lunes, 25 de febrero de 2008

No olvides las canciones que salvaron tu vida [1]

Estoy vivo, puesto que ahora escribo. Miro el periódico: febrero de 2008; la prueba irrefutable de vivo y el 2007 terminó. Puedo decir ahora que el Blood in the Tracks de Dylan me salvó la vida: sin él nunca hubiera resistido... La canción que más escuché ese año, que no está en el disco, pero que pertenece a esa época y que extrañamente no fue incluida, fue “Up to me”, mi favorita en estos momentos.

Oh, the Union Central is pullin' out and the orchids are in bloom,
I've only got me one good shirt left and it smells of stale perfume.
In fourteen months I've only smiled once and I didn't do it consciously,
Somebody's got to find your trail,
I guess it must be up to me.


Parecería que el Dylan del Blood in the Tracks ya se enamoró, se desenamoró y ahora volvería a creer en el amor, pero con cierto escepticismo e ironía: es un disco maduro. Las canciones están llenas de imágenes muy elocuentes y de historias que es posible visualizar

[They walked along by the old canal
A little confused, I remember well
And stopped into a strange hotel with a neon burning bright.
He felt the heat of the night hit him like a freight train
]

lejanas de la abstracción y la simpleza alegórica de sus primeras canciones.

When your rooster crows at the break of dawn
Look out your window and I'll be gone
You're the reason I'm travelling on
Don't think twice, it's all right


Una vez un domingo, uno de esos domingos terribles de cruda que forjan el carácter, escuché “You´re a big girl now”… todo el día. Puse repeat en el estéreo y la escuché una y otra vez tendido en la cama, preguntándome si sobreviviría, y la canción no me desesperó ni terminé odiándola, al contrario, fue una compañera leal y rifada y en adelante esa rola, como tantas otras, me ha acompañado en los buenos y los malos ratos. Escucho “Positively 4th street” cuando estoy ardido, “I want you” cuando prendido (empieza a sonar estos días), “Ballad of a Thin Man” cuando perdido existencialmente, “You Angel You” cuando enamorado y “You’re a big girl now” cuando parecería que tengo un corcho metido en el corazón; escuché “Like a Rolling Stone” cuando necesité sacudirme el miedo y tirarme por la ventana con los ojos cerrados con todo y ventana (y con ella termino toda buena borrachera). Hace poco, cuando renuncié a mi último trabajo –un trabajo que estaba acabando conmigo a lapsos de 5 horas y media de lunes a jueves– dejé la oficina, me subí al coche, tomé mis lentes oscuros estilo Godard-Dylan y puse el Highway 61 Revisited. “Like a Rolling Stone”, “Queen Jane Approximately”… todas esas rolas parecían encarnar a la libertad; no había intermediarios. Ese viaje por el Periférico a ninguna parte era la libertad y la vida era también ese trayecto y esa música: estaba ahí; al alcance de la mano. No como ningún proyecto o abstracción sino como algo inminente que te golpea de pronto de frente: un rayo de sol que llega a los ojos o el frío que paraliza el rostro cuando sales de la casa.


[1] El título del post viene de una rola de Morrisey que hace poco me recordó un blog (Habemus Mierda). Échenle un ojo a la entrada, vale la pena: http://habemusmierda.blogspot.com/2008/02/en-este-blog-he-hecho-algunas.html

martes, 19 de febrero de 2008

Regalos

La felicidad sólo puede ser un regalo de otra persona. En eso consiste su magia, en que no podemos esforzarnos en conseguirla como nos esforzaríamos en obtener el éxito en el trabajo o en la pista para correr. La amistad, el amor o la belleza son siempre regalos: gratuitos, a menudo inmerecidos, siempre hay en ellos algo de milagroso.

Sufro de tendencias melancólicas, me gusta quejarme y criticar la marcha del mundo, pero lo cierto es que la vida ha sido más dulce de lo que suelo reconocer. El amor fue dulce y milagroso mientras se renovó día tras día tras día: un regalo abrumador cada mañana. Se ha difuminado, pero un amigo me dijo que le hablara a él y no a ella en las madrugadas de borrachera y todo empieza a funcionar mejor… no puedo pedir mucho más, gracias. He tenido suerte con los amigos: a tantos de ellos los encontré –o reencontré– en el momento exacto y son, cada uno a sus muchas maneras, espectaculares. Las personas más chingonas que conozco son mis amigos. La mujer más deslumbrante que conozco era mi novia. Es demasiada suerte.

