jueves, 29 de noviembre de 2007

Mi abuelo

No conocí a mi abuelo; falleció cuando mi padre tenía 13 ó 14 años, así que él apenas lo hizo.

Imagino que era un poco neurótico, todos sus hijos lo son o lo fueron, tanto más neuróticos cuanto mayores son, es decir, cuanto más tiempo lo conocieron y vivieron con él. En las pocas fotografías que conozco suyas se adivina a un dandy. Ahora mismo estoy viendo una, tendría entonces unos cuarenta años: recargado en su Volkswagen, con un brazo apoyado en la ventana abierta, un poco encorvado a causa de la altura del coche y la artificialidad de la posición; tiene puesto un saco claro y pantalones oscuros impecables, sus lentes empañan levemente sus ojos, pero en su mirada –así como en su corbata, atada con cierto capricho, y en su mano izquierda en el bolsillo del pantalón– se esconde sin éxito cierta insolencia.

Trabajaba para un banco, apasionado de los coches –en la foto es su auto el que ocupa el primer plano– y la mecánica en general, era además un fotógrafo magnífico, y la mesa que compartía con sus amigos en el Sanborns Madero de los años cincuenta era siempre la más concurrida y aquélla en donde se podían escuchar las mejores conversaciones. Esto último me lo contó mi padre, quien no habla demasiado de él, aunque sí me relató una anécdota que me impulsó a redactar estas líneas. La comparto con un ánimo didáctico y generoso, a la espera de que le sirva a algún lector del blog:

Un día mi abuelo entró en una discusión con algún pendejo; una discusión encendida, que amenazaba con terminar a golpes. Llegó un momento en que le espetaron las inevitables palabras –‘Yo no hablo con pendejos’– a lo que mi abuelo respondió: ‘Yo sí...’

Estoy esperando con asia a que alguien me insulté con esas palabras mágicas que me permitirán responder como mi abuelo lo hizo. Voy a tener preparada la defensa contra el golpe que probablemente intentaran darme, así como el gancho de contraataque que espero no falle.

domingo, 25 de noviembre de 2007

¿Cuál es tu tipo?

Me preguntan frecuentemente, siempre mujeres: mis tías, amigas... también alguna candidata a ser mi "tipo". La pregunta siempre me ha parecido algo absurda, de imposible respuesta; afortunadamente Woody Allen, como tantas otras veces, tiene la respuesta:

"I like long-haired blonds-Brigitte Bardot, Julie Christie. Kind of animal-looking. I like big breasts on a girl, and a big... behind, or at least reasonably prominent. I like her to be just a little heavier than what you might call perfect. Big eyes. Big lips. You can describe an ideal girl, and then walk out of your house and there on th street is just the opposite, a girl in a short haircut and pants, and flat-chested, but she is fantastic. She is devastatingly beautiful and you marry her."

domingo, 18 de noviembre de 2007

Help The Aged

Leo en estos días el diario de Salvador Novo, el volumen consagrado al reinado de Manuel Ávila Camacho. Si alguien ha seguido distraídamente este blog, habrá notado que las miserias del trabajo son uno de sus temas recurrentes: muchos meses de jacté de ser un diletante y ahora disfruto quejándome de mi empleo como funcionario público un par de veces por semana (el empleo, no las quejas: un despropósito, como Memo me decía). El tema del trabajo guarda relación con el de la edad, el paso del tiempo, amigos cercanos que se casan y tienen hijos, lo efímero de la juventud… preocupaciones más que normales para una persona en sus veintes. En fin. He encontrado en Salvador Novo (o en Nalgador Sovo, como imagino lo llamarían en plan de desmadre sus más íntimos y cachondos amigos) a un excelente traductor de algunas de mis inquietudes recientes. Hay en él ciertas sentencias brillantísimas y tristes, frívolas, sabias e irónicas como debe ser, que recuerdan al mejor Wilde. Un par de ellas.

En la entrada del 3 de diciembre de 1943, Novo recuerda a Villaurrutia y la larga amistad entre ellos. “Ya para entonces –el viaje de XV a Yale– mi practicismo económico nos había distanciado sin distanciarnos. Yo ganaba dinero, y él prefería ganar satisfacción. El resultado es que yo he envejecido, y él no.”

