domingo, 7 de agosto de 2016

shit… 5 years

sábado, 13 de agosto de 2011

Creo que no había aterrizado en el D.F. hasta que me tomé un café en La Selva, a una semana de mi llegada, en el centro de Tlalpan. Este café agradaría a Claudio Magris, quien en Microcosmos hizo un elogio de los cafés heterogéneos, en donde se ve reflejada la diversidad del mundo. Estudiantes de preparatoria, solitarios, parejas, pensionistas, empleados con pinta de burócratas de la delegación, viejas chismosas y viejos que encuentran en el futbol la única gramática que aún les permite conversar se dan cita en este lugar en donde tanto tiempo delicioso he disfrutado. Aquí venía casi todas las noches a platicar con mi amigo Carlos cuando estábamos en la universidad y aquí escribí buena parte de mi tesis de licenciatura, buscando inspiración entre la gente. Reconozco a pocos meseros y comensales, pero quedan algunos viejos conocidos que no parecen sorprendidos por mi presencia aquí después de un año. ‘Nos alegra verte, parecen decirme, pero la vida sigue y tu presencia en este lugar no es tan importante, no eres sino uno más entre muchos que aquí vienen.’ Y aunque la ciudad cambia incesantemente (como en ‘El cisne’ de Baudelaire: ‘palais neufs, échafaudages, blocs,vieux faubourgs, tout pour moi devient allégorie…’) esta esquina para mí tan entrañable no lo hace. Es un alivio.

domingo, 24 de julio de 2011

los días interminables del verano

Al atardecer llegamos al lago, que exhalaba una bruma fantasmal, omnipresente a su orilla, pero que tan solo se adentraba una o dos calles al interior de la ciudad. El sol estaba empañado, atenuado su fulgor por la bruma y la humedad, que también difuminaban las siluetas de los edificios frente al lago. Nadamos hasta la primera boya. Desde ella, la playa perdía sus contornos y los árboles no eran sino formas grumosas como nubes. Al llegar a la segunda boya casi todo el paisaje se extinguía: la ciudad transformada en una serie de formas apenas distinguibles, incapaces de ser nombradas. Tan solo unos metros más lejos y estaríamos perdidos en la niebla, en cuyo interior no existen coordenadas. Las luces de la ciudad y las estrellas estaban apagadas, y los sonidos de Chicago –los coches que circulan a toda velocidad por Lake Shore Drive– no eran sino un vago rumor. Chris es un mejor nadador que yo así que la distancia entre los dos creció. Aquella tarde fue muy distinta de otras tardes y de las mañanas en que hemos realizado el mismo recorrido. En éstas la luz del sol suele atravesar la superficie del agua, creando juegos de espejos y un velo luminoso bajo el agua turbia del lago. La luz del sol ilumina la reconocible silueta de la ciudad –los edificios masivos del South Side en primer plano y, a lo lejos, el skyline de Chicago como una postal: ese reconocible paisaje que es posible asir para no perderse en el lago. Ahora, en cambio, al llegar a la segunda boya estamos perdidos. Emprendemos entonces el largo camino de vuelta. Lentamente la orilla del lago recupera su contorno. A ratos nado mirando el cielo que promete abrirse: al azul empieza a vislumbrarse. Mientras nos acercamos a la playa aparecen cabezas que sobresalen del agua: niños y viejos que disfrutan de la niebla.

Unos días antes realicé el mismo recorrido, por la mañana, con mi amigo José Juan. Al llegar a la segunda boya nos quedamos flotando y hablamos: acerca de R., el verano y nuestra amistad. Pero no hablamos mucho. Emprendimos el camino de vuelta.

