lunes, 31 de diciembre de 2007

Time Passes Slowly

Ya ha pasado más de un año,
demasiados días alejado de quien más cerca querría tener siempre,
demasiado tiempo.
Uno se acostumbra a todo,
ahora las conversaciones son más civilizadas y tristes.
Encuentro a viejos amigos,
la capacidad de sorpresa sigue ahí,
las noches todavía son oceánicas,
y el tiempo de antes comienza a teñirse de una irrealidad brumosa:
a veces parece que todo fue un sueño
pues, como decía antes, más de un año ha pasado ya,
y ese tiempo seguirá acumulándose.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Hombre libre, siempre amarás el mar

Algo así escribió Baudelaire, en un tiempo en que puertos y barcos encarnaban la promesa del escape y de otra vida. Los tiempos han cambiado, desgraciadamente: las palabras permiten a cualquier lector avezado deducir que Baudelaire no vivió en México ni tampoco en este siglo o el pasado pues entonces hubiera escrito algo así como: “Hombre guevön, siempre amarás el mar”.

Estoy en la playa, después de algunos meses de ausencia. Terminé mi tesis hace unos días y, por primera vez, en mucho tiempo, disfruto de unas vacaciones que creo merecer. Carezco de planes espectaculares; el más singular de ellos es hacer un Lupe-Reyes al revés: no tomaré durante estos días, alguna copa de vino quizás, pero no más. Consagraré mi tiempo a dormir, correr en la playa y leer. Me traigo The Recognitions, de William Gaddis; Los detectives salvajes, de Bolaño; Los relámpagos de agosto, de Ibargüengoitia y un estudio del movimiento zapatista, La comunidad armada rebelde del EZLN, de Marco Estrada. Lo único bueno de trabajar es que el ocio adquiere un nuevo valor: se vuelve delicioso.

miércoles, 19 de diciembre de 2007


Los de la fotografía son el filósofo marxista André Gorz y su mujer, Dorina, at their finest hour. La mirada de él es escéptica e irónica, su rictus vagamente adolescente, aunque tal vez sea el efecto de la cara delgada: detrás del marxista se adivina a un hombre orgulloso y desencantado. A ella no podemos descifrarla tan fácilmente, sólo vemos un ángulo breve de su cara, una ceja delgada y una mirada orgullosa como la de él, confiada, casi insolente. Jóvenes y guapos, la fotografía los perpetúa en los años cuarenta, cuando venían de conocerse y miraban con aparente confianza a la Europa devastada por la guerra. Nunca se separaron ya: juntos transitaron por el aciago siglo XX, juntos se retiraron a una pequeña casa en las afueras de París en donde envejecieron y en donde juntos se quitaron la vida en septiembre de 2006. “Avisen al gendarme”: se leía en la nota que clavaron en la puerta. Él tenía 82 años y ella 83. “No queremos sobrevivir a la muerte del otro. Nos hemos dicho que si, imposiblemente, tuviéramos una segunda vida, querríamos vivirla juntos otra vez”, escribió él. El suyo fue un viaje hacia adentro: desde la vida arriesgada, las batallas políticas y los debates filosóficos del siglo (él fundó Les temps modernes junto con Sartre), hasta la casa silenciosa en el campo en donde imperaría la vida sencilla y el amor maduro aunque nunca menguante su fuego, al contrario, creciente siempre. No tuvieron hijos. Estaban solos y se querían egoístamente, no querían compartirse con nadie más ni repartir su amor tampoco. “Pronto tendrás 82 años, le escribe él en su último libro. Has empequeñecido seis centímetros y no pesas sino cuarenta y cinco kilos, pero estás tan bella, graciosa y deseable como siempre. Hace ya 58 años que vivimos juntos y te amo más que nunca. Tengo en el pecho un vacío devorador que sólo puede llenar el calor de tu cuerpo junto al mío.” El viaje hacia adentro, a donde el fuego no cesa.