Mi mamá –vive en Los Cabos– vino este fin de semana de sorpresa. Otro regalo. Fuimos al cine, vimos Juno, la invité a cenar, y el domingo fuimos a correr; ya pasó los cincuenta, pero es una atleta y está tan hermosa como siempre. Este año nos ha ofrecido los cielos más límpidos que yo le recuerde a la ciudad. Las borracheras son tan buenas como siempre, o mejores… más desinhibidas, más rockanroleras. Después de tanto tiempo, la cerveza conserva su magia. Abrir una botella de vino es siempre una sorpresa. “Like a Rolling Stone” es mi canción preferida de la historia y en una semana veré a Dylan en concierto. Mi ipod no es el más nuevo pero sí el que tiene la mejor música.

Nada de esto me lo he ganado, a diferencia de otras cosas que sí me he ganado y que me satisfacen o enorgullecen. Pero son estas cosas las que más feliz me hacen.
Gracias.

La vida sencilla

En una entrada reciente me referí al indeseable éxito y a los genios secretos. Había en mis palabras un rechazo no demasiado meditado al significado actual del éxito -fama, dinero, etc.- y descubro ahora en ellas la idea romántica de que cada vida debe ser juzgado bajo sus propios términos, que cualquiera -en la medida en que es fiel a sí mismo, en la medida en que es auténtico y se expresa- es valioso a su manera.

Había en lo escrito entonces una incomidad o un rechazo a (entre otras cosas) la idea de competencia que imagino rige a nuestra modernidad; un elogio -romántico también- a una vida anterior, más simple, más acompañada y en armonía. Estas últimas ideas, intuiciones o quimeras las encuentro en un poema de Paz que me gusta mucho, "La vida sencilla". Transcribo las primeras líneas:

Llamar al pan el pan y que aparezca
sobre el mantel el pan de cada día;
darle al sudor lo suyo y darle al sueño
y al breve paraíso y al infierno
y al cuerpo y al minuto lo que piden;
reír como el mar ríe, el viento ríe,
sin que la risa suene a vidrios rotos;
beber y en la embriaguez asir la vida;
bailar el baile sin perder el paso;
tocar la mano de un desconocido
en un día de piedra y agonía
y que esa mano tenga la firmeza
que no tuvo la mano del amigo;

[...]

domingo, 17 de febrero de 2008

La sociedad civil se organiza

Un par de coordenadas. Vivo en una privada a dos cuadras de Insurgentes, en una calle tranquila entre esta avenida y la barranca de Fuentes Brotantes. La cuadra es clasemediera, mayoritariamente conformada por casas, condominios y un convento del que –corrían los rumores durante la campaña del 2006– despojarían a “las monjitas” si López Obrador ganaba. Al borde de la barranca hay algunos paracaidistas que ya son parte del paisaje; uno de ellos, Don Mario, es un personaje importante de la colonia que se aparece cada vez que hay algún problema: cualquier bronca o asunto pasa por él, conoce a todos los veladores, jardineros, autoridades de la Delegación, judiciales, etcétera. En mi calle se puede jugar futbol con pocas interrupciones, pasear a los perros con relativa seguridad, etcétera.

La clasemediera paz se ve amenazada por la llegada del Metrobús en ampliación. El sentido de la calle cambiará y probablemente muchos más coches la utilizaran, además de –horror– peceras o combis. La sociedad civil decide organizarse y no es para menos: a su calle le van a dar en la madre.

Fui en la mañana el Oxxo por algunas compras y a la vuelta me topé con una pequeña conglomeración afuera de mi privada. Un ciudadano oligofrénico presidía la reunión; explicaba los cambios de calle que habrá, lo injustos que éstos son, y proponía enfrentarse a las autoridades. Por momentos todo mundo gritaba. Todos insistían en defender sus derechos como ciudadanos. Una ciudadana exclamó: “Lo que tenemos que hacer es llamar a Televisa y Tv Azteca para que vean y divulguen lo que va a pasar.” Un ciudadano con pinta de abogado dijo: “Hay que conseguir un amparo; los cambios a la circulación violan el artículo 18 del reglamente de vialidad.” Muchos ciudadanos se alebrestaron: “Son unas ratas las autoridades: hay que bloquear la calle, sólo así van a entender.” Un ciudadano con facha de ingeniero explicó: “Lo más lógico sería que la calle de Galeana se volviera de doble sentido y que cambiaran el semáforo una cuadra de lugar.” Yo me divertía con la escena, al borde la carcajada. Si Putnam y Dahl vieran esto, pensaba, ¡cuánto capital social en una sola calle… lo contento que estaría Sergio Sarmiento ante el espectáculo de sociedad civil en acción! La escena entera era muy democrática. Se apelaba –como decía– a los derechos de los ciudadanos, no había golpes o mentadas, imperaba –pese a todo– cierto orden. No parecía un mercado aquello, al contrario; parecía civilizado y clasemediero.