Al llegar a la segunda boya nos quedamos flotando, a la deriva en el agua fría, dos cabezas moviéndose al compás de la marea, y conversamos así, a flote y a la deriva, escuchando a lo lejos los murmullos de Chicago. Le hablé de R. y su intento por encontrarse conmigo. ‘Tienes tres opciones,’ me dijo. ‘Primero, no verla en un café como ella te pide sino a las diez de la noche, en tu casa, ofrecerle una copa de vino, y después darle el mejor sexo oral de su vida. Esa es la opción Don de Lillo o Philip Roth. La segunda posibilidad está dictada por el sentido común: No verla. Esta es la opción de Thomas Paine: common sense, my friend. Solamente existen estas dos opciones aunque tú contemplas una tercera que, en realidad no existe, que es tomarte un café con ella como te lo pide. Esta opción, que no es realmente una opción, es la opción Madre Teresa de Calcuta.’ Las tres posibilidades me hacen morir de risa y tragar agua, y mis quebrantos me parecen banales y trillados formulados en el agua que refracta y expande los rayos de sol que la atraviesan. Emprendemos el camino de vuelta a la orilla, en donde los polacos, croatas y yugoeslavos toman el sol y leen el periódico. Reconocemos a nuestros viejos conocidos: el viejo que nos recuerda al escritor Sebald y su compañero, quien parece estar trabajando siempre con pedazos de madera o de hierro que encuentra en su camino. Sebald nos pregunta si el agua está fría y le respondemos que no, que está perfecta, que la temperatura no podría ser mejor. ‘Llevo viviendo aquí cuarenta años’ nos responde Sebald, y en seguida nos dicta una cátedra acerca de las corrientes del lago y las corrientes del aire, la humedad y las tormentas eléctricas, temas que Sebald domina tras décadas en Chicago. Después caminamos a Z&H y tomamos lo mismo de siempre, un expreso y un croissant, efímeros placeres parisinos que vuelven la reclusión en el salvaje Midwest más amable. Todo Hyde Park pasa frente a la barra de Z&H, y nadie está a salvo de nuestra burla o de nuestra admiración, de nuestra agudeza o nuestro ingenio o nuestra tontería. Pasamos a Powell’s después, nuestra librería de viejo preferida y en donde nos perdemos por dos o tres horas en las secciones de poesía y crítica literaria e historia y arquitectura y diseño. Por la ventana de la librería pasa Sebald, en su bicicleta, tras su visita diaria al lago. No compramos nada pues solamente estamos de paseo, buscando inspiración en las solapas de los libros (en los rostros tan parecidos de Samuel Beckett y John Berger, y en la fealdad de Philip Larkin) y en los rostros –nuevos y familiares– que nos ofrece, pródigo, el verano: especímenes maravillosos del homo sapiens, bronceados por el verano y resplandecientes a causa del sudor, miradas profundas y perturbadoras, y piernas y cuellos, tantas promesas en los interminables días del verano.

martes, 12 de julio de 2011

Primer verano en Chicago. Los chapuzones en el lago y las largas carreras al atardecer. Las mañanas estáticas y pegajosas. El sopor. El café por la mañana y las cervezas por las tardes interminables. Las miradas en el El train, llenas de lascivia y juego. Las tormentas eléctricas, precedidas por una humedad más tangible que los árboles y sus hojas. Las lecturas del verano: The Adventures of Augie March, Pierre Bourdieu, John Berger, Juan Goytisolo, de Lillo y Proust. También leo el diario de Gide, cuya entrada del 24 de agosto de 1905 refleja mis pensamientos de los últimos meses:

"Nothing is consistent, nothing is fixed or certain, in my life. By turns I resemble and differ; there is no living creature so foreign to me that I cannot be sure of approaching. I do not yet know, at the age of thirty-six, whether I am miserly or prodigal, temperate or greedy... or rather, being suddenly carried away from one to the other extreme, in this very balancing I feel that my fate is being carried out. Why should I attempt to form, by artificially imitating myself, the artificial unity of my life? Only in movement can I find my equilibrium (mis cursivas).”

R. se fue hace algunas semanas. Ya no añoro su andar lánguido, sus ojos lánguidos, su cuerpo tan breve y su largo cabello. ¡Cuán rápido se convirtió el rencor en perplejidad! Pienso que nunca me lastimó hasta que lo hizo, y si no lo hubiese hecho yo la habría lastimado, tarde o temprano. Augie March tiene el mismo efecto estimulante de siempre; me permite mirar mi vida en clave cómica y me recuerda mis ansias de exploración: personas, geografías, mujeres, paisajes, habitus bourdianos, ciudades. La novela de Bellow y el sopor del verano me ponen pensar en la virtud que hay en la ausencia de certezas, en la ligereza, la inconsistencia y la contradicción.

jueves, 3 de febrero de 2011

Notas sueltas

Estas últimas semanas comencé varias entradas que dejé incompletas. Fueron escritas durante diciembre y enero y las subo ahora esperando que los fragmentos tengan algún sentido, para mí al menos. Han cambiado tantas cosas, pero todavía es invierno.

