miércoles, 23 de abril de 2008

Arquitectos y albañiles

Mi papá es arquitecto y cuando era un niño solía acompañarlo a la obra. El trabajo de los albañiles me parecía descomunal y peligroso; durante mucho tiempo creí que ganaban más dinero que mi papá, que se limitaba a trazar unas cuantas líneas en un plano. El descubrimiento de que mi papá ganaba mucho, muchísimo, más que un albañil fue uno de los primeros que me abrieron los ojos a la injusticia y mala marcha del mundo.

Siempre he pensado que los trabajos manuales (o físicos, no sé como llamarlos) tienen cierta dignidad de la que carecen aquellos que uno aprende en la Universidad. Tengo una estima alta por artistas o científicos; pero los herreros, carpinteros, albañiles, panaderos o mecánicos me parecen mucho más dignos y honestos que quienes trabajan en una empresa y pierden buena parte del día frente a la computadora, hostigando a las secretarias con encargos que ellos bien podrían realizar.

Nunca he entendido qué hace la gente en empresas y oficinas todo el día frente a la computadora. Entiendo las funciones de las secretarias, pero aquéllas de los jefes son para mí un misterio. He llegado a pensar que la inmensa mayoría de quienes laboran en una oficina dedican el 90% de su jornada a chatear en msn o ver videos en YouTube (el resto quizás consagre su tiempo a los blogs). Yo no tengo una cuenta msn, pero para muchos de mis amigos de la preparatoria el ingreso al mundo laboral supuso un renacimiento de la amistad, después del paréntesis de la universidad: todos los días chatean. He llegado incluso a imaginar la conspiración perfecta: chats, facebooks y blogs son un arma secreta para destruir al capitalismo: el pretexto para que nadie trabaje; la causa de que la economía se comprima. Algún día la burbuja deberá reventar: este país no podrá sobrevivir fundado en cien millones de individuos chateando y leyendo blogs todo el día. ¿Quién va a trabajar entonces?

sábado, 19 de abril de 2008

Placidez sabatina

Trabajo este sábado en los últimos detalles de mi tesis; añado una cita muy bella de Tomás Segovia sobre la condición del exiliado, al margen de la Historia. Por la mañana fui a correr, y después he pasado toda la tarde frente a la computadora, frente a la ventana abierta que mira a la jacaranda y permite el paso del aire y los sonidos del mundo. El sábado pasado fue igual de agradable; la única diferencia es que ese día llovía, y por la ventana entraban el olor y el ruido y la humedad del agua. Antes solía escuchar a Glenn Gould interpretando a Bach mientras trabajaba; ahora escucho a Mozart, operas y sonatas para piano. Nunca me había gustado demasiado esta música –decía Bukowski que Mozart le gustaba cuando estaba contento, pero eso raramente ocurría– pero llevo algunas semanas escuchándola todo el tiempo. Me gusta permanecer en mi casa en días como éste. Ahora la televisión permanece apagada. La tesis casi está terminada; resta solamente una labor artesanal, humilde y generosa: quitar comas y palabras, revisar el aparato de notas, añadir alguna cita como la de Segovia. Creo que pocas veces había sido tan feliz.

martes, 8 de abril de 2008

Me gusta el calor

Me gusta este calor de abril. Las faldas son más cortas y las tardes más largas; la gente está aletargada aunque parece presa de una euforia extraña, como si la humedad del aire tradujera efervescencia e infinitas posibilidades.

La diaria rutina resulta insoportable bajo estas condiciones atmosféricas. Subirse al coche o al metro son tareas absurdas; pasar el día en una oficina una estupidez; la televisión revela su banalidad y la prensa recuerda a la peor literatura: todo lo que no es el golpe contundente del calor se aparece como menos real e insignificante.

Dan ganas de despertarse acompañado y renunciar a tanto esfuerzo y movimiento: despertarse temprano a causa del bochorno, mirando una espalda larga muy de cerca y sintiendo unas piernas pegajosas; distinguir la diferencia entre el calor de un cuerpo y el calor del mundo y decidir, haciendo plena justicia a los sentidos, llegar tarde al trabajo o la universidad, o mejor no llegar ya. Escuchar el ajetreo incesante del mundo que llega a través de la ventana y desistir; dejar la ventana abierta y cerrar las persianas: que el cuarto se quede a oscuras mientras el ruido de la ciudad frenética entra en la habitación. Convertir al lunes en un domingo y quedarse retozando en la cama; que se sucedan el sopor y la excitación y que su olor y humedad impregnen la habitación estática en penumbras; hacer el amor y dormirse después y descubrir después de algunas horas que nuestros sentidos más preciados son en realidad los más insignificantes. Importan menos la escucha o la vista que el tacto que permite sentir la piel húmeda o el aire del ventilador, importan mucho menos que la lengua o las manos. Lo mejor de ti me gusta más de lo que crees: como te ves y como suenas cuando tus cuerdas vocales vibran y formulan palabras, pero también como sabes y como te siento cuando respiras agitada y luego pausadamente, y como hueles en estos días calurosos en que tu olor envuelve la habitación hasta parecer más inminente y real que el resto del mundo.

lunes, 7 de abril de 2008

Culpa y cruda

1. Con el blog me pasa lo que con el alcohol: cuando posteo me siento culpable; cuando no posteo también.

2. Escribí hace poco que las crudas forjan el carácter; también ponen a prueba algunas de nuestras convicciones más profundas. El sábado pasado me desperté a la una o dos de la tarde tras borrachera terrible; en mi casa no había comida ni chelas ni agua de limón... ni siquiera agua del garrafón. Así las cosas, me subí al coche, fui al Starbucks y me compré un cafesote frío con crema batida; después pasé al AutoMac por un MacTrio.

Cada día me reconozco menos.