martes, 18 de diciembre de 2007

Verbos aprendidos y aplicados este año

1. Facturar

2. Hacer currículum

3. Capturar (datos en una computadora)

4. Drunkdialling

5. Bloggear

(Exceptuando el número 4, Bukowski estaría muy avergonzado; a mi querida profesora de redacción, M. E. V., estoy seguro que los cinco le parecerán horribles)

jueves, 13 de diciembre de 2007

Vendedor, escritor, periodista, poeta, pintor, dramaturgo, cantante, locutor, santero y ratero

Leo en la prensa que con esas palabras llenó su ficha de entrada a la cárcel José Luis Calva Zepeda, el ‘caníbal’ de la Guerrero. El personaje acometía la escritura de una autobiografía, El caníbal poeta seductor. Leo también que su hermana no cree en su suicidio, ‘él no hubiera hecho algo como eso’, dice. Me pregunto si lo creería capaz de asesinar y comerse a varias de sus conquistas...

Recordaba todas estas lecturas de la prensa, amarilla y no tanto, esta mañana, cuando caminaba precisamente por la Colonia Guerrero, revestida de un aura distinta: misteriosa e insondable, como el personaje que se quitó la vida. Me pregunto si la esfinge escondería algún secreto.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Genios

Mi querida Moleskine, cuyas páginas suelen ocupar citas de mis escritores preferidos, curiosidades chilangas u horarios de películas, fue utilizada recientemente para anotaciones de otra naturaleza: política/burocrática/intelectual. Shame on me. Hace unos días asistí a mi primer desayuno/reunión/académica/política con un importante subsecretario y olvidé mi cuaderno, viéndome así obligado a tomar en ella notas acerca del plan Mérida o México, el crimen organizado, la realpolitik, en fin, cosas muy aburridas.

(La cosa, sin embargo, fue más interesante de lo que me hubiera imaginado. Tuve la oportunidad de ver cómo el Centro Histórico sale de su letargo nocturno: los comercios se abren, umbrales son barridos, cubetazos lanzados contra las banquetas; caminé –vestido con un traje que jamás uso– por sus calles semivacías, sintiéndome como Archibaldo de la Cruz, el dandy asesino del Ensayo de un crimen. La reunión tuvo lugar en el último piso del edificio de la SRE en Juárez, frente a Bellas Artes, así que gocé de una vista espectacular de la ciudad de la esperanza: en aparente silencio a causa de la altura, en falsa calma como una pecera gigante.)

Todo esto viene a cuento porque me di cuenta de que las reuniones políticas del mundo real no son tan distintas de las conversaciones de sobremesa que tenía con mis amigos de la Universidad, hace tan poco tiempo. Empezábamos con los grandes temas, el narcotráfico, por ejemplo. Divagábamos, teorizábamos. Concluíamos que los policías están corrompidos hasta el tuétano, que el problema es la demanda, la pobreza mexicana, la posmodernidad. En fin: que el problema es irresoluble. Pero tras el pesimismo solía venir un optimismo infundado y chafa. E inexorablemente algún genio daba con las tres acciones que resolverían el “problema” mexicano (ya habíamos dejado al narco atrás): 1) Reforzar las instituciones (combate a la corrupción, etc.) 2) Estado de Derecho (cumplir la ley, perseguir al crimen) 3) Devolver al Estado un rol de agente económico (que diriga una política nacional energética, educativa, etc.). Era ridículo; pero no muy distinto de que como nuestros funcionarios se las gastan. Sus estrategias son similares a las que enumeré: combate a la corrupción; cumplimiento de la ley; inteligencia, tecnología, integración entre distintas instancias… No cabe duda. Auténticos genios: como mis amigos y yo. Es posible decir de ellos lo mismo que Josep Pla acerca de los miembros del Ateneo, cuando los años de la República española (poblada de genios también):

“Se puede decir que el Ateneo lo tiene todo resulto: falta únicamente hacerlo.”