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Ayer por la madrugada salí de una fiesta y me encontré con la ciudad entera nevada; nevaba en la madrugada mientras caminaba a mi departamento y nevaba esta mañana. Las ramas de los árboles frente a mi ventana están cubiertas de nieve.

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Quizás este sentimiento obedece a una pequeña decepción que acabo de sufrir. Quizás es la melancolía del invierno que me envuelve irremediablemente, o el diario e irrefutable absurdo del café y el supermercado y la piscina y la barra del bar. O quizás estoy algo triste, leyendo todavía a Baudelaire, incapaz de resistir el indulgente orientalismo de su “Invitación al viaje.” Probablemente sean todas estas causas y otras que me resisto a confesar aquí, pero, por primera vez desde que llegué a Chicago hace más de un año, me dan ganas de abandonar esta nocturna y helada ciudad y viajar, lanzarme al mundo. Esta mañana pienso en Tánger, en Brasil, en la luz y el mar, en la huida hacia adelante siempre…

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No he salido de mi departamento en todo la mañana y toda la mañana han sonado las sonatas para piano de Mozart interpretadas por Frederich Gulda que me regaló mi cuñado. La ciudad despertó gris y su condición no ha cambiado. La intermitente lluvia ha ensuciado la inmaculada nieve de hace unos días, que ahora no es sino un desastre de lodo y granizo. Decidí abandonar durante un par de días mis deprimentes lecturas escolares y ahora me pierdo en los envolventes camino de Austerlitz, la envolvente lectura de W. G. Sebald. Lentamente los encuentros entre Sebald y Austerlitz me alejan del presente en Chicago y son París, Praga y Bruselas las ciudades que me atrapan (y, como, siempre, vuelve la nostalgia por París). Y de improviso, en medio de estos lugares de larga historia, aparece nombrada Omaha, Nebraska, la ciudad perdida en el Medio Oeste americano de donde es originaria mi ex-novia. Es extraño que entre todas las conexiones de este singular universo fuese Omaha la que me estremeciera ahora y me hiciera subrayar las palabras, Omaha, Nebraska, con una sonrisa y algo de nostalgia todavía.

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Ya me quiero ir, pero ya quiero volver. Esta enfermedad que padezco no tiene nombre, es la enfermedad de la impaciencia, la sed de sol y la sed de nieve, la sed de ver a mi familia y de ver a Nicole…

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Padezco la enfermedad de la indeterminación, de la metamorfosis y del viaje, de Chicago y de París y del D.F., de no saber quién soy, del estado fluctuante entre el desierto y la nieve, el libro y la televisión, el sueño y el mar, el silencio y el sol, el sosiego y el café y el alcohol y el temblor y las mujeres. Ni siquiera sé quién soy…

domingo, 5 de diciembre de 2010

El sol salió ayer a las 7:02 y se ocultó a las 4:20 pm. En la madrugada salí de una fiesta y me encontré con la ciudad cubierta por la nieve. Nevaba entonces y esta mañana los árboles frente a mi ventana amanecieron cubiertos por la nieve. Ya no hay vuelta atrás. Pienso en unos versos de Baudelaire, del “Canto de otoño”:

Bientôt nous plongerons dans les froides ténèbres;
Adieu, vive clarté de nos étés trop courts!