Me resistí a participar, pese a que me gusta discutir. No creo que mi intervención les hubiera resultado simpática. “Mire señora –pensé en decir– está claro que una obra de esta magnitud tiene inconvenientes y habrá quienes pierdan algo: probablemente nuestra calle ya no sea tan tranquila, pero se trata en última instancia del bien común, así que no sea tan egoísta. Insurgentes será más rápido, existirá un transporte más eficiente y digno para la gente sin coche, etc. Se está quejando de que ya no podrá estacionar su coche en la calle, hágale un favor al aire de la ciudad y a su sedentario cuerpo y venda su coche; camine un poco más, tome el camión, verá que no le hace daño. A veces me parece que la gente que se opone a estas obras, uno, nunca se ha subido a un camión o, dos, maneja un pesero.” Pero me quedé callado. Después de un rato me aburrí y regresé a mi casa para ver el partido de los Pumas.

Un par de horas después salí en mi coche, cuando la reunión apenas se disolvía. Me encontré a un vecino que se la chutó enterita. “¿Cómo terminó todo?”, le pregunté. “Apúrate a salir –me contestó–, van a bloquear Insurgentes... pero nosotros no le entramos, no somos tan radicales.” La sociedad civil se organiza. En todas las colonias se cuecen habas.

jueves, 14 de febrero de 2008

Los hundidos y los salvados (o elogio a la modestia). 1.

En alguna de sus novelas acerca de la Shoah, decía Primo Levi que en los campos de concentración habían muerto primero los mejores: aquéllos que se rehusaron a robarle el pan o el zapato al vecino, o quienes, perdiendo sus últimas fuerzas, ayudaron al compañero necesitado. Nunca me convenció el argumento de que Auschwitz es la metáfora del mundo moderno, o el corolario de su razón instrumental, pero la idea de Levi es sugerente.

Me parece a veces que en este mundo no tienen éxito –poder, dinero, fama, etcétera– los mejores sino los peores: los más voraces, los menos escrupulosos, los más fríos o crueles, aquellos dispuestos a pisotear al primero que se cruce en su camino. No creo se trate solamente del mercado; debe ser algo más profundo. Y no pienso solamente en la gente que aparece en la televisión, tanto más famosa cuanto más ruin, o en políticos y empresarios desalmados, sino en artistas o pensadores que han vendido su arte e inteligencia al mejor postor.

Me gusta creer que en el mundo abundan genios que no quisieron sacrificar ese algo para triunfar; o más aún, que decidieron que para ellos el triunfo carecía de cualquier interés. Perdedores aparentes que veo en la calle y que tienen, sin embargo, un brillo extraño en los ojos, una luminosidad distinta. A ellos se refería Bukowski en un poema; a su magia oculta para el resto del mundo y que se revela en los rasgos más insospechados: la manera en que un vagabundo se sienta en un banco del parque, el movimiento de manos que hace al guardar la compra el empleado del supermercado, la mirada radiante de una mujer que atisbo fugazmente desde mi coche.

domingo, 10 de febrero de 2008

Un amigo

Espero no ser indiscreto. He venido relatando aquí asuntos más personales de lo que imaginé al abrir mi blog, pero ahora me referiré a alguien más, lo cual complica el asunto. Nos conocimos el primer año de la licenciatura en el Colegio de México, cuando teníamos peinados más extravagantes que los actuales (el mío se asemejaba al del portero Ochoa, del América, imagínense), menos sobrios, sin canas ni calvicies prematuras en el horizonte.

Ese año nos dedicamos a discutir, leer, escribir, beber, redescubrir el regalo de la amistad. Tuvimos suerte: la gente era especial… espectacular y las clases de aquel primer semestre –Escalante en primer lugar, pero también Meyer y Venier– como una droga: materia constante para la conversación y los debates en las interminables sobremesas en el comedor. Es difícil explicarlo: había una efervescencia extraña en el aire, creo que no volví a experimentar nada parecido.

Los años siguientes fueron menos buenos. El grupo cambió; se fue Cécile; las clases ya no eran lo mismo, las había buenas, pero nunca como esa alineación inicial… La amistad adquirió un carácter más pendular aunque nunca menguaba; el problema es que había menos tiempo para conversar y para casi todo, probablemente estábamos inmersos en nuestros propios problemas, novias, proyectos, viajes, etcétera. Pero era difícil que el cariño decreciera porque demasiado había ocurrido ya. Fue a él a quien enseñé por primera vez un texto mío, una novela ininteligible cuya escritura entonces acometía que leyó minuciosa y generosamente –subrayando y corrigiendo cada línea, elogiando inmerecidamente– y que discutimos largamente. No había para mí entonces mayor prueba de amistad y confianza que compartir aquello. Fue también él quien me introdujo al arte del blog, invitándome junto con otros amigos a participar en el ahora comatoso “a 7 con postre” que, sin embargo, tuvo su momento (ahí quedan las entradas y los debates: entre mis enlaces) y que me dio la idea para este blog.

