sábado, 27 de octubre de 2007

¿Cuánto es?

Las tablitas que informan en la ventanilla del metro los precios del servicio son cosa curiosa. Dos pesos cuesta cada boleto y no hay un precio especial para la compra al mayoreo. Dos boletos costarían entonces cuatro pesos; cinco, diez pesos; veinte, cuarenta; cuarenta, ochenta… y así sucesivamente para cualquier cantidad. La operación es compleja, pero no tanto: basta con multiplicar el número de boletos por dos, el precio. Lo curioso es que al comprador no se le advierte del precio de cada boleto para que después él o ella se hagan bolas, sino que se le señala el precio correspondiente al número de boletos que desean comprar. Así:

1 – 2
2 – 4
3 – 6
4 – 8
5 – 10. . .
26 – 52, por ejemplo. . .
27 – 54. . .
y sigue la cosa,
47 – 94
48 – 96
49 – 98
50 – 100

Yo no sé porque se empeñan en señalar todos los precios hasta el 100. Será porque somos muy desconfiados y esa tablita idiota nos sirve de defensa frente a un hipotético estafador. Me imagino el diálogo: ‘Son sesenta pesos señorita’, ‘No, no señor, ahí dice bien clarito que de veinticinco boletos son boletos son cincuenta pesos, dice ahí.’ O tal vez somos muy burros, una sociedad mala para los números, tan mala que ni la mendiga tabla del dos nos aprendimos. No lo sé, especulo simplemente.

Pero lo que me interesa todavía más es por qué demonios se detuvieron ahí, en los cincuenta boletos por 100 pesos. ¿Por qué no continuaron hasta los 200, 500, 10,000 u 80,000 boletos? ¿A qué obedece la brusca detención? ¿Por qué no tapizaron las paredes de la estación con más y más números? Imagino que al autor intelectual de la payasada le habrá dolido interrumpirse ante números tan insignificantes. No puede uno sino preguntarse lo mismo que Oliveira y Traveler se preguntaban enternecidos cuando la descripción meticulosa de la cartesiana, delirante y total taxonomía de Ceferino Piriz se finalizaba en forma arbitraria, brutal e intempestiva:[1] ¿Por qué contenerse ahora? ¿Por qué no seguir y seguir y seguir…?



[1]Esas páginas que Cortázar dedica en Rayuela al bueno de Ceferino son, a mi juicio, las mejores del libro. Un ejemplo: "Los jornales obreros en el mundo. De acuerdo con la Sociedad de Naciones será o a de ser que si por ejemplo un obrero francés, un herrero pongamos por caso, gana un jornal diario y basado entre una base mínima de $ 8,00 y una base máxima de $10,00, entonces ha ser que un herrero italiano también ha de ganar igual, entre $8,00 y $10,00 por jornada; más: si un herrero italiano gana lo mismo dicho, entre $8,00 y $10,00 por jornada, entonces un herrero español también ha de ganar entre $8,00 y $10,00 por jornada; más: si un herrero español gana entre $8,00 y $10,00 por jornada, entonces un herrero ruso también ha de ganar entre $8,00 y $10,00 por jornada; más: si un herrero ruso gana entre $8,00 y $10,00 por jornada, entonces un herrero norteamericano también debe ganar entre $8,00 y $10,00 por jornada; etc."

martes, 23 de octubre de 2007

Elogio al D.F.

Escribía hace poco en el nocturno e invernal blog de Sara que París es mi ciudad favorita, y que espero regresar a vivir a ella algún día. Muchas veces me he sentido como un extraño en el D.F., pero lo cierto es que es una ciudad deslumbrante y hay muchas cosas que me gustan de ella. Es cierto en que en París hay más cines con mejore películas, más librerías con mejores y más baratos libros, más musas, un río muy hermoso, nieve, Londres a tres horas, calles diseñadas para flaneurs, departamentos plus charmantes, etc., etc., etc. Pero cuando me vaya en definitiva de aquí habrá varias pequeñas cosas que extrañaré (y no los tacos, que tanto daño habrán hecho a mis arterias).

Una pequeña lista:

-Me gusta escuchar por las mañanas, ya lo decía, la Hora Beatle. Mi momento favorito son las canciones en versión karaoke y especialmente el final inigualable: ‘…y recuerda que la beatlemanía es UNIVERSAL’. No hay slogan más afortunado.
-Aunque no es chilanga sino mexicana, de origen soviético en realidad, e imagino pertinente para buena parte del mundo, me gusta la frase: ‘Haces como que trabajas y hago como que te pago’… especialmente la primera parte.
-Me gusta que cada estación de metro tenga sus íconos (lo mismo para el Metrobus).
-Me gusta el segundo piso del periférico. No solamente por la apariencia posmoderna que le otorga a la ciudad, sino porque cuando fluye –siempre– y me subo a él al anochecer, mi cabeza se despeja, la ciudad entera parece en llamas –o azotada por descargas eléctricas–, es posible ver los techos de las casas y siento que mi coche (una carcacha para la mayoría de la gente) y yo somos capaces de volar, despegando de esa pista enorme que es el segundo piso.
-Cursi (imagino que Lupita Loaeza habrá escrito algo al respecto). Me gustan las jacarandas, especialmente vistas desde un avión. El D.F. está atravesado por miles de calles espantosas, pero cuando están tapizadas por hojas violetas todas parecen muy bellas.
-El autoMac. No comment.
-Cursi. Los volcanes y los límpidos cielos de enero que permiten verlos. Creo que enero es el mes que más me gusta en esta ciudad.
-Los espectaculares de la revista H en la esquina de Picacho y Periférico. No comment.
-Toda ciudad que se respete tiene que tener su canción. París tiene muchas, Sinatra le cantó a NY, The Clash a Londres, pero creo que la mejor de todas es: “Ya chole chango chilango, que chafa chamba te chutas…”
-Las caguamas. Existen en otros países, ya lo sé, y más baratas y con mejor cerveza. Pero la palabra me gusta y tengo muchos recuerdos asociados a ellas. El sonido que hacen los cascos vacíos en la cajuela del coche, por ejemplo.
-Saber que en cualquier momento puedo encontrarte.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Zabriskie Point