domingo, 7 de noviembre de 2010

Mi abuela

Este verano no fue fácil, pero ya me quejé aquí una vez y no me apetece volver a hacerlo. Prefiero escribir acerca de mi abuela, una de las personas que me ayudó durante este periodo, ofreciendo perspectiva a mis problemas, reconfortándome cuando triste y tranquilizándome cuando parecía que mis proyectos se venían abajo. El mundo no gira en torno mío, dato irrefutable que resulta menos fácil de olvidar cuando me hablan del tiempo cuando era un niño, o del tiempo cuando ni siquiera mi madre había nacido. Habló mi abuela. Habló acerca de su vida viajera: San Luis Potosí, Chicago, Boston, Washington y, finalmente la Ciudad de México, donde se encuentra la casa de jardín grande en donde envejecería y en donde aún vive. Mientras recordaba aquellos años sus ojos me miraban y parecía que no sólo se fijaban en mis propios ojos sino en el pasado que nombraba, como si sus ojos no me mirasen a mí sino adentro mío o detrás de mí, al espacio o el tiempo de la imaginación en donde se entrecruzan vivos y muertos. Habló acerca de mi abuelo y las caminatas de ambos por San Ángel: una pareja de viejos a los que visualizo de espaldas y a la que apenas recuerdo porque él falleció hace muchos años. Esta imagen probablemente se apropia de elementos de una fotografía que recuerdo bien. Mi abuelo, mi hermana y yo caminamos por la calle de Reina, en dirección a la casa de mi abuela; está lloviendo y yo voy al frente, con un impermeable y un paraguas cerrado, como un explorador; mi hermana, que tendrá unos cinco o seis años, está llorando y mi abuelo está junto a ella, ofreciéndolo la mano con delicadeza, como diciéndole: ‘vamos Nena, ya casi llegamos.’ Me es difícil visualizar a mi abuela casada y no viuda, hace más de veinte años que mi abuelo murió y de eso también habló ella: del cáncer prolongado y de la conversación acerca de las finanzas y las cuentas que ella y él sostuvieron. Me sorprendió la firmeza y el realismo con los que encaró la cascada de eventos desgraciados, sin tiempo para indulgentes tristezas pues tendría que tomar las riendas de casa y ocuparse de la familia. Y no me sorprendió el agradecimiento con el que se refería a los amigos que más la apoyaron entonces. Nunca la escuché hablar mal de nadie; nunca. Una de las primeras personas a las que llamó para informar la noticia fue un importante doctor amigo de mi abuelo cuyo nombre se me olvida ahora. Me admiré que después de tantos años mi abuela tuviera la gentileza y la elegancia de recordar agradecida a ese doctor, un hombre con el que mi abuelo trabajó pero que ella conocería bien porque de alguna manera ella vivió de manera vicaria, a través de él. Vi muchas fotografías también, fotografías que nunca había visto antes. En una de ellas están mi madre y sus hermanas a los dos o tres años –pese al tiempo transcurrido se reconocen sin problemas todas ellas: Elena, Tere y mi mamá, Pilar, el resto no había nacido. Hay algunas fotografías en Chicago: mi tía Elena sentada en su carriola, en la calle, junto a mi abuela que está de pie, sonriendo a pesar del frío. El telón de fondo resulta difícil de reconocer para quien no conoce la ciudad. Pero las escaleras masivas y desnudas del edificio frente al que están, así como algún detalle decó vuelven el escenario inconfundible para mí. En otra fotografía mi abuela está en la playa junto a sus hermanas, probablemente en los años cuarenta. Están de pie sobre unas rocas y el vestido de intenso rojo que mi abuela lleva contrasta vivamente con el azul metálico del mar. Las tres están posando entre serias y divertidas, muy guapas aunque mi abuela la que más. Los exuberantes colores hacen que parezcan salidas de un fotograma de Almodóvar, estrellas de cine de los años cuarenta. Y ahora sí me cuesta más trabajo reconocerla; no a causa del rostro que es el mismo a pesar del tiempo transcurrido, sino a causa del telón de fondo que no me es familiar, a causa del mar y sus hermanas… probablemente estaría casada ya, pero en la fotografía no se adivina familia alguna, solamente despliega ligereza y candor, y horizontes ilimitados.