El problema de nuestro tiempo...

Le problème principal de notre temps [...] n'est ni le problème de l'Histoire, ni de l'Existence, ni de la Praxis, ni de la Structure, ni de l'Epistémologie, ni du Cogito, ni du Psychisme, ni aucun des problèmes qui ont envahi le champ de notre vision...

Le problème principal est: Plus c'est intelligent, plus c'est stupide.


-Gombrowicz

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Nina Simone; on love

Dos maneras opuestas de afrontar el amor, el desamor, y “el juego arriesgado y hermoso de la vida”. Cortesía de Nina Simone, la mejor cantante del universo.

Trouble in mind, I'm blue
But I won't be blue always,
'Cause the sun's gonna shine
In my backdoor some day.


Love me or leave me and let me be lonely,
You won’t believe me but I love you only,
I’d rather be lonely than happy with somebody else.

(“Trouble in mind” y “Love me or leave me”).

domingo, 2 de diciembre de 2007

Hugo Sánchez, Roberto Bolaño y yo

Ésta no es la segunda parte de mi cuento panbolero; lo que sigue ocurrió y tengo pruebas. Esta tarde, unas semanas después de escribir un cuento que lo tenía como protagonista, me encontré a Hugo Sánchez en un restaurant –se sentó en una mesa frente mí, a escasos metros– unos minutos antes de que comenzara el juego entre Santos y Pumas.

No acostumbro pedir autógrafos, pero carajo, estamos hablando de Hugo Sánchez: una persona que, a pesar de haber odiado estos últimos meses, me ha acompañado a lo largo de toda mi vida. Tantos anuncios patéticos de Colgate; los juegos del Madrid que veía en casa de mi abuela cuando era niño; sus grandes nalgas con un puma estampado en el pantalón cuando dirigía a los pumas (‘¡que nalgón está!’, exclamó mi tía en cuanto lo vio); Hugo calentando la banca en el Mundial de 1994, en el partido contra Bulgaria al que nunca entraría; el reciente bicampeonato y sus críticas a La Volpe; tantas y tantas maromas, chilenas y acrobacias…

Empecé a ponerme nervioso. Quería saludarlo, pero no quería molestarlo –no lo acompañaban su familia o esposa, ¡desafortunadamente!, sino con un grupo que parecía pertenecer al gremio del fútbol– y, como decía, no suelo pedir autógrafos. Además, soy tímido y un poco pedante a veces: pedir un autógrafo me parecía un gesto de pésimo gusto. En ese momento se me prendió el foco. Antes de llegar al restaurant había comprado un libro en el FCE, Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. No lo pensé dos veces, decidí que Hugo tenía que firmar mi libro: el detalle me parecía kitch e iconoclasta, algo naco tal vez, pero definitivamente tenía gracia. (Lamenté no haber tenido otro libro conmigo, los Ensayos de Montaigne por ejemplo. Visualicen las que quizás son las páginas más sabias jamás escritas precedidas por unas palabras del pentamamón, diría el Pardo). Respiré hondo, me puse de pie, caminé firme hacia la mesa de Hugo.

Prefiero ahorrarles la vergüenza de nuestro breve diálogo. Les dejo en cambio una pequeña joya: las palabras en letra trémula que Hugo escribió en mi libro:

"Para mi amigo Emilio con respeto y estimación. Hugo Sánchez M. Dic/07. ¡Suerte en tu vida!"

Confieso mi perplejidad y desasosiego. ¿Qué chingados quiso decir Hugol con ese “¡Suerte en tu vida!”? ¿De a tiro me vio tan jodido el pentamamón que se sintió obligado a desearme suerte, o solamente estaba siendo amable? Poco importa. Voy a leer Los detectives salvajes con una sonrisa entre los labios. Existen vasos comunicantes secretos y misteriosos entre Roberto Bolaño, Hugo Sánchez y yo. Y quién sabe: ¡tal vez tendré suerte en mi vida!