El 21 de diciembre del mismo año, Novo lamenta que José Luis Martínez (y los jóvenes en general) se ensañe con la generación que le precede (la generación de Novo, entonces próximo a cumplir la cuarentena), trazando una frontera con ella, vanagloriándose de su juventud. “En general –escribe– podría diagnosticarse, en los jóvenes que decretan la vejez de los otros, y la denuncian, una curiosa especie de resentimiento, injustificado, si se toma en cuenta que ya les llegará su turno de cumplir cuarenta años.[1] Sería más lógico que uno que está cerca de cumplirlos tuviera envidia o resentimiento con los que están más lejos de esa edad. Pero yo no la siento. No sé si me explico cuando confieso que sólo siento envidia de una particular juventud, una envidia amarga e inexorable, porque no se refiere a la de J.L.M., por ejemplo, ni a la de ningún otro joven; sino a la mía propia.”[2]



[1]Cfr. Jarvis Cocker (Pulp). “Help the aged/ one day they’ll be just like you/ drinking, smoking, sex and sniffing glue
[2]Sobra decirlo. La cita va dirigida a Sandro.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Se es feliz junto a las personas que hacen sentir la indudable presencia del mundo...

"Se es feliz junto a las personas que hacen sentir la indudable presencia del mundo..." Las palabras de Magris que cité en la última entrada se me quedaron en la cabeza y me animaron a escribir unas líneas, seguramente las de carácter más romántico aquí escritas, las únicas en realidad. La próxima entrada deberá ser más irreverente entonces -alguna lista boba, por ejemplo- para conservar el equilibrio y no perder el buen humor y ánimo de desmadre:

Me gusta mirarte y hablarte cuando estás recostada en la cama, con los ojos cerrados pero despierta todavía, no soñando todavía y, por consiguiente, todavía conmigo; aún alerta y divertida, imaginando qué será del mundo que durante algunos segundos abandonas, negándote a abrir esos ojos que me han mirado tantas veces con tantas miradas distintas pero parecidas en algo, con detenimiento siempre. Me gusta mirarte entonces, cuando me preguntas qué ocurre en nuestra recámara en donde tan poco ocurre afortunadamente –la ventana ve a una calle y a un parque en donde nunca pasa nada; la casa sola para nosotros, iluminada y clara– y yo respondo y te digo lo que veo –una foto en el librero, hojas que acaban de caer en el parque y hojas que en este momento descienden anárquicas, el gato que atraviesa deslizándose el umbral de la puerta– y entonces y todo esto tú lo imaginas y yo me convierto así durante algunos minutos en quien traduce para ti el mundo o en tu ventana hacia él: un mundo efímero, breve y claro, no mucho más complejo ni amenazante que la habitación en donde estamos.

Miro ahora tu cuerpo tendido, generoso y cansado. Te digo qué parte de él veo y te explico el enredado y mágico viaje que hay entre él y tú. Tú estás despierta, pero tus ojos están cerrados. Tu cuerpo descansa y soy yo quien vigila y te explica qué ocurre en el mundo que esta tarde compartimos y nos es común, puesto que soy yo quien por los dos lo observa cuidadosamente, quien por los dos escudriña a la gente en la calle intentando descifrarla, adivinando sus itinerarios, esperas y afectos. Pero por otra parte tu cuerpo yace en la cama, casi se vuelve un objeto que respira y que, aunque a merced mía, es dolorosamente ajeno, que suda y se mueve al compás de sus propias leyes, de tu respiración tranquila y tu pulso. Un cuerpo que aunque conocido es extraño ahora, cuya piel parece espesa e indescifrable, cuya sangre se percibe, pero muy lejana e insondable, y cuyos órganos más hondos y secretos se adivinan, células y músculos que trabajan incesantemente, millones de partículas elementales que palpitan.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Remedio contra el vértigo

No es necesaria la fe en Dios, basta la fe en las cosas creadas, que permite moverse entre los objetos persuadido de su existencia, convencido de la irrefutable realidad de la silla, del paraguas, del cigarrillo, de la amistad. Quien duda de sí mismo está perdido, al igual que quien, temiendo no conseguir hacer el amor, no lo consigue. Se es feliz junto a las personas que hacen sentir la indudable presencia del mundo, así como un cuerpo amado proporciona la certidumbre de esos hombros, de ese seno, de esa curva de las caderas y de su onda que sostiene como un mar.


Claudio Magris, El Danubio