sábado, 30 de octubre de 2010

Mi chamarra, otra vez

Hoy, o un día cercano a hoy, pero hace diez años y en París, compré mi chamarra de cuero. Costó 899 francos (unos 1,200 pesos de la época) y la habré usado un 75% u 80% de los días transcurridos desde entonces: la inversión fue buena, no cabe duda. Pero no es sólo eso. La vida me ha sonreído desde que tengo mi chamarra; es mi tótem y por eso no la he lavado nunca. Mas no huele mal, al contrario: huele a París y al D.F. y a Chicago, a mi perfume Hermès y a cerveza, a Yuna y a Begoña, todos ellos olores que me gustan. Y huele a viejo lo cual no importa porque ya no soy tan joven. Diez años son muchos años.

lunes, 11 de octubre de 2010

10.10.10

Ayer corrí mi primer maratón. 4 horas, 3 minutos y 53 segundos se prolongó la gozada (primero) y el sufrimiento (después). Dada mi condición de debutante, mi entrenamiento no demasiado serio y el calor infernal que azotó a la ciudad, el tiempo es bueno, aunque me frustrara ligeramente no romper la barrera de las 4 horas… ya será el año entrante. Correr ha sido este año mi actividad más constante y, tal vez, la más disfrutable. Corrí en Chicago y en el D.F.: en el Bosque de Tlalpan, los Viveros o la ciclopista, rodeando el cinturón de poblados al poniente de la ciudad, por el Ajusco y Tres Marías. Corrí en la playa en los Cabos, en el malecón de La Paz y en el Central Park de Nueva York. Corrí eufórico y deprimido, sereno, contento y trastornado, con novia y soltero. Corrí bajo el sol inclemente del verano y también corrí en invierno, cuando la nieve cubría la ciudad y el sol me acompañaba muy bajo en el horizonte, sin despedir calor pero iluminando al lago que brillaba resplandeciente. Corrí en noches de viento, bajo la lluvia, con algunas chelas encima y muchas mañanas crudo, casi siempre solo aunque algunas veces acompañado por mi amigo Paul o mi mamá. Pese al cambio incesante la rutina de salir a correr permanecía y creo que la constante me ayudó a conservar el equilibrio durante un año vertiginoso. Es contradictorio que un blog que lleva por título un poema de Bukowski contenga entradas como ésta, pero la vida cambia, y aunque las historias de taqueros satánicos quebrantahuesos sean más divertidas que las de maratones, me alegra que sean estas últimas las que ahora subo aquí.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Mi verano en el D.F. fue jodido y mi vuelta a Chicago peor. Mi novia me mandó a volar con crueldad, los idiotas de Aeroméxico perdieron mi maleta y los (...) de CONACYT se hicieron bolas con las tarjetas de débito y los bancos así que no han depositado mi beca (omito el adjetivo para no sufrir después represalias por mi insolencia). Para colmo de males, no puedo sufrir en paz (con mi café, mi Bernhard y mi Bach) porque aún no tengo un departamento. Vivo a expensas de mis caritativos amigos, de sofá en sofá.

Pero no importa porque, pese a todo, esta ciudad me gusta, y también me gusta conocer su lado ingrato. El D.F. es cruel, feo y ruidoso, pero su mayor defecto -para mí- es que está atado al pasado. Es el pasado: su gente, calles, mujeres, bares, escuelas y edificios representan inexorablemente reminiscencias infantiles, adolescentes y adultas. Chicago, en cambio, es un territorio que, aunque familiar, es pródigo en iluminaciones y sorpresas; más importante aún, representa para mí el presente, el tiempo en el que quiero vivir.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Nacionalismo, multitudes, cohetes, malas bandas y banderas: tantas cosas que aborrezco juntas, en un mismo día.

