monkeys cuyos integrantes no pasaban de los veinte. Ian Curtis vivió, rockanroleo y se suicidó en 23 cortos años. Otro tren que pasa.

Quizás envejecer signifique darse cuenta que hay posibilidades que se cierran. Tal vez nunca sea tarde para enamorarse, o convertirse en un gran escritor, o vivir en NY, pero sí hay posibilidades o sendas que dejan de serlo: futbolista del Madrid o los Pumas, o pianista virtuoso por ejemplo. Y con el paso del tiempo estas sendas no recorridas, imposibles de recorrer ya, son más y más (aunque los libros de autoayuda sostengan lo contrario); cada vez es menos amplio el abanico de posibilidades, cada día quedan menos balas en el revólver. No es posible regresar en el tiempo.

miércoles, 11 de junio de 2008

ZZ

Siempre me gustó el futbol, y siempre me gustó Francia (mi favorita para esta Eurocopa), pero estas dos pasiones se han debilitado, y parecen más deprimidas, tras el retiro de las canchas de Zinedine Zidane.

Escribí ya, en mi segunda entrada en este blog, hace casi un año, acerca de la fascinación que este jugador ejerce sobre mí. Recuerdo perfectamente el Mundial de 2006, su canto de cisne. Zidane se había retirado de la selección tras la Eurocopa de 2004; en sus últimas temporadas en el Madrid su juego había menguado. Ocurrió entonces, una noche –y sigo aquí su propio testimonio– que ZZ escuchó “una voz” exigiéndole regresar a la selección francesa. El resto de la historia –la resurrección y los milagros... no descarto en ella participación divina– es bien conocida por todo el mundo: el Mundial de 2006 tuvo en él a su luz más brillante. Llenó de fantasía a un equipo azotado por los fantasmas de la decadencia francesa, gerontocrático y pesado (como olvidar aquella noche preciosa frente al Brasil de Kaká). Ese Mundial lo observé con fervor, como cada cuatro años; pero había una razón imperiosa para el especial seguimiento que di a la marcha triunfal francesa por Alemania: cada nuevo juego amenazaba en convertirse en el último de Zizou, en su último fulgor. Sucedió que éste aconteció en la final contra Italia, en donde firmó un penal a la Panenka contra Buffon y un cabezazo memorable contra Materazzi. “Quería más a su madre [o a su hermana] que al futbol”, diría al respecto el comediante francés Jamel.

Zidane es, para mí, el mejor jugador de la historia. Nunca había visto tanta elegancia en una cancha (decía Valdano que ZZ convertía, al momento de tocar la pelota, un lodazal en una pista de patinaje en hielo: todo parecía más sencillo cuando él intervenía): hizo del futbol una de las bellas artes. La forma en que se paraba y conducía el balón con la vista en alto y los hombros erguidos; cada control imposible, cada jugada en donde parecía caería y perdería el equilibrio, pero lograba mantenerse en pie, resistir la embestida del defensa rival y continuar con el balón pegado al pie; los disparos con ambas piernas, de volea o tras un regate, o de tiro libre o penal; los pases ciegos, las roulettes… todo el catálogo es inolvidable y mágico y tenemos suerte de haberlo visto porque no creo que se repita.

La ausencia de ZZ parece más contundente, se palpa más, que la presencia de cualquiera de las nuevas estrellas que juegan esta Euro (y fue en una Euro, en 2000, cuando vimos al mejor Zidane, en especial el juego contra Portugal). Habría que recuperar la idea de homenaje propuesta por un genial columnista español: retirar la letra Z del diccionario. Así se hará en adelante en este blog; sólo será utilizada para nombrarlo a él.

domingo, 1 de junio de 2008

Shoah

Hay cosas que no pueden contarse o mostrarse en 1h 45 min ó 2hrs. Shoah dura unas 9 ó 10 horas y no hay en ella un solo minuto gratuito. Carece de artificios; no hay música de Arvo Pärt o entrevistas editadas para conmover al espectador "pavlovianamente", manipulándolo al estilo de Michael Moore: nada más alejado del panfleto que ella. Lentamente, por medio de entrevistas de veinte o más minutos, tomas larguísimas de una Europa oriental bucólica y deprimida, el director cede su cámara a los testigos, protagonistas del documental cuya propuesta estética y ética son una sola: otorgar a ellos y su memoria el lugar fundamental.

La película de Lanzmann es, por eso, monumental. Rescata el testimonio de estos testigos de la muerte y el olvido. Existen en Europa rastros de la Shoah que los entrevistados desvelan. Durante más de diez años Lanzmann habló con judíos, alemanes o polacos; verdugos y víctimas que descubren al viajero ignorante una topografía europea que se difumina: huellas imperceptibles para el viajero ocasional que son cada vez más difíciles de entender; restos de alambres de púas, claros en el bosque, por donde las vías de tren corrían o donde las barracas de los campos se erguían, quedan los ríos donde las cenizas eran esparcidas. La película rastrea estas huellas y les da sentido: son la última evidencia de la tragedia y el crimen, su topografía secreta.