sábado, 29 de noviembre de 2008

El pasado II

El actual tiempo de continuo desasosiego hace difícil creer que también existió aquel otro tiempo, caracterizado por una felicidad tranquila, falta de intensidad, pero también sin tormentas o nubarrones a la vista, un tiempo en que tú partías por las mañanas para trabajar y yo me quedaba en el apartamento para trabajar en mi tesis y también para realizar algunas labores domésticas: lavar los platos, preparar algo de comida para la semana, arroz o pastas, tender la cama. Desde la ventana del salón podía mirarte mientras te ibas, tu paso rápido pero no desprovisto de languidez, hasta que estabas demasiado lejos y ya no podía percatarme de que eras tú, aunque sabía bien que eras tú pues te había seguido con atención y detenimiento y, finalmente, amor, mientras esquivabas a transeúntes con las manos en la bolsa de la chamarra en las mañanas de invierno o en vestidos ligeros y coloridos en el verano, vestidos que era muy fácil quitarte cuando llegabas a la casa, o ni siquiera era necesario, bastaba con levantarlo un poco y tocarte los muslos y que después la mano subiera hacia el centro mismo del calor y la humedad.

Yo me quedaba en el apartamento. Una vez que habías desaparecido de mi vista volvía a la cama o preparaba algo de café; mientras éste se calentaba salía a la calle y compraba el periódico que tanto me gustaba leer mientras tú no estabas. Leía en completa calma las noticias del mundo que no se detenía en tu ausencia, aunque me sintiera en un paréntesis que se prolongaba sin que yo me preocupara demasiado. La lectura de la prensa me llevaba a un mundo diferente al nuestro, apenas había unas pocas ocasiones en que estos dos mundos se juntaban, vasos comunicantes entre nuestro mundo y el mundo, por ejemplo cuando se convocaban huelgas de transportes que te obligaban a salir más temprano de la casa o tomar un taxi. Aquellos acontecimientos nos recordaban que no estábamos enteramente solos y que nuestras vidas, que en apariencia se bastaban, eran parte de un engranaje secreto e invisible, no menos real y vasto que la ciudad misma. Era difícil pensar que nuestra felicidad podía pender de un hilo, que guerras que se libraban a miles de kilómetros podían desencadenar crisis o recesiones que terminarían por repercutir en la tranquila rutina que ordenaba mi vida y la hacía tan soportable: esperaba al periódico como te esperaba a ti por las tardes como esperaba terminar el libro que entonces leía como esperaba finalizar la tesis, aunque bien hubiera podido seguir así para siempre sin cambio alguno, mirándote todas las mañanas de mi vida por esa misma ventana... No esperaba muchas más cosas entonces y aún hoy no imagino felicidad mayor. Como decía antes, me había acostumbrado al ocio y a nuestro apartamento que tan bien se ajustaba nuestras necesidades y al que había aprendido a querer con humildad y gratitud...

10 comentarios:

Lilián dijo...

Guau, gran post. No tengo ninguna seguridad sobre su origen: verídico o ficción, o problablemente ambos, pero así y todo es hermosísimo.

Saludos, mi poético Emilio. Soy fan fan fan.

RaYueLa dijo...

E... el blog de nurieka me llevó al tuyo. Qué gran link, porque tuve un agradable encuentro con la belleza. Gracias!

Ur dijo...

Gracias por tu comentario en P de la O, escribir está entre las cosas que menos sé hacer pero me divierto mucho acomodando las palabras e inventando escenarios sin importar mucho lo que vaya saliendo, luego al leer todo según yo entiendo muchas cosas.
Este texto que pusiste me permite conocerte más o conocer al personaje que hay en Emilio.

Jolie: dijo...

el pasado te hace ser lo que eres
y eso que ya defe lo habia dicho pero hoy lo reafirmo

emilio escribe maravilloso
de la vista al pasado siempre es en mi recurrente muchos de esos pasajes nos marcaron y yo me he quedado con mi diestra tartamudeando al leer tu relato.

Pipe dijo...

Mi querido Emilio, tal vez este tipo de posts es el que más me gusta... son sencillos y tienen una sensibilidad que despierta, por lo menos en mi, otras reflexiones. Abrazo.

Defeña salerosa dijo...

Ay Emilio, siempre le atinas. La felicidad de esas cotidianeidades, rutinas, hábitos, no es comparable a ninguna otra, por más sorprendente y magnánima que pueda ser otro tipo de felicidad.

Hay algo en tu forma de escribir que llega...no sé, pipe lo definió mejor que yo.

Como siempre, un gustazo.

Xavier dijo...

Ni hablar, sólo queda esperar que la siguiente oportunidad sea mejor.

Saludos!

Pipe dijo...

Cómo a mi no me dio miedo saber que se leía la jornada en tu casa y que desde chiquito ya eras pejista?

ales dijo...

me encantó.

El Rufián Melancólico dijo...

Don Emilio, que mañana se aparece en el cova el Liar, por si quiere aparecerse a chelear con él y el resto, saludos.