Querría estar contigo ahora, en nuestro departamento luminoso y en silencio, inmune al calendario y el reloj.

domingo, 18 de julio de 2010

El invierno

Estamos en julio ya, y el olor y las voces que el DF me ofrece –sensaciones como fogonazos– constituyen la prueba irrefutable de que estoy vivo y no soñando. Puedo asegurar entonces que sobreviví a mi primer invierno en Chicago, el más frío de mi vida aunque resultara clemente para los estándares de esta ciudad; tan solo sufrí de tres o cuatro días helados, oscilando entre -15 y -25 grados Celsius a los que debe sumarse el factor viento. La nieve llegó tarde a Chicago –una mañana de diciembre la ciudad entera amaneció cubierta por ella, como por arte de magia– y no nos abandonó sino hasta marzo. Todos los días a las 8 ó 9 de la mañana caminaba a la biblioteca en donde pasaba la mañana y buena parte de la tarde leyendo y escribiendo frente a uno de sus ventanales orientados hacia el sur. Después de dos o tres horas trabajando salía a tomar un café, sentir el aire helado en el rostro y mirar los cielos resplandecientes invernales. Uno aprende a interpretar al invierno. Extrañamente, los días más fríos son también los más luminosos. El sol no calienta en ellos, es apenas una esfera amarilla que a la una o dos de la tarde amenaza ya con difuminarse. Ninguna nube atravesaba el cielo brutal aquellos días, aunque lo surcaban parvadas de patos o gansos volando hacia el sur tan alto como aviones, recordándome que existen lugares más fríos que Chicago. Había días en que el silencio absoluto del invierno era interrumpido por estas aves migratorias y la ciudad adquiría un carácter extraño, como si la metrópolis, vencida por el invierno, se hubiese visto obligada a aceptar su condición de territorio salvaje y extremo. Pero lo contrario también ocurría: la ciudad inhóspita invernal se volvía más entrañable cuando estas aves volaban sus cielos. Una tarde de primavera caminaba junto al profesor Glaeser cuando encontramos a un pato caminando torpemente en los jardines de la universidad. Glaeser –un hombre enorme, de unos dos metros– se acercó al pato y le dijo algo así como: “How are you my friend? What are you doing here?” Me sorprendió que ese genio distraído y elegante a un tiempo, esa torre alemana y huesuda que unos instantes antes me hablaba acerca de Tomás Moro o el emperador Constantino, se acercara delicadamente al desorientado animal. Me despedí de Glaeser unos segundos después y observé que su andar torpe y decidido recordaba al de un pato o algún ave varada en tierra; después se colocó un casco, montó su bicicleta, y se alejó pedaleando por la calle 57. Los días en primavera se alargaban vertiginosamente y en el verano, cuando a las 7:20 terminaba la clase de Glaeser, había luz aún: un fulgor amarillo y tenue que combinaba bien con las flores que los árboles arrojaban: flores blancas y rosas y azules. Los lunes por la tarde, tras la clase de Glaeser, caminaba hacia mi casa o hacia la casa de Erika envuelto por la luz crepuscular amarilla y por los sonidos del bosque. Caminaba febril, incapaz de pensar con calma después de la cátedra prodigiosa de Glaeser, con Los discursos de Tito Livio o el Leviatán en la cabeza. Durante el invierno la nieve podía caer sin interrupción durante semanas, y era fácil entonces trabajar en la biblioteca, tranquilizado por su efecto hipnótico mientras flotaba por la noche. En una ocasión salí de una conferencia acompañado por mi profesor y amigo L. F. Granados, levemente borrachos tras el brindis que siguió a aquélla, y caminamos por el campus de noche, rodeados por la nieve que llevaba horas flotando apacible. Esos mismos caminos que recorrimos aquella noche estarían unos meses después cubiertos de pasto y de mujeres en vestidos minúsculos y minifaldas, revelando cuerpos que se mantuvieron durante el verano cubiertos por abrigos, guantes y gorros. Granados y yo nos encontrábamos ahora sentados en las bancas de los jardines de la universidad, protegidos por la sombra de los árboles, y discutíamos las lecturas de la semana: textos sobre el orden colonial en la Ciudad de México o la agitación política durante los años veinte del siglo XIX. En el invierno no conocía a Erika, a quien ahora miraba de reojo caminando con sus amigas, y pensaba al verla que la presencia del verano era tan irrefutable como su risa alegre y estrepitosa, audible desde la banca en donde me encontraba.

jueves, 10 de junio de 2010

Mi once ideal

Tomando el Mundial como pretexto, y siguiendo el ejercicio realizado hace unos años por Javier Marías (y por Juan Villoro más recientemente), propongo mi equipo ideal de escritores. Me he limitado al siglo XX y he dejado fuera a Borges, a quien, como detestaba el futbol, imagino no le habría hecho demasiada gracia encontrarse en la lista que sigue.