Hace algo más de un año se casó. A ella no la conozco mucho, pero es muy guapa y encantadora y juntos transmiten armonía, algo como lo que yo querría para mí. Hace un par de semanas presentó su examen profesional; su tesis es brillante y confirma lo que siempre supimos: que es entre nosotros el más lúcido y el más voraz a la hora de pensar. Y finalmente –noticias maravillosas–, hace unos días se convirtió en papá de una niña que no conozco aún. A él tampoco lo he visto desde entonces, pero entretanto, y esperando verlo muy pronto, le mando un abrazo desde aquí.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Quién (o de como este país se va lentamente a la chingada). 2.

Muchos amigos estarán fuera de México este semestre; comprobando, como lo he dicho aquí tantas veces, que en todos lados se cuecen habas (especialmente en Nápoles). A todos ellos prometí informarles como sigue todo en el terruño. La tarea no sencilla. Impera una cacofonía absoluta, pese a la cual intuyo que el país continúa en picada:

El viernes pasado se organizó una marcha para protestar contra la entrada del capítulo agropecuario del TLC. “El campo grita”, rezaba el titular de La Jornada, poco interesada en preguntarse quién lo organizaba o empujaba a gritar con tal estridencia y unanimidad. Sergio Sarmiento, por su parte, afirmaba que la pobreza del campo no es culpa del TLC, sino más bien de lo contrario (subsidios, ejidos, etcétera, etcétera); escribía también (16/01/08) que “la reforma agraria fue una de las peores políticas que pudieron haberse aplicado en cualquier país.” Ruth Zavaleta, presidenta de la Cámara de Diputados, se reunió con el españolito Mouriño (así le dice Julio Hernández), nuevo Secretario de Gobernación quien, dijo el siempre prosaico López Obrador, “anda afanosito, agarrándole la pierna al que se deja, políticamente hablando.” La afirmación de Rayito de esperanza obedecía más a su insolencia, vulgaridad y mal tino que a su machismo (que sin duda existe): las palabras recordaban demasiado aquéllas de su fiel escudero, Gerardo Fernández Noroña (ahora en España, investigando si la madre de Mouriño es realmente española; en serio), quien dijo hace unos meses que la misma Zavaleta andaba “aflojando el cuerpo”, esto a propósito de su acercamiento con el arcángel Felipe (así le dice Julio Hernández, siempre ocurrente él). La presidenta de la Cámara respondió a AMLO que parecía un "buscapleitos de taberna", palabras que todos los políticamente correctos aplaudieron a rabiar. Sergio Sarmiento (nunca oportunista él) salió en defensa de Zavaleta: dijo que aunque su liberalismo (el de Sarmiento, liberalismo entonces en el sentido más predatorio de la palabra, añadiría yo) los aleja, él procura que los desacuerdos se diriman siempre en un marco de respeto. Chapoy dice que la cosa ahora sí está difícil; que no sabe quién es el más guapo entre el españolito y el “verdadero gober precioso” (así llama la Quién a Peña Nieto).

Mientras tanto, bajo tierra, el metro sigue avanzando, serpenteando y deteniéndose, hacia una noche que promete ser oscura. [1] Los pasajeros viajan apretujados en largos vagones, como reses dirigiéndose al matadero; en sus ojos no queda brillo alguno. Las mujeres van en vagones especiales (no vaya a ser que alguno de nosotros “ande afanosito”) que los policías protegen colocando una suerte de barricadas en los andenes iluminados por luces de pesadilla. Un ambulante vende discos con “lo mejor de la múuuusica cláaaasica: Beethoven, Vivaldi y Raul di Blaaasiiiio.”

Perdonen el pesimismo. Mal día.

[1] Yo pensaba en unas líneas de Lorca (“Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño. / Este es el mundo, amigo, agonía, agonía”), en el Voyage au bout de la nuit de Céline (“Lo peor es que te preguntas de dónde vas a sacar bastantes fuerzas la mañana siguiente para seguir haciendo lo que has hecho la víspera y desde hace ya tanto, de dónde vas a sacar fuerzas para ese trajinar absurdo, para esos mil proyectos que nunca salen bien, esos intentos por salir de la necesidad agobiante, intentos siempre abortados, y todo ello para acabar convenciéndote una vez más de que el destino es invencible, de que hay que volver a caer al pie de la muralla, todas las noches, con la angustia del día siguiente, cada vez más precario, más sórdido.”) y en la canción "Let down", de Radiohead.