Hace par de semanas vi en el cine Zabriskie Point, de Antonioni. Esperaba mucho de ella (tan solo la mitad del deslumbramiento que Blow Up o Profession Reporter me provocaron hubiera sido tanto ya), pero me decepcionó un poco: la crítica a la sociedad de consumo americana de los sesenta envejeció mal (era como leer un libro de Marcuse o las cosas más de gueva de Godard) y la orgía en el desierto con música de Pink Floyd me hizo pensar que Antonioni había estado comiendo peyote, leyendo a Carlos Fuentes, escuchando a Santana. Por otra parte, la libertad radical que -un poco a tientas y tumbos- los personajes persiguen y el desierto vastísimo me recordaron todo aquello que tanto me gusta de Profession Reporter. Pero no quiero comentar la película sino una sola escena:

El protagonista está en medio del desierto volando una avioneta que acaba de robarse en plena huida de la policía de Los Angeles. La protagonista conduce un coche viejo, una verdadera lancha, por una carretera del mismo desierto californiano y se dirige a Phoenix o algo peor. Él la ve, o ve al coche más bien: no puede saber que conduce una mujer hermosísima, boca grande, ojos grandes; vista desde cielo no es sino un insecto que avanza lentamente en un desierto que ya perdió toda proporción. Entonces él decide divertirse un poco: desciende como si fuera a aterrizar en la carretera, amaga con embestir al coche por detrás y súbitamente asciende; repite la maniobra, pero ahora amenaza con embestirlo por delante, siempre elevándose en el último momento. Es como si las dos máquinas se cortejasen como dos animales un poco bestias o torpes. Después de un rato más ella, menos austada que sorprendida, se orilla y sale del coche para ver las maniobras aéreas. Él le arroja una manta roja que primero vuela por el cielo y que después parece descender vertiginosamente. Unos kilómetros más adelante se encuentran en una especie de rancho abandonado. La avioneta tuvo que aterrizar por falta de gas y ella le da un aventón a la próxima gasolinera. Sigue un romance efímero y mágico en el desierto.

Este encuentro es uno de los más improbables y asombrosos que nunca vi. Si algo así puede ocurrir, aunque sea en el cine, creo que todos, absolutamente todos, podemos tenemos alguna esperanza.

martes, 9 de octubre de 2007

Irse de este mundo (con una corbata)

Escribí antes, acerca de la obligación de ir de corbata al trabajo, que lo único bueno que se podía hacer con ella era utilizarla para irse de este mundo. Si bien el destino resulta más bien digno para la corbata, no lo es tanto para el suicida ni para el suicidio en general, que quedan algo banalizados y pierden el aura sublime que Lautréamont les otorgaba. Pienso en unas líneas de Les Chants de Maldoror que transcribo y traduzco de memoria (creo que se llevaron mi libro cuando robaron mi casa):

"... una figura más que humana, triste como el universo y hermosa como el suicidio."

lunes, 1 de octubre de 2007

Servicio de Administración Tributaria

Me di de alta en Haciendo hoy. Nada va a ser ya igual después de haber perdido la virginidad fiscal, nunca ya ninguna acción gratuita e intempestiva o compra desaforada. Adiós Henry Miller; adiós Bukowski; adiós Chet Baker. Tendré que andar por la vida con mi RFC enmicado en la cartera, como un vendedor de seguros (ya tengo el portafolio), citándome con mi contador dos o tres veces al año en algún VIPS. Todo lo que rodea al trabajo, en definitiva, me parece de muy mal gusto. Yo siempre quise ser un flaneur o un curioso y ninguna de las dos cosas encaja bien con andar pidiendo facturas. Tampoco podré ya ir por la vida citando a Chinaski cuando fue a pedir un empleo. Cuando la entrevistadora le reprochó su nulo currículum (a sus cuarenta años había tenido uno o dos trabajos y lo habían despedido de ambos por alcohólico), –‘pero usted prácticamente NUNCA ha trabajado en su vida’– le dijo, Chinaski le respondió con aplomo –‘cualquier idiota puede vivir con un trabajo, pero para vivir sin nunca haber trabajo hay que ser todo un hombre’.
Vi a una mujer en su coche desde el Metrobus. Prematuramente envejecida, –toda esperanza y anhelo difuminados– fumaba; en cada interminable inhalación parecía que su rostro se encogía y arrugaba. Las cenizas del cigarro, sacudidas para que cayeran en la calle, se fueron volando hacia arriba, como un polvo gris anárquico.