Portero: Nabokov, porque en esa posición jugó y por su individualismo y vida en el exilio, circunstancias que combinan bien con la soledad del portero; además, le tenía aversión a la exuberancia de, digamos, René Higuita o García Márquez. Finalmente, le apasionaban las mariposas y existen fotos suyas en el campo cazándolas; en esas fotografías Nabokov aparece en bermudas y atuendo más o menos deportivo, red en la mano y atento a una mariposa que no podemos ver, parece un portero calculando un balón recién lanzado desde el tiro de esquina. En la defensa central colocaría a J. M. Coetzee y a Tolstoi. El primero es frío y lejano de frivolidades y bromas, defecto que en un central se convierte en virtud. A Tolstoi resulta difícil imaginarlo joven (en sus fotos más conocidas aparece en el campo y con barba blanca) y es bien sabido que los defensas centrales mejoran con los años, como el gran Maldini. Los laterales serían Philip Roth –incisivo, de largo recorrido, cabrón a ratos– y a Bukowski, solidario en el esfuerzo y perro cuando el partido lo requiere; el menos talentoso del los 11, imagino a un Bukowski curtido e impasable, el tipo de jugador que tumbaría a Messi a patadas, una especie de Heinze o, mejor aún, Puyol, feos y de gran corazón los dos. El medio centro sería Thomas Mann, quien me recuerda un poco a Xabi Alonso; aliento largo, sabiduría y sensatez son las virtudes que esta posición requiere, además de buen timing, de todo lo cual está llena La montaña mágica. Acompañando a Mann en la media cancha pondría a Paul Valéry, cuya inteligencia deslumbrante, imaginación y criterio mucha falta harían en la media cancha. El 10 sería Marcel Proust quien, al igual que Zinedine Zidane, cuenta con imaginación oceánica y la capacidad de encontrar avenidas, vacíos y conexiones en donde nadie más haría; además, ambos son franceses y llevaron su arte al mayor grado de belleza y plasticidad posible. Extremos: Céline y Bernhard, dos incendiarios geniales, antipáticos y marginales, el primero más exuberante y el segundo metal helado. Los dos garantizarían un equipo efectivo y poco populista. El centro delantero es Saul Bellow, un jugador completo que combina precisión y técnica en el espacio corto con una inteligencia más amplia que entiende de qué se trata el juego, algo así como Ronaldo I, el gordo, máximo goleador en los copas del mundo.

Creo que a mi equipo no le falta nada; destrozaría fácilmente a cualquiera de las selecciones que jugarán el Mundial, empezando, por supuesto, con la mexicana.

jueves, 3 de junio de 2010

Henri Cartier-Bresson

Este fin de semana estuve en el MOMA, en donde visité la enorme y muy completa retrospectiva dedicada a Henri Cartier-Bresson. Buena parte del siglo XX fue capturado por la lente de Cartier-Bresson: obreros chinos llevando piedras sobre los hombros, dando a paso de hormiga el gran salto hacia adelante, prostitutas en la ciudad de México de los años treinta o cuarenta, asomadas por la puerta del burdel, jóvenes parejas besándose en alguna calle angosta y retorcida del sur italiano mientras las viejas del pueblo las miran furtivas y llenas de envidia. También mi vida está asociada a las fotografías que miré, no por primera vez la mayoría de ellas. En la biblioteca de la casa teníamos algunos libros de Cartier-Bresson que pertenecían a mi abuelo, fotógrafo amateur, y que mi padre nos mostraba a mi hermana y a mí, explicándonos los lugares y las personas que las fotografías mostraban, ya fuesen personajes anónimos o los monstruos, en su mayoría franceses, también fotografiados por Cartier-Bresson: Camus, Matisse, Raymond Aron, toute cette pléiade merveilleuse…

Todos los hombres del siglo XX fueron contemporáneos, habitantes del mismo tiempo, parte de una trama que incluye los lugares más insospechados y que cuenta con grandes conceptos que malamente la nombran y explican: Gran Guerra, colonialismo, Guerra Fría, etc. Algunas de las fotografías más “tradicionales” de la retrospectiva –imágenes pintorescas de pequeños poblados en la India o China– están acompañadas por páneles que informan al visitante del ocasional gusto del fotógrafo por los lugares aislados, ajenos al paso del tiempo. Pero el efecto del conjunto de la exposición sobre sus partes vuelve imposible no mirar estas fotografías como partes de una historia más amplia, una que involucra a todos los hombres del mundo, como Cartier Bresson u Octavio Paz se percataban bien. Mauricio Tenorio ha escrito acerca de los viajeros norteamericanos o europeos que vinieron a México en busca de sombreros, nopales y tehuanas, autenticidad y revolución. A diferencia de ellos, Cartier-Bresson entendió y fotografió a la ciudad como lo que realmente era: una urbe moderna, pobre y cosmopolita. En las fotografías que miro no hay rastro de exotismo. No son tan distintos los teporochos de la ciudad de México de los clochards parisinos. El polvo y la mugre son los mismos sobre cualquier banqueta. Los días de campo en Aguascalientes o en los suburbios de París o aquí en Chicago, a la orilla del lago Michigan, son los mismos; observo en ambas series de fotos los mismos gestos, el mismo pasto y el mismo sol, el mismo lánguido y placentero domingo por la tarde.

Tony Judt explicaba recientemente cómo el 68 los sorprendió a él y a sus amigos en el lugar equivocado. Mientras la intelligentsia europea jugaba a hacer la revolución en lo bulevares de Saint-Michel y Saint-Germain, en Praga la verdadera revolución era aplastada por los tanques soviéticos, aquella revolución que no podía nombrarse así, revolución, prque no contaba con la sanción de Sartre o Marcuse. No es fácil ser un observador como lo fue Henri Cartier-Bresson. Son necesarios talento, sensibilidad y vocación viajera, para curarse contra el nacionalismo y la búsqueda de lo exótico. Y se necesita tiempo también, años para cultivar una cierta mirada, aprender, leer… para distinguir lo superfluo de lo trascendente. Creo que la disciplina en que ahora me meto me atrae porque no es necesario ser un genio para ser un historiador. Basta con tener cierta sensibilidad y después el tiempo juega a nuestro favor; con su ayuda el alcance de nuestra mirada y entendimiento se amplían, las comparaciones y conexiones entre años, ciudades y personas se multiplican.

No sé si tendré la vocación viajera de Cartier-Bresson, pero me consuelo pensando que también es posible mirar al mundo desde una biblioteca, o desde una ciudad relativamente insular como Chicago. NY me ha ofrecido en unos pocos días ideas, fantasías y toda clase de estímulos –no sé si haya mujeres más guapas en algún otro lugar– pero estoy contento de volver a Chicago. Me gusta la sensación que ofrecen las ciudades desconocidas, los rostros nuevos. Pero también me gusta –y la prefiero ahora– la sensación extraña de echar de menos un lugar, y de que en él alguien me eche de menos, y me espere también.

miércoles, 21 de abril de 2010

Hoy lavé la ropa, las sábanas y el baño. Aspiré el departamento. Fui al super. Envié tres correos estresantes pidiendo cartas de recomendación a personas importantes. Leí buena parte del día: unas 30 densísimas páginas del Leviathan de Hobbes, 50 páginas de L’Assommoir de Zola y unas 100 páginas del Limits of Racial Domination: Plebeian Society in Colonial Mexico City, 1660-1720, de Douglas Cope. 40 lagartijas en tres tandas. Corrí una hora por la noche fría; media hora con el viento ensordecedor en contra y media hora con el mismo viento empujándome, helándome la espalda. Completé mi forma del censo; me definí como étnicamente hispano y racialmente blanco. No fue un gran día, pero fue un buen día, especialmente por la carrera nocturna y la cena que le siguió: pasta con jitomate, salchichas, parmesano, feta, aceite de oliva y albahaca. Y claro, escribí unas anodinas líneas en este desfalleciente blog.